Valores de una vida

Hace siete años yo pilotaba un helicóptero. Iba por un desierto para llegar a España, a la base naval de Rota. Yo estaba acostumbrado a pilotar, mi padre me enseñó todo lo que sabía sobre los helicópteros, ya que era un experto. Yo tenía quince años cuando piloté mi primer helicóptero pero en esta historia yo tenía dieciocho años. El desierto era un lugar duro, lleno de peligros. El helicóptero se empezó a quedar sin gasolina, avisé a los controladores aéreos pero pronto se fue la señal. No me di cuenta de que me iba a estrellar contra una montaña de arena. Salté pero antes cojí una cantinplora, una bolsa llena de comida y una pistola que contenía ocho vengalas. Estaba a unos ciento noventa y dos metros de la arena. Cuando me tiré note por encima de mí la onda que produjo la explosión del helicóptero. Impacté contra la arena y me quedé mirando hacia arriba viendo al helicóptero haciéndose pedazos.

Anduve cuatro kilómetros y disparé una bengala, seguí andando quince kilómetros y bebí un trago de agua y seguí andando. No veía nada, tenía quemaduras por la explosión pero no era eso lo que me dolía ni lo que me daba miedo, lo que me daba miedo era el no volver a ver a mi familia.

Aquello era todo silencio y soledad, se oía a veces el viento de aquel lugar, pero no tenía a nadie que me acompañase, era yo solo. Empezó a hacerse de noche así que decidí acampar. Cogí palos que había allí e hice una tienda de campaña más o menos estable. La terminé, me metí dentro, bebí otro trago de agua y me dormí al instante.

Al siguiente día me desperté a las siete y veintidos. Salí de la tienda de campaña y miré a mi alrededor. No había nada ni nadie. Solo yo. Anduve y anduve treinta y siete kilómetros y disparé otra vengala. Había gastado dos. Nadie me oía.

Me senté un momento en el suelo y pensé en mis padres. Tenía miedo de no verles más pero yo sabía que no podía morir sin verles una vez más y decirles que los quería mucho. El miedo no me condujo a las lágrimas porque sabía que a mis padres no les iba a gustar que su hijo se pusiese a llorar, tenía que luchar por ellos. Me levanté de un salto y eché a correr. Corrí y corrí durante treinta y siete minutos hasta que paré, bebí un trago de agua y me di cuenta de que no había comido nada desde hace un día, así que cojí la bolsa y saqué una manzana, me la comí y seguí andando.

De pronto escuché unos helicópteros y pensé que tenía razón, que les iba a volver a ver. Los helicópteros me vieron y vinieron a por mí, les conté lo que me había pasado y me llevaron a casa. Cuando bajé de ese helicóptero ahí estaban mis padres. Mi madre empezó a llorar y mi padre lo intentó evitar pero, como siempre se dice: no se puede evitar lo inevitable. Los dos me abrazaron y mi madre me dijo:

– Mi niño, ¿estas bien? Y me abrazó.

Yo la contesté al oido:

– Si mamá, vosotros sois los que me habéis dado la fuerza.

Ella me sonrió y mi padre también lo escuchó y les dije:

– Os quiero mucho.

Y ese momento se convirtió en el mejor de nuestras vidas. Esto no me impidió seguir pilotando, pero, está claro que con más cuidado. Ahora tengo treinta y ocho años y esta historia la estoy escribiendo al lado de mis tres hijos y mi mujer. Mis hijos también se han interesado en el pilotaje y les estoy dando clases, quién sabe, igual salen unos expertos como su abuelo y su padre.

 

Publicado el diciembre 14, 2014 en Hemeroteca 15-16 y etiquetado en . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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