Archivo del Autor: lucaschelstraete

Como Lázaro pasó a cargo de un morisco.

(Lázaro todavía es un niño).

Ya acababa yo cansado de todas mis desgracias e infinitos males, que perdí la esperanza de encontrar un amo decente y generoso. Llegaba yo ese día de casualidad a un pequeño pueblo en medio de la nada, y me encontré a un hombre alto, de aspecto curioso que me ofreció cobijo. Yo, como estaba desfallecido de mis anteriores desventuras, no tuve más remedio que aceptar su ofrenda y entré en su casa. Desde ese momento todo fue a mejor: resultó que mi nuevo amo poseía bastante dinero como para abastecer nuestras necesidades sin problema, y yo empecé a recuperar mi forma sana. Un día, me percaté de unos extraños tapices, al parecer religiosos, pero llenos de patrones geométricos y letras extrañas. Le pregunté a mi amo:

-Señor, ¿qué representa este tapiz? Es sin duda hermoso, pero no parece tener ningún significado.

Mi amo se rió, y luego me explicó que era caligrafía árabe, y que él en realidad era un morisco, es decir, un moro convertido al cristianismo. Después de oír esto pensé en marcharme de aquella casa, ya que según lo que había escuchado por las calles, los moriscos eran hombres a despreciar. Estuve unos días en un estado de desconfianza, hasta que me volví a fiar plenamente de él, y pasé a no entender esa crítica hacia esta etnia.

Un día, mientras comíamos, decidí preguntarle sobre mis dudas.

-¿Por qué la gente desprecia a los moriscos? Yo según mis vivencias con usted, solo puedo afirmar que son gente encantadora y muy amable. No entiendo como alguien puede despreciar a otra persona solo por su religión.

-Querido Lázaro, hay cosas en esta vida que pasarán de generación en generación sin ser entendidas. Supongo que parte de la culpa es de todos los reyes convencidos de que tiene que haber una sola religión. Para conseguir este propósito, no dudan en promulgar comentarios ofensivos y falsos sobre esta etnia. Nosotros no tenemos poder alguno, así que tenemos que aguantar constantes conversiones injustas.

Entendí lo que mi amo quería decir, pero aun no comprendía esta mentalidad, y sigo sin entenderla hasta el día de hoy.

Dejando aparte todas las charlas entre mi señor y yo sobre este tema, mi vida con él fue placentera, y lo consideraría uno de los mejores amos que tuve. Lo único que eché en falta fue la carne, pero mi señor, comprendiendo mis costumbres de cristiano, me dejaba un maravedí que podía gastar en lo que quisiera.

Yo creía firmemente que este sería mi último dueño como mendigo, y que a partir de ahora viviría una vida tranquila con este hombre, pero como siempre Dios me dio la desventura de mi vida. Un día llegaba yo de comprar provisiones en el mercado, cuando me encontré nuestra casa abierta de par en par, y sin nadie en su interior. Llamé a mi señor a gritos, pero nadie contestó por el. En la puerta había una nota firmada por la Santa Inquisición, así que yo imaginé lo que habría pasado. Con la cabeza gacha, entré en la casa, cogí todas las provisiones que pude, y marché de aquel lugar para siempre.

Y ahora que escribo estos acontecimientos, no recuerdo haberle preguntado nunca su nombre.

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