Tratado VIII: El vendedor de ilusiones

Después de toda el hambre que pasé con mi anterior amo, le cuento a vuestra merced de un amo que tuve entre este recién mencionado y el siguiente, el vendedor de ilusiones.

Iba yo un día paseando por el puente, cuando en la misma estatua donde el ciego me pegó el coscorrón, vi a un buen hombre vendiendo ilusiones. Y diréis, ¿cómo se pueden vender las ilusiones? Procedo pues a explicároslo.

Este aparentemente buen hombre se dedicaba a vender esperanza a los pobres campesinos que esperaban un milagro para salir de la pobreza. Aunque esta esperanza era más que nada falsa, en cierto modo los impulsaba a verlo todo de forma más optimista.

Acercándome yo a él le dije:

-Señor, ¿no necesitará usted por casualidad un ayudante que le haga propaganda, verdad?

A lo que él me respondió:

-Casualmente no me vendría mal un joven como tú, vivo y enérgico, para que propagara mis servicios por la ciudad.

Y así, me hizo seguirlo hasta su casa. Una vez allí, me dio un cuarto, ropa limpia, y las llaves de la despensa. ¡Las llaves de la despensa! ¡Si casi no sabía cómo era una!

Las primeras tres, cuatro y cinco semanas, incluso la sexta y la séptima, se me pasaron volando, todo era alucinante, y daba gracias a Dios y al destino, o a lo que sea que haya ahí, por la suerte que había tenido.

Acabando ya casi mis diez meses de servicio, el vendedor de ilusiones empezó a comportarse de una manera muy extraña: cambió la llave de la despensa, dejó de comprar cosas para mí y empezó a comprar solamente sus caprichos, y por último, comenzó a obligarme a trabajar más y más cada día.

Todos estos sucesos fueron primeramente asociados por mi mente inocente a una posible pérdida de ventas, a una pequeña crisis, pero lo que yo aún no sabía era que, como cada vez era más rico, también se volvía más avaricioso, egoísta, y contaba menos con mis servicios. No me di cuenta de todo esto hasta que un buen día pasó lo siguiente:

-¿Lázaro? ¿Dónde estás, pequeño gamberro?- me dijo él con un tono de voz distinto al habitual- ¡Ven aquí ahora mismo!- bramó

Yo, lógicamente, fui de inmediato. Al llegar, me esperaba al lado de mi sillón con una vara en las manos. En cuanto estuve a una distancia considerablemente cercana a él, me agarró y tiró de mí hasta tenerme tendido inmóvil en el suelo, y fue ahí cuando comenzó a golpearme.

Me dio diez, veinte, treinta golpes sin siquiera pestañear, mientras a su vez gritaba:

-¿Qué se siente al ser traicionado por una persona que en un principio te tendió la mano, eh? ¿A que no es agradable?- me gritó colérico.- ¡Pues claro que no lo es!- volvió a chillar.

Cuando por fin terminó la paliza y se retiró a descansar, fui como pude al que en ese entonces era mi cuarto, recogí todas mis pertenencias y dinero, y huí de allí sin siquiera mirar su puerta.

Sí que era bueno en ese trabajo suyo de vender ilusiones.

Publicado el abril 9, 2017 en Hemeroteca 15-17, Libro de 3ºA y etiquetado en . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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