Nuevo tratado

Antes de servir a un maestro de pintar panderos, hube de estar al servicio de un pobre artesano, que daba más pena que artesanías. Era un buen hombre aunque, como con el pobre hidalgo, yo lo mantuve con vida con lo que pude. Su primer encargo fue el de hacerme con maderos para fabricar barriles, pues había un artesano que le robaba la clientela, y le dejaba sin monedas para poder comprar si quiera comida.

Viendo yo a aquel artesano, tan dichoso y triunfante, me decidí a tomar prestados unos maderos de su propiedad, con los que sus aprendices trabajaban en las mañanas y dejaban sin vigilancia en las noches. Encontré cuatro barriles tomando forma, mas me decidí por tomar dos maderos de cada uno, para que los despistados aprendices no lo apreciaran. Cuando acabé con esto, se los llevé al artesano y le dije que no era menester que me dijera de dónde los había sacado, y él entendió que era mejor no saberlo. Repetí esta acción varias noches, y los hombres que habían encargado barriles al artesano triunfante retiraron el pedido cansados por las espera y encontraron en mi amo, el único artesano de la zona sin contar al otro, por descarte, el artesano que requerían. Mi amo, que había fabricado los barriles estos días, tenía suficientes para satisfacer la demanda de aquel momento, mas el artesano, ahora no triunfal sino desgraciado, no era tonto como sus aprendices y, sospechando de algún hurto, había empezado a marcar sus maderos.

No lo reconocí, pero andaba pululando un encapuchado por la zona con el poco dinero que le quedaba y en algún momento se decidió a comprar un barril. A la mañana siguiente, la guardia se presentó en la casa, junto al artesano, acusando a mi amo de ladrón. El maldito y avispado artesano, que ahora era un desgraciado, enseñó las pruebas y prendieron a mi amo por los brazos. En cuanto vi yo la situación, salté por la ventana de la casa con lo puesto y salí corriendo. Un tiempo después, volví a aquel lugar, y me presenté en la tienda del artesano desgraciado, que había vuelto a dichoso, aunque algo desgarbado. Pregunté por el la tienda cercana, que estaba en ruinas, la antigua morada de mi amo, y este me respondió que lo habían ejecutado por traidor mientras gritaba que el ladrón era un niño. En esas, me di la vuelta y volví al trabajo que en ese momento ejecutaba.

Publicado el junio 27, 2014 en Hemeroteca 13-14 y etiquetado en . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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