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“Tratado octavo”. Cómo Lázaro se asentó con un carnicero, y de lo que le aconteció con él

Yo sintiéndome engañado, huí por la noche sin que mi mujer se enterase, mas era difícil que se enterara, porque no se encontraba en casa.

Ya lejos de allí, me dediqué a buscar a mi nuevo amo, el cual fue un carnicero. Él necesitaba a un hombre hábil, y como yo le había contado todas mis hazañas, me creyó el más indicado para la tarea.

Esa misma noche, el carnicero, que no era como mis otros amos, me colmó de manjares y de una habitación para mí solo, con un buen escritorio, una mesita con llave y una cama mullida. Cuando ya nos vimos sin fuerzas, ambos nos fuimos a nuestros respectivos cuartos para descansar, porque íbamos a necesitar todas nuestras fuerzas para los próximos días.

A la mañana siguiente, nos dio pereza levantarnos de la cama tan cómoda, pero el desayuno que nos esperaba parecía de reyes. Cuando ya teníamos todo preparado, ambos nos pusimos rumbo a la carnicería. Cuando estuvimos delante, ya había una cola de vértigo, a la cual yo tenía un poco de miedo.

Cuando abrimos me dijo que a todos los pedidos que me hicieran les sumase 50 g de más, y así lo hice. Cuando me decían: “Dame 150 g de chorizo”, yo cogía y les ponía 200 g, así en vez de ganar una blanca y una media blanca, ganábamos dos blancas, mas este truco no duró mucho. Un día, un inspector se presentó allí haciéndose pasar por un cliente normal, el cual pidió 200 g de carne y 150 g de chorizo. En ese momento el carnicero me dijo: “Añádele 100 g de más a cada pedido, que se le ve con cara de poco espabilado”, y eso fue lo que hice.

Cuando lo puse en el peso, añadí los 100 g a cada uno de los pedidos, y en ese instante el inspector me dijo: “¿Qué haces?”, a lo que conteste: “Te estoy poniendo el pedido”, “Sí, pero solo te he pedido 350 g, en total, y tú me pones 550 g, no lo entiendo”, me dijo él, y a lo cual tuvo que responder mi amo: “Tú lo que intentas es que te descontemos dos blancas del precio final, para llevártelo por la cara”. En ese momento el inspector sacó su placa y se la mostró al carnicero, al cual más tarde le puso una multa, que el carnicero se negó a pagar, mas como había que saldar la deuda, le quitaron la casa, la carnicería y toda la riqueza que había acumulado, y a consecuencia de ello, me vi en la calle volviendo a buscar otro amo al que servir y que me mantuviera.

Santoña

En la imagen podemos contemplar Santoña, un pequeño pueblo cercano a Santander, la capital de Cantabria. En Santoña podemos contemplar la zona de edificios cercana a la playa, llamada “San Martín”. En frente podemos contemplar “El Puntal”, situado en Laredo, el pueblo vecino, que pertenece a Santoña. A la derecha de la foto se encuentra la playa de Berria, que tiene 2 km. de longitud y 150 m. de ancho. Es una playa de arena dorada y de oleaje moderado, pero muy ventosa. Berria delimita por su oeste con Noja.

Desde siempre, los santoñeses han estado enfrentados a los laredanos, a los que llamamos tiñosos, porque antiguamente se quedó varada en la playa una ballena, de la que los laredanos se comieron la carne de la ballena, la cual tenía la tiña. También podemos encontrar las Marismas de Santoña, Victoria y Joyel, que es un parque natural de 6.678 Ha., que abarca 11 localidades.

Uno de los personajes más conocidos de Santoña es Juan de la Cosa por el descubrimiento de América el 12 de octubre de 1492, junto a Cristóbal Colón en tres barcos llamados “La Pinta”, “La Niña” y “La Santa María”, en el que iba Colón con Juan de la Cosa.

 

La niña náufraga

Érase una vez, en un pequeño hospital, en el que nació la hija del Conde de Alicante, a la que llamó Fabiola. Ella fue creciendo entre sus seres más queridos, menos de su padre, que siempre se encontraba de viaje de negocios. Cuando Fabiola cumplió los ocho años, su madre falleció de un ataque al corazón. La muerte de su madre debilitó a Fabiola dejando así de comer y de dormir, lo que estaba provocando que la niña estuviese cada vez más delgada y enferma. Su padre se enteró y decidió dejar todo lo que estaba haciendo e ir a ver a su hija. De regreso a casa, el barco naufragó y su padre desapareció en el mar. Cuando Fabiola se enteró huyó de casa y se montó en un bote abandonado en el muelle. Cuatro horas después, la niña cayó desmayada y la corriente se la llevó, y cuando se despertó estaba su bote varado en una isla preciosa, cubierta de flores, árboles frutales y de pájaros exóticos. Tenía un poco de hambre, así que se pegó un festín de todo tipo de frutas. Al caer la noche se dio cuenta en qué situación estaba, así que se echó a llorar. A la mañana siguiente se adentró en la selva y se encontró una pequeña cueva de la que salían unas voces pidiendo ayuda. Fabiola se adentró en la cueva y llegó a una pequeña cámara oculta en la que estaba su padre atado a una columna. El padre de Fabiola la advirtió de que tenía que irse porque en cualquier momento vendrían los que le habían atado, y así fue, entraron cuatro hombres armados hasta los dientes que cogieron a Fabiola por la espalda y la maniataron. Por la noche se acercaron a Fabiola y la dejaron escapar con la condición de conseguir el tesoro escondido de la isla, y que si no volvía con él al caer el sol, su padre moriría. Cuando Fabiola salió de la cueva no sabía qué hacer ni a dónde dirigirse. Dando un paseo por la playa se tropezó con lo que parecía un cofre, en el que había una cuerda, una llave, un cuchillo y un mapa. Al mirar el mapa se dio cuenta de que era el mapa del tesoro que estaba buscando, así que comenzó la búsqueda del tesoro. Cuando hubo cruzado la selva se topó con una puerta enorme, la cual no sabía cómo abrir. Después de un rato pensando se dio cuenta de que había una llave junto al mapa, la cual abría la puerta. Cuando hubo entrado se topó con un precipicio que no parecía tener fondo, entonces se acordó de la cuerda y la usó para bajar. Cuando estuvo abajo un enorme jaguar salió de la oscuridad y atacó a Fabiola, la cual fue muy hábil con el cuchillo y se lo clavó en el pecho, muriendo el jaguar en el acto. Continuó andando por el pasadizo subterráneo y después de una larga caminata llegó a una sala en la que había un enorme diamante, lo cogió y se marchó corriendo, porque en cuanto quitó el diamante las paredes del pasadizo comenzaron a juntarse. Cada vez notaba las paredes más cerca, y casi no lo consigue. Subió por la cuerda y echó a correr hacia la cueva, porque estaba a punto de caer el sol. Cuando llegó le entregó el diamante al líder y la ataron contra otra columna, en ese momento se sintió traicionada. Cuando les hubieron abandonado, Fabiola sacó el cuchillo y cortó las cuerdas. Los dos huyeron de allí y se dirigieron a la playa, donde estaban dos hombres, pero faltaban otros dos. Cuando miraron hacia atrás vieron a uno de los que faltaba y el padre de Fabiola le dio un puñetazo en toda la boca, haciendo que se desmayara. Con la cuerda que Fabiola había usado para bajar por el precipicio ató a uno de los hombres. El padre de Fabiola cogió un tronco y corrió hacia la playa en la que dio a uno con el tronco dejándolo inconsciente, pero de repente se oyó un disparo que acabó con la vida del padre de Fabiola, diciéndole “Te quiero Fabiola”. Fabiola llena de rabia corrió hacia la playa y de repente sonó un disparo y Fabiola cayó al suelo, pero no era ella quien lo había recibido sino el líder. El cuarto hombre, en realidad era un policía de incógnito que se hacía pasar por un cazatesoros. El policía llevó a Fabiola a su casa, y le entregó el diamante como muestra de agradecimiento.

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