Las mandarias.

Estaba yo sólo sentado en un muro alto de piedra seguido de un largo camino. Yo tan tranquilo comiendo mandarinas de par en par estaba, me las comía como si fueran cacahuetes y no me llenaban. De pronto un mendigo tumbado en el suelo en frente de mí, se acercó. Poco a poco  se acercaba, hasta que se sentó a mi lado. Él me pidió una mandarina y  amablemente se la di, pero como era manco se la tuve que pelar y dársela a la boca. Yo tenía un saco entero de ellas. Una vez que se había acabado la mandarina, él hizo que se iba, y en el momento que cambié la dirección de mis ojos, el muy pícaro me había robado el saco. Intenté buscarle por todo el pueblo, pero no hubo manera de encontrarle. Le busqué en el mercado, les pregunté a las personas más cercanas que tuve y no había rastro de él. Incluso me subí encima de un tejado de una casona, de las más grandes del pueblo, pero nada. Lo único que encontré fue su gorro negro, con un olor a mendigo espeluznante. A la hora de irme a dormir, solo pensaba en una cosa, el lugar donde se encontraría el vagabundo con mi enorme saco lleno de mandarinas. No pegué ojo en toda la noche.

Al día siguiente me levanté sin acordarme de lo que había sucedido y me fui a lavar la cara porque tenía muchas legañas y también tenía ojeras. Después me fui a desayunar, pero no tenía nada, en ese momento me acordé de que me habían robado las mandarinas el día anterior y que las estuve buscando.

Estaba yo muy triste debido a la pérdida de mis mandarinas, pero por un momento se me cambió la cara, porque vi al mendigo de nuevo en el mismo sitio del día anterior comiendo mis mandarinas. Antes de volverme a reencontrarme con él, ideé un plan para vengarme. Una vez ideado este, fui donde el ladrón y le aconsejé saltar el muro, porque le dije que al otro lado del muro había más frutas. El muy avaricioso quiso que le ayudara a saltar, y eso hice. Finalmente se estrelló contra un zarzal del que no pudo salir porque no tenía manos y yo tan alegre cogí mi saco y pude desayunar tranquilamente sin que nadie me molestara.

En resumen, un pícaro cayó en la trampa de otro pícaro sin pararse a pensar.

Publicado el marzo 24, 2017 en Hemeroteca 15-17, Libro de 3ºA y etiquetado en , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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