Un accidente terrible.

Me arrepiento de muchas cosas en mi vida, pero sobre todo de haberme embarcado en ese avión. Todo empezó el 7 de marzo de 2014:

– Último aviso para los pasajeros con destino a Pekín de Malaysia Airlines.- avisaron por megafonía.

Me embarqué en el avión y me dirigí hacia mi asiento. Era un viaje largo, así que pensé que dormir sería un abuena idea. Cuando me desperté miré mi reloj, y combrobé que había dormido más de 3 horas. No me extrañé, ya que me levanté a las 5 de la mañana, me preparé, desayuné, hice la maleta y a las 7 me fui del hotel, y desde entonces no había parado. Ya que había venido desde Madrid hasta Asia, quería aprovechar para visitar todos los lugares que me fueran posibles en 2 meses. Mis padres siempre me decían que con tan sólo 20 años, ya había visto más mundo que ellos, y no se lo discuto.

Tenía hambre, así que pedí a la azafata que me trajera algo para comer. Mientras comía, oí gritos en la cabina del piloto, me asusté, y estuve escuchando unos minutos, y el resto de pasajeros parecían hacer lo mismo. Cuando se dejaron de oír gritos, me tranquilicé, pero al poco tiempo se volvieron a oír, esta vez más altos y claros. Cuando entendí lo que significaban las palabras que el piloto dijo, la histeria se apoderó de mí, y varias azafatas tuvieron que venir a tranquilizarme, y al no conseguirlo me dieron un tranquilizante.

Abrí los ojos. No había luz, y hacía frío. Me incorporé y miré a mi alrededor. Estaba en el avión, mejor dicho, en lo que quedaba del avión. Había un silencio completo. Me levanté y caminé como pude por el avión, pero cuando iba a dar un paso con la pierna, un dolor agudo salió desde mi rodilla hacia todo mi ser. Me había roto la rodilla, y no podía andar, así que me apoyé en los respaldos de los asientos e impulsándome con los brazos y la pierna izquierda, poco a poco llegué a la cabina del piloto. No había supervivientes. Estaba sola. Sin salvación aparente, ya que al abrir la puerta que me separaba del interior de la cabina, vi que la radio estaba rota.

Apoyándome en lo que podía, salí del avión, saqué mi móvil, pero estaba roto. Miré a mi alrededor, no sabía donde estaba.

Así pasaron mis días, estaba moribunda rodeada de cadáveres. Había perdido mucha sangre, y no sabía qué me pasaba, pero ya no podía moverme. Hasta que me encontraron. Oí ruidos, pero todo era muy borroso, oía, pero no podía comprender nada, y lo que veía, estaba todo muy borroso. Sentí que alguien me cogía, me inmyectaron algo en el brazo, y me desmayé.

Abrí los ojos. Oí al doctor:

– Está muy grave. No sé si sobrevivirá, hay pocas probabilidades, y si lo hace, no podrá moverse. Quedará inválida.

En cuanto pronunció su última palabra, alguien rompió en llanto. Tardé un poco, pero te reconocí. Quería llamarte, pero no podía hablar. Tenía una máscara con oxígeno.

– ¿Eso es todo?- preguntó mi madre, llorando aún.

-Sí.- respondí.

Siento un fuerte dolor en el pecho, y oigo como el pitido de la máquina que tengo al lado empieza a hacerse más rápido y constante. Vuelvo a ver borroso, no veo nada. Siento como mis fuerzas me abandonan, y con ellas, se va mi vida. Mi último pensamiento fue: la vida son dos días, hay que aprovecharla.

FIN

 

Publicado el julio 1, 2014 en Hemeroteca 13-14 y etiquetado en . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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