TRATADO VIII

Estaba yo, como otras tantas veces, muriendo de hambre y frío, tratando de decidir si esta noche mi cama sería la esquina de alguna calle o el soportal de algún antiguo edificio, cuando un hombre alto y musculoso, con una sonrisa llena de agujeros y la nariz grande y redonda se acercó a mí preguntándome que hacía yo, que no era más que un niño, solo, de noche, y sin abrigo ante semejante lluvia. Me dieron ganas de reír ante la idea de tener un abrigo, pero me contuve y puse mi mejor cara de cachorro mientras decía que no tenía a donde ir ni nada que ponerme o echarme a la boca, porque claro, no se deben desaprovechar las oportunidades. Entonces él me cogió en brazos, como a uno de esos niños a los que sus padres cargan cuando es de noche y se están quedando dormidos, y yo, ante la sorpresa, solo me dejé llevar.

Me llevó hasta lo que parecía ser su casa, un piso en un edificio cuadrado que tenía en el centro un patio interior. El lugar apenas tenía decoración y unos cuantos muebles viejos, pero aun así era acogedor. El hombre me recostó en el sofá y me pidió que esperara, poco después regresó y volvió a cargarme para llevarme a otra habitación. Me depositó en el suelo de un baño, me había preparado una bañera con agua caliente y me estaba ayudando a deshacerme de mis harapos mientras los miraba con una mezcla de desagrado y tristeza. Cuando ya estaba totalmente desnudo me dijo que me fuese bañando mientras él buscaba ropa que darme. Al meterme en la bañera sentí estar en el paraíso, nunca había probado una, y ya ni siquiera recordaba mi último baño con agua caliente. Estuve un buen rato disfrutando del agua y probando todos los jabones que el calvo tenía, olían genial y nunca los había probado. Finalmente salí del agua y el calvo me ayudó a secarme y a vestirme con alguna ropa vieja, que según él, ya no utilizaba, y que me quedaba demasiado grande. Después de hacerme una abundante cena y de regalarme un cepillo de dientes, cosa que antes de conocerle ni había tenido en mis manos, me llevó a mi habitación y me mostró mi cama, una de verdad, mullida y con mantas suaves, así debía sentirse tumbarse en las nubes, pensé en ese momento. El calvo me arropó y me dio las buenas noches, y tras quitarle importancia a todos mis múltiples agradecimientos apagó la luz, cerró la puerta y se fue. En ese momento pensé que seguramente así de bien debía de sentirse un niño con padre, o casa, o bañera, o cama, o cepillo de dientes. Y me dormí calentito, con el estómago lleno y sin miedo.

El viejo me explicó que llevaba un trabajo de cuidado de perros en el patio interior, y que cuando mi estado mejorase un poco esperaba que pudiese ayudarle. Yo obviamente acepté, pues el calvo había estado cuidándome de maravilla durante varias semanas, y yo debía agradecérselo de algún modo, aunque no tardé en arrepentirme. Los perros eras como bestias, y siempre acababa lleno de heridas, mordiscos y arañazos. Al principio, él los cuidaba conmigo, y entonces se portaban bastante mejor, pero acabó por dejarme a mi solo a cargo de ellos siempre, y entonces los canes aprovechaban para utilizarme de mordedor, era horrible. Pero eso no era lo peor. No tardé en descubrir que el calvo tenía serios problemas con el alcohol, y a veces llegaba a casa tan borracho que no sabía lo que hacía, o eso quería creer yo. Entraba sin control y se enfadaba por nada, y comenzaba a gritarme y pegarme, a veces me daba verdaderas palizas. Estuve aguantando eso durante casi un año, porque allí, tenía comida, cama y calor, y a veces el calvo era bueno, y yo lo volvía a sentir como mi padre. Pero tuve que acabar yéndome, porque si no me mataban los ataques de los perros lo harían las palizas del viejo borracho, que no habían hecho otra cosa más  que intensificarse. Así que me fuí para salvar la vida, y porque yo no tengo un padre, o una casa, o una bañera, o una cama, o un cepillo de dientes.

Publicado el abril 7, 2017 en Hemeroteca 15-17, Libro de 3ºC y etiquetado en , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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