ENTRE FANTASMAS

Alonso Quijano era un jubilado acomodado muy aficionado a las series de misterio y fantasía, en especial a una llamada “Entre fantasmas”, en la que la protagonista es una medium que se dedica a ayudar a las almas atrapadas en la tierra a poder llegar al otro lado, cruzar la luz. Era tal su afición a esa seria que se pasaba días sin dormir viendo y reviendo los episodios continuamente, se sabía todos los diálogos, incluso podría interpretar los movimientos de los actores. Entre tanto fanatismo no era de extrañar que acabase volviendose loco, y un día simplemente ocurrió.

Despertó aquella mañana sintiéndose diferente, notando que algo nuevo había despertado en su interior, algo único y especial. Hizo su rutina diaria sin saber todavía que era ese algo que había cambiado, pero en cuanto salió a la calle no tardó en darse cuenta de que era, y le costó no ponerse a gritar de pura emoción. Don Quijote veía, o más bien creía ver fantasmas en todos los espejos, a veces incluso en charcos, escaparates u objetos brillantes. El reflejo de la persona más cercana aparecía ante él de forma más nítida y con voluntad propia. Al principio no interactuaban, los espiritus parecían no verlo y él estaba seguro de que era porque sus habilidades de medium todavía estaban por desarroyar, es esa la razón de que cuando todo empezó solo se limitase a mirarlos por largos momentos, analizando los movimientos de los supuestos espíritus de una manera tan intensa que se habría asustado de ver su propia mirada en el espejo. Cuando se comportaba así atraía la atención de algunos curiosos, que no entendían que atracción podría tener un charco, o un retrovisor, o una cuchara reluciente. El rumor de que al viejo Alonso se le estaba yendo la cabeza no tardó en extenderse por todo el pueblo, incrementándose cuando los espíritua comenzaron a poder hablar con él. La imagen de aquel anciano delgaducho y solitario hablando largo y tendido con su propio reflejo se grabó en la retina de muchas personas, y una minoría no tardo en exigir que se llevase a ese loco a un manicomio, otros solo lo miraban con gracia o pena, y algunos pocos eran indiferentes, demasiado ocupados con sus propios problemas como para centrarse en las supuestas habilidades de medium que el jubilado había jurado tener. El verdadero problema llegó cuando los espíritus empezaron a pedirle favores, ya sabemos que su labor era ayudarlos a cruzar la luz, por lo que no dudó en acatar todas sus órdenes. Hacía ritos y bailes extraños en mitad de la noche, robaba objetos a quien fuese y de donde fuese, trepaba a árboles y cantaba extrañas canciones, se colaba en institutos y pintaba las paredes, rompía ventanas, liberaba a animales de las tiendas etc, no tardó en ser considerado peligroso para la salud pública, y aquella minoría que se creó al principio de su locura se convirtió en una mayoría absoluta que exigía algún remedio al caos que creaba la locura del pobre anciano. Lo intentaron todo: medicamentos, terapias, sesiones e incluso un psiquiátrico. Pero había demasiados, espíritus, demasiados reflejos, cada quien tenía su doble, y Alonso no podía con tanto. Demasiados favores y peticiones, voces exigiendo su ayuda y cuerpos rodeándole mirase donde mirase, el jubilado comenzó a desquiciarse dentro de su propia locura. El asunto pasó a mayores, el gobierno decidió encerrar al ya conocido viejo de los espejos en una casa totalmente opaca, nada en ella podía reflejar la más mínima imagen. Al principio todo iba bien, el mundo pareció olvidar a aquel viejo loco y el pueblo recuperó su calma. Pero la verdadera calma desapareció pronto, pues aunque no podía verlos, los espíritus ya no estaban solo en los espejos.

Publicado el junio 15, 2017 en Libro de 3ºC y etiquetado en . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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