Consternada y humillada

Ana volvió a la vida rasgando las nieblas de un delirio que le causaba náuseas.

Era humillada por todo el pueblo, no iba a permitir que alguien tan desagradable y repugnante como era Celedonio se aprovechara de esa manera. No obstante, no era el lugar ideal para reprocharle lo sucedido aunque nunca iba haber un lugar idealizado para aquel acontecimiento.

¡Y qué nauseas sentía! Pero él no era consciente de nada e intentaba hacerse el inocente, lo cual no le estaba funcionando ni de lejos ¿Para qué protestarle? Sería inútil. Él seguía arrodillado como si tuviera alguna oportunidad, no pensaba si quiera en lo poco prudente que ha sido su arrebato y el daño moral que ha podido causar. ¿Para qué seguir en aquel sitio? ¿Y a dónde iba a ir sino? No había sitio para ella en aquel pueblo. ¿Podría recuperar la estima? Estaba claro que no. Y qué iba hacer más que lamentarse por su desgraciada vida la pobre Ana. Ya estaba todo perdido para ella, nunca iba poder permitirse quitarse aquella mala fama que había heredado de su familia y que se había sumado a lo sucedido recientemente ¡Pobre de mí!-se repetía varias veces.

 

Publicado el diciembre 14, 2014 en Hemeroteca 15-16 y etiquetado en , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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