Archivo del Autor: maran1997

Casada con aquel diablo.

Esa tarde era mi cumpleaños. Un lúgubre y triste cumpleaños. Un año menos de vida… No me gustaba celebrar que mi alma se hacía cada vez un poco más vieja.

Estaba sola. Sola como una palmera en mitad del desierto. Encaramada en mi butaca y repasando el álbum de mi boda. Las lágrimas afloraban de mis ojos y desembocaban en el cuello de mi camisa. Lloraba sola porque mi marido había muerto de lupus poco después de l boda. Trágica historia, ¿verdad?

como no volví a encontrar el amor, me encerré en un pesimista mundillo llamado “Literatura”. Comencé a escribir el que sería mi bestseller, “La muerte de aquel diablo”, pocos días tras la tragedia.  Tardé bastante en acabarlo, pero ahora un hermoso manuscrito posaba taciturno en una polvorienta estantería junto con un enorme premio que me otorgaron por su escritura.

Deseaba con todas mis fuerzas que mi difunto esposo bajara (o subiera) para felicitarme y darme las buenas noches con un beso en la frente, pero, como todos sabemos, los muertos no hablan. Y mucho menos besan.

Se me cerraban los ojos y, antes de darme cuenta, me había quedado dormida.

-Cariño- oí una voz cerca de mí. Me había despertado de mi quinto sueño.

– ¿Qué pasa? ¿Quién es?

Estaba asustada, pues creía haber oído la voz de alguien muerto. Mi esposo.

– Hola- dijo el ente a mis espaldas.

Giré la cabeza sobresaltada y, ahí lo vi: un perfecto hombre alto, moreno y de ojos verdes. Estaba sonriéndome con esa mueca torcida que tanto me gustaba…

¿Me gustaba? Pero… ¿Cómo me iba a gustar si era la primera vez que veía a ese hombre?

– No lo pregunto más. ¿Quién eres tú?

– ¿No me reconoces? Creí que mi autora sería capaz de reconocerme.

– Autora… ¡N-no puede ser! ¡No cre-creo que…

– No recordaba que fueses tartamuda.

– Y no lo soy- dije enfocando la vista.

– toma, las gafas- me lanzó una funda roja que contenía mis gruesas lentes.

Me ajusté las gafas sobre las orejas y lo miré. No pude evitar sonreír. Ya no le tenía miedo. Yo le conocía. Más que conocer, era mi propio hijo literario.

– Eres como te imaginaba – musité ensimismada en mi propia creación.

– Soy tu imaginación – me corrigió él- Por cierto, feliz cumpleaños. Un año más de experiencia, uno me…

– Uno menos de vida – le corté – Esa frase es mía.

– Lo sé. Lo sé.

– ¿Por qué estás aquí? – le abordé sorprendiéndome a mí misma.

– Tú no querías estar sola y yo estaba en la estantería. Muy a mano.

Me quité las gafas para procesar la información y, cuando la tuve retenida, abrí los ojos. Sin gafas, solo pude enfocar las fotos de la boda.

Entonces me di cuenta. En las fotos había un hombre alto, moreno y de ojos verdes. Igual que el que tenía delante. El personaje de “La muerte de aquel diablo” era mi marido. Había reflejado mi dolor en el argumento de aquel libro.

– ¡Qué genialidad! – mostré mi perplejidad – Sin darme cuenta te he convertido en mi marido.

– Cariño.

– ¿Qué?

– Buenas noches y feliz cumpleaños.

Y me quedé dormida de repente…

Cuando desperté, todo parecía normal. No estaba segura de si había sido una broma pesada de mi subconsciente sueño o había sido real. Miré al suelo y allí estaba: el anillo con el que me casé.

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