Archivo del Autor: marinasamperio

Instancia

Doña Marina Samperio Calvo, con DNI 72014240A, nacida en Argoños ( Cantabria) el día 4 de enero de 2002 y con domicilio en el Barrio Piedrahita en Argoños, número 23 en Cantabria.

EXPONE

Que el día 16 de octubre de 2017, la profesora de la asignatura de matemáticas orientadas a las enseñanzas académicas Amaya Sanabria, decidió sacionar con una notificación a gran parte de los alumnos debido a que no habían realizado los deberes que ella había mandado realizar. Por ello,

SOLICITA

Que le sea anulada la notificación a todos los afectados debido a que era la primera vez que se acudía con los dichos deberes sin realizar.

En Santoña a 25 de octubre de 2017,

Marina Samperio Calvo

Sr. Director del IES Marismas.

La sensación dentro de sí misma

Qué sensación más repugnante, era asqueroso hasta llegar a arrancar su mayor sentimiento de desprecio hacia aquel hombre. Sus labios húmedos sobre los de ella, su alma y su cuerpo echando todo su peso encima de su ser, aquel hombre prosiguió con su acto hasta que sintió los llantos de pánico de Ana. Las lágrimas caían por su fino rostro desgarrado por la miseria y desgracia que llevaba consigo por haber cometido adulterio, por haber gozado de los placeres de la vida mientras se encontraba bajo el manto del matrimonio. ¡Qué desdicha la suya! Decidió asumir su desgracia. ¡Cómo una mujer como ella podía seguir viviendo y creer que la aceptarían! ¡Cómo podía pensar que existiría consuelo alguno en el que refugiarse!

Cómo Lázaro sirvió a un mercenario y lo que con él ocurrió.

6º-7º/ Cansado yo ya del capellán y de vender agua, me dispuse a buscar un buen trabajo que me diese un mejor puesto en la sociedad y dicho esto me decidí a ir en busca de mi próximo destino. Encontré entonces a un hombre que me ofreció cobijo y alimento a cambio de que le informase todos los días de los malhechores que rondaban por la ciudad, yo acepté y acto seguido decidí preguntarle con qué fin deseaba saber él los nombres de los causantes de robos y engaños, a lo que el me respondió que aparte de entrar en las casas cuando no había nadie y dejarlas vacías, aprovechaban cuando los hombres faltaban para entrar y secuestrar a las mujeres o los niños para que días después los encontrase alguien cerca de algún basurero, dañados, maltratados, con las caras desencajadas de sufrimiento y los ojos rojos a causa de los repetidos llantos de auxilio que debían haber emitido. Al contarme esto yo me quedé boquiabierto, sufriendo la pena de cualquiera que hubiese tenido tan mala suerte de toparse con alguno de esos rufianes, él me contestó entonces que se dedicaba a enseñar a esos maltratadores cómo debían pagar los daños que habían causado. Me explicó que él recibía una paga por cada rufián que capturaba y ajusticiaba y que con eso le daba para vivir, pero que él mismo no podía salir a buscarles porque le darían caza y no lo dejarían mejor que a los rehenes que escondían. Yo entendí que él era un mercenario, se dedicaba a impartir justicia a cambio de dinero, a mi me pareció bien y decidí quedarme un tiempo con él. Cada día yo salía en busca de sospechosos delincuentes, tanto de delitos casi sin importancia como los más graves, ya que como mi amo me enseñó, todos debían aprender la lección, así que yo me revolvía entre la gente por los callejones o el mercado buscando los cotilleos o rumores adecuados que a mi dueño le sirvieran para dar caza a algún bandido. Cuando esto ocurría mi amo rogaba mi silencio ya que normalmente los castigos impartidos por él llegaban a causar revuelo en la ciudad sobre de porqué se podían oír gritos en las entrañas de su morada. Más de una vez fui testigo de alguno de los castigos que mi dueño proporcionaba, desde latigazos, encerrarlos sin dormir o sin comer hasta torturarlos amputándoles dedos o envenenandolos. Sin llegar a matarles conseguía que su vida no volviese a estar ligada al maltrato o los secuestros. Después de un tiempo decidí que debía proseguir mi camino, ya que esperaba a aspirar a más en mi vida y mi amo ya no me podía enseñar más. Con él aprendí que somos responsables de todas y cada una de nuestras acciones, tanto buenas como malas y tenemos que afrontar las consecuencias de nuestros actos. Tras despedirme de mi amo, recogí mis pocas cosas, recibí mi última paga a cambio de los rufianes que le había ayudado a capturar durante el tiempo que permanecí allí y me marché prosiguiendo así con mi camino, en busca de otro lugar.

A %d blogueros les gusta esto: