Tratado del Lazarillo

Una mañana me desperté y fui a la panadería a robar una barra de pan , ya que no tenía peniques con los que comprarlo. Empecé a distraer a la panadera, recitando una serie de acertijos y adivinanzas, con las que la mujer estuviese buen rato comiéndose la cabeza. Tras varios intentos de distraer la la mujer, esta no despegaba la vista de mi y de los panes. Decidí fingir un ataque al corazón para alertar al personal. Me tiré al suelo y empecé a retorcerme como una lagartija que acaba de perder la cola. En ese instante, la gente decidió lavarse las manos y huir de la tienda como si de un atraco se tratase. La panadera salió rápidamente en busca de ayuda. Aproveché la ocasión para levantarme rápido y coger la barra de pan, y ya de paso unos pasteles de crema, de los que solía hacer mi madre que son mis favoritos. Los metí en mis bolsillos y huí por la puerta trasera. Comencé a correr hacia mi casa para sorprender a mi madre y a mi hermano con los pasteles y el pan. Los ojos se les salían de las órbitas de la emoción. Mi madre preguntó qué de donde los había sacado. A pesar de que mi madre sabía lo que era la necesidad y el hambre, no me sentía orgulloso de hacer este tipo de cosas, por lo que le dije que una anciana noble muy generosa, me los había regalado.

Publicado el abril 9, 2017 en Hemeroteca 15-16, Hemeroteca 15-17, Libro de 3ºB. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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