De la Regenta y cómo acabó todo

Ana volvió a la vida rasgando las nieblas de un delirio que le causaba náuseas. Había creído sentir sobre la boca el vientre viscoso y frío de un sapo.

Se levantó con esa amarga sensación. ¡Qué asco! Todo lo que había sufrido, sentido y visto y darse tan de bruces con la realidad con tan vomitivo gesto. Y era así. Todo lo que quedaba era seguir, y esa no parecía la mejor salida. El mundo la repudiaba, o al menos su mundo. Pero, ¿qué importaba ya todo? Ahora que se encontraba más sola que nunca, abandonada por los que ni siquiera llegaron a ser los suyos, cargando con el lastre que le suponía su nombre y el añadido por los últimos sucesos. ¡Qué libre se sentía ahora! Ahora que ya no se encontraba sometida a nada, había perdido y había ganado un mundo, un mundo de soledad. Podía desembarazarse de su carga para sí, si bien no para el resto del mundo, pero eso ya era superfluo, puesto que ya no quedaba ningún objetivo, ninguna razón, ni tampoco sentido. ¡Qué libre y qué triste! Caminó hacia las murallas de la ciudad, sometida a las furtivas miradas de aquellas personas, en las cuales veía ahora la realidad. Todas con pecados, falsedades y mentiras, que, como carroñeros, aprovechaban una presa y se desgañitaban con ella, todos a una y cubriéndose las espaldas. ¡Cuánta falsedad y qué pobres figuras! Ahora ella era libre. Subió por la escalinata de la torre hasta la cima y se asomó a la almena. Qué sencillo se presentaba ahora todo. Giró sobre sí misma y posó los ojos en la ciudad. ¿Qué les podría importar a todos esos hipócritas lo que ella hiciera? Esas pobres criaturas, todas pequeños Celedonios, con sus perversiones, continuaban sus malditas vidas. ¿Qué iba a hacer? Sola y repudiada, sólo podía alcanzar la paz donde no existe arriba ni abajo, donde la realidad deja de ser realidad para ser polvo en el viento. El camino era claro. Ya lo vislumbraba y lo sentía cuando se dejó caer hacia el abismo desde la almena, abrazada por sus recuerdos y sus vivencias. ¡Eso es libertad! Y sus penas se desvanecieron, allí donde no hay lugar para la realidad, ni para nada. Ahí encontraría la paz, puesto que nada existe y nada importa.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Publicado el diciembre 10, 2014 en Hemeroteca 15-16 y etiquetado en , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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