CUANDO QUIJOTE PERDIÓ LA CORDURA

Alonso Quijano era un hombre que ya había vivido más de la mitad de su vida. Habitaba en un piso casi céntrico en Madrid, pues había recibido herencias generosas, pero, a sus casi sesenta y cinco años, subsistía de pensiones. Su vida no era especialmente entretenida, ya que no estaba casado ni tenía hijos, y sus amigos se habían vuelto muy sedentarios.

Así que por recomendación de su sobrina, decidió contratar Netflix. Por supuesto, ésta tuvo que echarle un cable, porque la tecnología no era el fuerte de nuestro protagonista. Una vez que tuvo una mínima idea de como usar aquella aplicación, buscó algo para matar el tiempo. Fue entonces cuando encontró la serie que pondría fin a todo rastro de cordura que habitaba en él: Homeland.

Durante dos días seguidos, sólo parando para comer o ir al baño, engulló la serie sin descansar. El tercer día encargó a su sobrina coger un billete de ida hacia Langley, Estados Unidos. La mujer no preguntó el por qué, ya que al menos a su tío le había dado por tomar un poco el aire después de mucho tiempo. Lo que no sabía era que el billete de avión solo era uno de los poco preparativos para aquel viaje. El hombre, aunque mayor, sabía jugar muy bien sus cartas, así que consiguió hacerse un carné falso, en el cual cambió su apellido por el de la protagonista de la serie. Ahora era Alonso Mathison.

Su habitación se había convertido en el despacho propio de un agente de la CIA, y dedicó todos los días hasta el la fecha de partida a Langley a recopilar información sobre Al-Qaeda, y sobre todo, sobre los marines que habían vuelto a casa después de haber sido prisioneros de guerra en Iraq. Aprendió a navegar en Internet como un hacker nato, y un marine le llamó la atención. Su nombre era Nate Bell. Acababa de llegar a Virginia después de ocho años desaparecido en Iraq. Era el sujeto perfecto. Con todo esto planeado, solo quedaba ganarse el acceso a la CIA.

Pasaron los días y llegó la hora de despegar hacia Estados Unidos. Se pasó el viaje reorganizando toda la información de la que disponía. Tras unas cuantas horas de viaje, el avión aterrizó. Alonso fue al hotel que su sobrina le había contratado, y organizó su equipaje, aunque no tardó en ponerse manos a la obra con lo que había planeado.

Su objetivo principal era llenar la casa del marine Bell con cámaras y micrófonos, y para ello había buscado a un joven latino que realizaba este tipo de trabajos de manera ilegal, pero eficaz, a cambio de una suma de dinero. Así que lo primero que hizo después de instalarse, fue contactar con aquel hombre.

– Necesito que pongas una cámara acompañada de un micrófono en cada rincón de la casa -demandó Alonso.

– Sí, sí, y me quedó claro -contestó el joven y se agachó a por una caja con el material -. No me suele interesar el por qué “mis clientes” hacen lo que hacen, pero me gustaría saber qué te lleva a ti a hacer esto -preguntó mientras organizaba las cámaras y micros.

– Lo siento, chaval, pero es un asunto confidencial de seguridad nacional, no puedo entrar en detalles, como comprenderás.

– Esto… claro, viejo. Bueno, en realidad me da igual -contestó el chico con una sonrisa burlona -. Te doy a ti estos ordenadores con los que podrás hacer un seguimiento de lo que pase allí dentro -se paró un momento a pensar -. Por cierto, ¿el idioma no será un problema?

– Para nada, sé todo el inglés que hay que saber.

Y era cierto, pues su demencia le había llevado a aprender inglés básico en un tiempo récord.

– Está bien. Pues solo falta que me pagues y esa misma noche tus artefactos estarán en marcha.

El hombre pagó la cantidad acordada al muchacho y volvió al hotel, impaciente de comenzar a observar a su sujeto.

Dos días estuvo al tanto de los movimientos del marine. Dos días sin salir del hotel y por supuesto, sin dormir. Al tercer día consideró que ya había recopilado información suficiente y decidió que era el momento indicado para presentarla a la CIA.

Allí se presentó el hombre, con dos cajas hasta arriba de documentos, fichas, cintas de audio, fotografías, etc. Como podréis imaginaros, a la aventura de nuestro protagonista no le queda mucho. De hecho, solo hizo falta que saltará los controles de seguridad y comenzará a gritar que quería ponerse en contacto con Saul Berenson. En cuestión de segundos, Alonso se encontraba inmovilizado y de camino a una celda de manera preventiva. Ni siquiera tuvo la oportunidad de presentar la investigación exhaustiva que su demencia le había llevado a hacer sobre aquel pobre marine.

El hombre regresó a España al día siguiente. Su sobrina fue a buscarle al recibir una llamada del lugar donde le tenían retenido y le llevó a su casa. Lo primero que hizo fue llamar a un especialista para que lo mirara e intentará deducir lo que su tío padecía. Éste le diagnosticó un trastorno severo de la personalidad, del cual dijo que probablemente viniera dado por obsesionarse con algún tipo de libro, película, serie… Y efectivamente, así era.

Su sobrina se mudó con su tío y lo primero que hizo fue quitarle Netflix. Ella estuvo cuidando de él y vigilando que se tomara los medicamentos recetados por le médico.

Y así transcurriendo los días de Alonso, que, a pesar de tomar sus medicamentos, seguía preguntándose si el tal Nate Bell era un terrorista de verdad o no.

Publicado el mayo 26, 2017 en Hemeroteca 15-17, Libro de 3ºC y etiquetado en . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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