Día intenso

Hubo un día en verano, uno de esos en los que no planeas nada, en los que las cosas pasan porque sí; porque, en este caso, a tus padres, que hay veces en las que llegas a pensar que son los más aburridos del mundo. Les apetece salir un día de la monotonía, de eso de solo saber ver la televisión todos juntos y comer viendo las noticias.

Ese día para mi hermano y para mí, fue un día rarísimo. Aunque a decir verdad ni a él ni a mí nos apetecío nada hacer esa `excursión´, ya que se trataba de una cueva situada en un pequeño pueblo, no muy lejos de Santoña.

La historia no es un puro misterio ni mucho menos, desde donde yo la cuento es una tontería; pero he de admitir que aquel día, en aquel instante, tanto yo, como mi hermano, como, supongo, mis padres, pasamos bastante miedo. Fuimos allí, estuvimos leyendo un cartelito sobre la cueva, que hablaba del tiempo que llevaba allí, cómo se hizo, sus temperaturas medias anuales etc…

Entonces nos pusimos las linternas en la cabeza y entramos. Bueno, la verdad es que fue hasta divertido todo lo que nos costó ponernos en marcha para caminar por la cueva. Primero, cuando nada más  habíamos recorrido 20 metros a mi hermano se le acabó la pila de la linterna y tuvimos que volver al coche para coger otra linterna. Volvimos a entrar, y otra vez volvimos a salir porque a mi madre se le olvidó el móvil, que no se para qué lo quería si no había cobertura. Total, que lo cogímos y esta vez era yo, que tenía frío y no había cogido la chaqueta, acción a la que mi padre añadió un comentario :“No aguantas ni un poco de fresco´´. Entonces fui, cogí mi chaqueta para ver si al fin empezabamos; pero no, al fuerte de mi padre también le entró frío y otra vez de vuelta al coche…

Después de eso por fin nos pusimos en marcha. La verdad es que la cueva no tenía nada de especial, además más que una cueva, era una mina; y lo único que saqué de allí fue un frío por el que, por cierto, mi hermano y yo estuvimo todo el camino quejándonos.

Y yendo al grano, lo que pasó fue que hubo una zona en la que había rocas desprendidas del techo y paredes, y aunque nadie, excepto mi padre, queríamos pasar, tuvimos que hacerlo. Para nuetro agrado algún gracioso había puesto un esqueleto de esos de Hallowee para asustar. Seguimos avanzando, pero de pronto se oyó un estruendo a nuestras espaldas, entonces ahí no avanzamos un paso más hacía adelante. Retrocedimos y ¡¡Sorpresa!!, la zona donde habíamos visto anteriormente que había desprendimientos se había obstruido con una roca que no nos permitía salir de la mina, cueva o lo que fuera aquello. Después de un largo rato de discusiones, nos dimos cuenta de que la roca llevaba tanto tiempo húmeda y desgastada que si la frotabas con otra poco a poco la podríamos deshacer. Aquello fue lo más eterno que me haya podido pasar nunca. Después de esta experiencia, ahora preferimos ver la tele todos juntos, aunque sea Los Simpson, pero no más aventuritas.

Publicado el julio 22, 2014 en Hemeroteca 13-14 y etiquetado en . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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