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Un soneto me manda hacer Ana Rojas

Un soneto me manda hacer Ana Rojas

En plena semana de los finales

Para que me queje a raudales

Y gaste en ello más de dos mil hojas.

 

Y si bien yo me quejaba en las monjas

Que alguien me dé un par de manuales

Porque para este tipo de actividades

Pierdo el tiempo como una loca.

 

Y espérate, que ahora lo rematamos:

Cuando acabe lo tengo que grabar,

No, si al final en San Juan nada quemamos.

 

Porque para no tener nada que tirar…

Oye, chicos, ¿y si mejor pasamos?

No vaya a ser que tengamos otro final.

 

 

 

 

 

Bones

En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Tras acabarse en nada más y nada menos que 12 días las 12 temporadas de “Bones”, se convenció a sí mismo de que, al igual que Brennan podía resolver crímenes con tanta facilidad, él también podría hacerlo. Vistiéndose entero de negro, se colocó un chaleco salvavidas como uno antibalas, y salió en busca de un asesinato sin resolver.

Tras un buen rato caminando, se topó con Dulcinea.

– ¿Dónde vas así vestido, Don Quijote?- le preguntó, al ver las pintas que llevaba.

– Te gusta, ¿eh? Me hace ver más apuesto.- contestó él, convencido de que su aspecto era inmejorable.- Y no soy Don Quijote, soy el Dr. Brennan, el mejor médico forense de la zona.

– Teniendo en cuenta que en varios kilómetros a la redonda no hay otra civilización que no sea la nuestra… Dejémoslo mejor en que eres Don Quijote, simulación de médico forestal, o lo que hayas dicho- contestó Dulcinea ante el inminente ridículo que iba a hacer Don Quijote.

– Es forense, no forestal- recalcó nuestro hidalgo.

– Es lo mismo, o como poco, parecido, mira las tres primeras letras.- dijo ella, quitándole peso a su error.

– Ah, ¿sí? Pues gracias por la información, pensé que era distinto, ¡nos vemos, bella dama!- y se fue sin dejarla contestar.

Días más tarde, fue Dulcinea al bosque a por algo de leña para la lumbre, cuando de repente, vio a Don Quijote poniéndole una manta a un abeto. ¿Qué mosca le había picado?

– Don Quijote, ¿se puede saber qué haces?- le preguntó.

– Cumplo mi trabajo como médico forestal; este pobre árbol estaba herido y he tenido que ayudarle, mírale que deprimido está, se le ha caído una quima.- contestó Don Quijote apenado.

Dulcinea, viendo la oportunidad de quitársele de encima unos días más, le dijo:

– Pues a mí me acaba de avisar el Dr… ¡Sí! El Dr. Fisher, ese, de que un árbol se ha desplomado en el Buciero, en Santoña, todo norte, y que tienes que ir rápido.

– ¡El deber me llama! Adiós, mi bella dama, debo partir, este crimen es imperdonable.- dijo, con cierta indignación.- Rocinante, vamos, tenemos un largo viaje por delante.

“Y así Don Quijote emprendió su primera aventura”. Vale.

Vídeo reseña – Saga Lux

Tratado VIII: El vendedor de ilusiones

Después de toda el hambre que pasé con mi anterior amo, le cuento a vuestra merced de un amo que tuve entre este recién mencionado y el siguiente, el vendedor de ilusiones.

Iba yo un día paseando por el puente, cuando en la misma estatua donde el ciego me pegó el coscorrón, vi a un buen hombre vendiendo ilusiones. Y diréis, ¿cómo se pueden vender las ilusiones? Procedo pues a explicároslo.

Este aparentemente buen hombre se dedicaba a vender esperanza a los pobres campesinos que esperaban un milagro para salir de la pobreza. Aunque esta esperanza era más que nada falsa, en cierto modo los impulsaba a verlo todo de forma más optimista.

Acercándome yo a él le dije:

-Señor, ¿no necesitará usted por casualidad un ayudante que le haga propaganda, verdad?

A lo que él me respondió:

-Casualmente no me vendría mal un joven como tú, vivo y enérgico, para que propagara mis servicios por la ciudad.

Y así, me hizo seguirlo hasta su casa. Una vez allí, me dio un cuarto, ropa limpia, y las llaves de la despensa. ¡Las llaves de la despensa! ¡Si casi no sabía cómo era una!

Las primeras tres, cuatro y cinco semanas, incluso la sexta y la séptima, se me pasaron volando, todo era alucinante, y daba gracias a Dios y al destino, o a lo que sea que haya ahí, por la suerte que había tenido.

Acabando ya casi mis diez meses de servicio, el vendedor de ilusiones empezó a comportarse de una manera muy extraña: cambió la llave de la despensa, dejó de comprar cosas para mí y empezó a comprar solamente sus caprichos, y por último, comenzó a obligarme a trabajar más y más cada día.

Todos estos sucesos fueron primeramente asociados por mi mente inocente a una posible pérdida de ventas, a una pequeña crisis, pero lo que yo aún no sabía era que, como cada vez era más rico, también se volvía más avaricioso, egoísta, y contaba menos con mis servicios. No me di cuenta de todo esto hasta que un buen día pasó lo siguiente:

-¿Lázaro? ¿Dónde estás, pequeño gamberro?- me dijo él con un tono de voz distinto al habitual- ¡Ven aquí ahora mismo!- bramó

Yo, lógicamente, fui de inmediato. Al llegar, me esperaba al lado de mi sillón con una vara en las manos. En cuanto estuve a una distancia considerablemente cercana a él, me agarró y tiró de mí hasta tenerme tendido inmóvil en el suelo, y fue ahí cuando comenzó a golpearme.

Me dio diez, veinte, treinta golpes sin siquiera pestañear, mientras a su vez gritaba:

-¿Qué se siente al ser traicionado por una persona que en un principio te tendió la mano, eh? ¿A que no es agradable?- me gritó colérico.- ¡Pues claro que no lo es!- volvió a chillar.

Cuando por fin terminó la paliza y se retiró a descansar, fui como pude al que en ese entonces era mi cuarto, recogí todas mis pertenencias y dinero, y huí de allí sin siquiera mirar su puerta.

Sí que era bueno en ese trabajo suyo de vender ilusiones.

Cantar del Mío Kit

Venid, acercaos, escuchad todos al Mío Kit

Que en no muy buena hora, espada decidió ceñir

Fue a la guerra pálido, blanco cual rubí

Y volvió desdentado y con mejillas carmesí

Indeciso a batalla él escogió ir

Perdido y asustado en su caballo hubo de partir

A un territorio desconocido y muy lejos de allí

Una vez en batalla, el campó enemigo cruzó

Y a las torres de Palacio desorientado Kit llegó

Cansado y aturdido, en una palanca se posó

Y la puerta del castillo en segundos se elevó

Todos los demás guerreros con euforia pasaron

Al castillo enemigo para acabar con esos bárbaros

Conquistaron esa tierra, ¡por fin lo lograron!

“¡Viva Kit y su torpeza!”Sus amigos exclamaron.

Cantar del Mío Kit

Coplas a la muerte de mi inspiración

¡Oh, inspiración! ¡Me has abandonado!

Te busco para hacer mi copla

y no estás.

¿Será que el viento te ha llevado?

Pues en qué mala hora

te vas.

Sueño con que vuelvas conmigo.

Sin ti, escribir, recitar, actuar

pierde sentido.

Así que ven, te necesito.

Y no te vuelvas a marchar

sin motivo.

 

¿Qué pasaría si…?

Era un día tranquilo en Los Ángeles y Tate paseaba por su jardín. A decir verdad, Nueva York era una ciudad demasiado ruidosa y eso a Violet le molestaba. Cuando tenía 6 años, nosotros vivíamos en Londres, pero mi perro murió y tuvimos que hacerle un funeral. Decidimos que la mejor idea era ir a comer a McDonald´s porque teníamos frío.

Tras tres horas esperando a Kit en la estación, la hamburguesa con patatas y refresco grande ya estaban listas. Entonces, Kyle fue a Pull&Bear y se compró una chaqueta vaquera. Jimmy era un joven bastante creativo y amaba la música rock. Ella era una fanática total de Mozart.

Rory vivía enamorado de American Horror Story y le encantaría que los elefantes volasen para así poder tener dinero infinito y poder comer en Nando´s. Finalmente, él murió y Caperucita fue a merendar con las tres hadas madrinas al castillo de verano de Elsa.

 

El cantar del Mío Kit

Venid, acercaos, mirad todos al Mío Kit.

Que en no tan buena hora, espada decidió ceñir.

Se fue pálido, blanco, con los dientes cual rubí.

Y volvió con ellos rotos, con mejillas carmesí.

Kit, sin pensarlo, a la batalla acudió.

Y el pobre, sin quererlo, en gran aprieto se metió.

Su torpeza, su inocencia, y su gran indecisión.

En batalla lo ayudaron y, ¡vaya si funcionó!

A las torres enemigas, desorientado logró llegar.

Y sin querer, al apoyarse, una polea hizo girar.

¡En tan buena hora se posó en aquel lugar!

El ejército entero, al castillo pudo entrar.

La batalla fue ganada, ¡qué gran felicidad!

Y Kit a hombros de sus compañeros, victorioso volvió a la ciudad.

“¡Viva Kit y su torpeza!” no dejaban de aclamar.

Y así conquistó otra tierra en Ejército Real.

 

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