Lázaro vive con un mercader

Después de pasar temporadas con todos mis desdichados amos, cada cual peor que el anterior, decidí moverme hasta Madrid, donde supuse que podría vivir de la mendicidad en una ciudad tan amplia como aquella. ¡Qué equivocado estaba! Si alguna vez vi más de dos monedas, fui realmente afortunado.

Pero un día en el que me preparaba para otra larga jornada con el estómago más vacío que la casa de mi antiguo amo el escudero, sucedió algo que me pilló por sorpresa: un mercader se acercó al lugar donde me encontraba y me examinó de pies a cabeza. Al cabo de unos segundos me preguntó:

-Joven, te veo un poco falto de fuerzas, pero creo que podrías serme útil para transportar mis mercancías. A cambio de que trabajes para mí, te aseguraré un plato en la mesa cada día, que me parece que lo necesitas.

<< Quizá este hombre cumpla con su promesa>>, pensé. Aunque después de los desastres que había tenido por amos no me hice demasiadas ilusiones. Acepté ir con él y es así como empecé a trabajar con aquel viejo mercader.

Al llegar a su casa en un barrio de las afueras de la ciudad, el hombre me explicó cuál sería mi cama y como distribuiría las comida: por las mañanas me daría un panecillo entero, pues era cuando más trabajaba y necesitaba fuerzas para cargar las mercancías; a la hora de comer, me daría un poco de lo que estuvieran comiendo ese día; y a la hora de la cena, media taza de leche.

Si es cierto que el anciano respetó bastante bien lo de las comidas, puesto que por primera vez en mucho tiempo, el hambre no me hizo demasiada compañía. Pero sí omitió un pequeño detalle. Pequeño pero malo con el demonio: su querido nieto de siete años. Este niño hacía todo lo posible para que mi estancia en esa casa fuera los más desagradable posible. El segundo día de dormir en esa casa me puso chinchetas por la cama. Días más tarde, me robó el panecillo de por la mañana, que ya por si solo no era suficiente para cargar energías para transportar las mercancías, así que podéis imaginaros cómo lo pasé esa mañana. Y por supuesto, era el ojito derecho de su abuelo.

Cierto día, en el que yo estaba harto de esa bestia con forma de niño, pensé que debía devolverle la bromita.

Una mañana en la que transportaba en la que estaba trabajando, mi amo me encomendó una entrega, como cualquier otro día.

-Lázaro, necesito que lleves esta caja a la plaza, que allí estará un herrero esperando junto a la estatua -me pidió-. Ah, que ya se me olvidaba. Por este paquete le vas a pedir treinta dinares, ¿de acuerdo?

-Por supuesto, estaré aquí de vuelta en un santiamén -contesté.

Al llegar a la plaza, estaba esperándome el hombre que me mencionó mi amo. Me acerqué hasta donde él estaba con la caja.

-¿Eres tú el chico de los recados del mercader?

-Así es -afirmé-. Le traigo la mercancía que pidió.

-Gracias, chico -dijo-. Por cierto, ¿cuánto te ha dicho el viejo que le tengo que dar?

-Cuarenta dinares, señor.

-¿¡Cómo!? -gritó el herrero-. Juraría que cuando hablamos me mencionó que no serían más de treinta, pero, bueno. Aquí tienes, chaval. Esperemos que esto que me has traído valga esos cuarenta dinares.

-Seguro que lo vale -añadí.

Y después de esto, el hombre se  metió en su taller y yo me dispuse a llevar a cabo mi plan. Me dirigí hacia el mercado y paré en un puesto en el que se vendían ratones. El ratón estaba a un dinar por unidad, así que compré nueve y con el dinar que me sobró de los diez de más que le había cobrado al marinero, compré un panecillo.

Afortunadamente, cuando llegué a la casa, no había nadie, por lo que pude esconder bien los ratones. Al caer la noche y llegar mi amo y su nieto, me dispuse a meter los ratones en el colchón del niño antes de que se acostara. El chico no tardó mucho en darse cuenta de que esa noche estaba compartiendo cama con nueve amiguitos. Los ratones, al notar que un cuerpo se les echó encima, royeron el colchón para salir, pero lo hicieron hacia arriba, por lo que el pequeño diablito se llevó unos bonitos mordiscos de estos ratones. Poco más duró mi estancia en esa casa.

Al día siguiente, el niño no tardó en echarme la culpa de los ratones a mí. Aunque la tenía, intenté hacer creer que los ratones se colaron, pero como ya mencioné, este bicho era el niño de los ojos del abuelo. Por tanto, éste no tardó ni un día en echarme de aquella casa.

Podéis pensar y con razón que fue una tontería hacer aquello sabiendo que probablemente me volvería a quedar en la calle. Ciertamente, este amo ha sido probablemente el mejor que haya tenido, pero ese chico se merecía esos ratones y mucho más.

 

 

Publicado el abril 4, 2017 en Hemeroteca 15-17, Libro de 3ºC y etiquetado en . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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