Adiós a Vetusta

Abrió, entró y reconoció a la Regenta desmayada. Celedonio sintió un deseo
miserable, una perversión de la perversión de su lascivia: y por gozar un placer
extraño, o por probar si lo gozaba, inclinó el rostro asqueroso sobre 
el de la Regenta y le besó los labios. Ana volvió a la vida rasgando las nieblas de un delirio que le causaba náuseas. Había creído sentir sobre la boca el vientre viscoso y frío de un sapo.

Ana se sentía humillada, más que nunca. Esto es ya lo último. Madre mía, han decidido que todo lo malo que pueda pasar en Vetusta sea a ella. Que si su marido pasa de ella y encima luego le matan, que busca refugio en la fe y la cosa le sale al revés, que si no podía salir de casa sin que medio pueblo la mire mal, y para colmo, llega este hombre-rana y la besa porque sí, por probar, porque le apetecía. ¿Cómo se le ocurre? Ahora aparte de sentirse humillada está furiosa. ¿Qué pensaba, que iba a ser como La Bella Durmiente? ¿Que ella se despertaría, le vería, y por un beso se iba a casar con él y serían felices para siempre? Lo llevaba claro, había conseguido que se despertara, sí, pero con ganas de vomitar. En ese momento decidió que de verdad eso era lo último, ahora va a coger sus cosas y se va a ir de Vetusta, ya no lo aguantaba más. Y ya estaba rezando -si es que la serviría de algo- para que donde quiera que vaya ahora, no se le cruce ningún gato negro.

 

Publicado el diciembre 8, 2014 en Hemeroteca 15-16 y etiquetado en , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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