Lazarillo

El hambre no dormía, yo tampoco. Había caminado ya un buen rato, hasta que asombrosamente me encontré un pequeño huerto. Aunque pocas fuerzas tenía, mi barriga me decía que había que alimentarse. Quedé toda la mañana y la tarde observando cómo el anciano cojo cuidaba de ella, regaba las plantas y cómo alimentaba a sus animales con algunas de las hortalizas que plantaba. Pareciéndome, tan flojo el cojo, pensé en entrar sigilosamente por la noche y gracias a mis dotes adquiridas con mis antiguos amos, conseguiría robarle unas verduras. Pero no anduve muy atento, ya que, no fijé mi vista en los perros. Intentaba yo pisar despació y con sigilo, tratando de no despertarles. Pero como si de mala suerte se tratara, pisé mal y el tobillo doblaría. Un gemido solté y los perros con rabia, saltaron y se abalanzaron sobre mí. Para colmo, como sino hubiera bastado con las mordeduras de los perros, el señor salió de su hogar para golpearme con una porra.

Cuando hubo amanecido, estaba rodeado de dos niñitas rubias, una muy pequeña y la otra un poco más mayor. La mayor, me ofreció un vaso de agua, el cual hubiera aceptado, sino hubiese estado tan dolorido. Entoncés, ella llamó a alguien y fue cuando escuché unos pasos que se acercaban a la cama en la que estaba.

– Abuelo, ¿Nos lo podemos quedar?- Dijo una de las niñitas.

– Siempre que trabaje, coma poco y no robe.

Así conocí a mi nuevo amo, pero, como con los demás, no tardé mucho en dejarlo. Él viejo no era avaricioso como el clérigo, y me alimentaba mucho mejor que mi último amo, pero un día, una de sus nietas, la mayor de las tres, vino a visitar a su querido abuelo.

– Lázaro, no te quiero ver cerca de ella, puesto que no es de fiar. Haz caso hijo, pero como te vea hablando con ella, ya sea por tu culpa o por la suya, te voy a dar unos látigazos y luego te dejaré solo en el bosque, ¿entendido?- Asentí con la cabeza, porque no tenía nada más que hacer.

Cuando acabé mi trabajo arando la tierra, el amo me dejó ir al pueblo. Allí, yo tomé el vino que los borrachos no podían acabarse y con mucho descuido, acabé como ellos. La señora que servía las bebidas, me llevó hasta la finca, llamó a la puerta y apareció la nieta del amo y la señora me empujó contra ella. Yo me caí encima de la mujer. Estaba borracho y empecé a decir barbaridades, entoncés mi amo cojo respetó su palabra y me dejó inconsciente en el bosque.

Allí, una mujer que pasaba, me llevó hasta su casa y me curó las heridas.

 

Publicado el julio 7, 2014 en Hemeroteca 13-14 y etiquetado en . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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