Archivo del Autor: martaramirezfuentes

Cenizas

Doscientos y pico huesos, y ninguno logra aguantar

el peso del mundo a mis espaldas.

Mundo que quema, que hiela.

 

Un alma que a veces huracán, a veces suspiro,

revuelve el polvo del mundo que yo habité, que yo fui.

Mundo que ahoga, que envuelve.

 

Unos ojos que abiertos no son capaces de ver,

pero que cerrados son puertas a un mundo roto.

Mundo que apuñala, que mata.

 

Una mente ciega que me guía por el precipicio

sin saber dónde pisa, baila al borde del abismo

de un mundo que es sombra, que es soledad.

 

¿Por qué si hay sentimientos que crean incendios,

solo me quedé con las cenizas?

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SONETO VIII

Pasarse los minutos recordando,

habitando lugares que amamos,

donde todos nosotros volver soñamos,

donde los pájaros siguen cantando.

 

Riendo, viviendo, también bailando

al son de los recuerdos que creamos,

pero sin embargo por aquí andamos

perdiendo el presente, que sigue pasando.

 

Sentirte tan lleno de nada

que en el pasado buscas recuperar todo,

todo lo que te haga sentir hechizada.

 

Como no puede ser de otro modo,

la nostalgia no suele ser deseada,

pero… ¿quién no ha vivido este periodo?

 

CUANDO QUIJOTE PERDIÓ LA CORDURA

Alonso Quijano era un hombre que ya había vivido más de la mitad de su vida. Habitaba en un piso casi céntrico en Madrid, pues había recibido herencias generosas, pero, a sus casi sesenta y cinco años, subsistía de pensiones. Su vida no era especialmente entretenida, ya que no estaba casado ni tenía hijos, y sus amigos se habían vuelto muy sedentarios.

Así que por recomendación de su sobrina, decidió contratar Netflix. Por supuesto, ésta tuvo que echarle un cable, porque la tecnología no era el fuerte de nuestro protagonista. Una vez que tuvo una mínima idea de como usar aquella aplicación, buscó algo para matar el tiempo. Fue entonces cuando encontró la serie que pondría fin a todo rastro de cordura que habitaba en él: Homeland.

Durante dos días seguidos, sólo parando para comer o ir al baño, engulló la serie sin descansar. El tercer día encargó a su sobrina coger un billete de ida hacia Langley, Estados Unidos. La mujer no preguntó el por qué, ya que al menos a su tío le había dado por tomar un poco el aire después de mucho tiempo. Lo que no sabía era que el billete de avión solo era uno de los poco preparativos para aquel viaje. El hombre, aunque mayor, sabía jugar muy bien sus cartas, así que consiguió hacerse un carné falso, en el cual cambió su apellido por el de la protagonista de la serie. Ahora era Alonso Mathison.

Su habitación se había convertido en el despacho propio de un agente de la CIA, y dedicó todos los días hasta el la fecha de partida a Langley a recopilar información sobre Al-Qaeda, y sobre todo, sobre los marines que habían vuelto a casa después de haber sido prisioneros de guerra en Iraq. Aprendió a navegar en Internet como un hacker nato, y un marine le llamó la atención. Su nombre era Nate Bell. Acababa de llegar a Virginia después de ocho años desaparecido en Iraq. Era el sujeto perfecto. Con todo esto planeado, solo quedaba ganarse el acceso a la CIA.

Pasaron los días y llegó la hora de despegar hacia Estados Unidos. Se pasó el viaje reorganizando toda la información de la que disponía. Tras unas cuantas horas de viaje, el avión aterrizó. Alonso fue al hotel que su sobrina le había contratado, y organizó su equipaje, aunque no tardó en ponerse manos a la obra con lo que había planeado.

Su objetivo principal era llenar la casa del marine Bell con cámaras y micrófonos, y para ello había buscado a un joven latino que realizaba este tipo de trabajos de manera ilegal, pero eficaz, a cambio de una suma de dinero. Así que lo primero que hizo después de instalarse, fue contactar con aquel hombre.

– Necesito que pongas una cámara acompañada de un micrófono en cada rincón de la casa -demandó Alonso.

– Sí, sí, y me quedó claro -contestó el joven y se agachó a por una caja con el material -. No me suele interesar el por qué “mis clientes” hacen lo que hacen, pero me gustaría saber qué te lleva a ti a hacer esto -preguntó mientras organizaba las cámaras y micros.

– Lo siento, chaval, pero es un asunto confidencial de seguridad nacional, no puedo entrar en detalles, como comprenderás.

– Esto… claro, viejo. Bueno, en realidad me da igual -contestó el chico con una sonrisa burlona -. Te doy a ti estos ordenadores con los que podrás hacer un seguimiento de lo que pase allí dentro -se paró un momento a pensar -. Por cierto, ¿el idioma no será un problema?

– Para nada, sé todo el inglés que hay que saber.

Y era cierto, pues su demencia le había llevado a aprender inglés básico en un tiempo récord.

– Está bien. Pues solo falta que me pagues y esa misma noche tus artefactos estarán en marcha.

El hombre pagó la cantidad acordada al muchacho y volvió al hotel, impaciente de comenzar a observar a su sujeto.

Dos días estuvo al tanto de los movimientos del marine. Dos días sin salir del hotel y por supuesto, sin dormir. Al tercer día consideró que ya había recopilado información suficiente y decidió que era el momento indicado para presentarla a la CIA.

Allí se presentó el hombre, con dos cajas hasta arriba de documentos, fichas, cintas de audio, fotografías, etc. Como podréis imaginaros, a la aventura de nuestro protagonista no le queda mucho. De hecho, solo hizo falta que saltará los controles de seguridad y comenzará a gritar que quería ponerse en contacto con Saul Berenson. En cuestión de segundos, Alonso se encontraba inmovilizado y de camino a una celda de manera preventiva. Ni siquiera tuvo la oportunidad de presentar la investigación exhaustiva que su demencia le había llevado a hacer sobre aquel pobre marine.

El hombre regresó a España al día siguiente. Su sobrina fue a buscarle al recibir una llamada del lugar donde le tenían retenido y le llevó a su casa. Lo primero que hizo fue llamar a un especialista para que lo mirara e intentará deducir lo que su tío padecía. Éste le diagnosticó un trastorno severo de la personalidad, del cual dijo que probablemente viniera dado por obsesionarse con algún tipo de libro, película, serie… Y efectivamente, así era.

Su sobrina se mudó con su tío y lo primero que hizo fue quitarle Netflix. Ella estuvo cuidando de él y vigilando que se tomara los medicamentos recetados por le médico.

Y así transcurriendo los días de Alonso, que, a pesar de tomar sus medicamentos, seguía preguntándose si el tal Nate Bell era un terrorista de verdad o no.

Lázaro vive con un mercader

Después de pasar temporadas con todos mis desdichados amos, cada cual peor que el anterior, decidí moverme hasta Madrid, donde supuse que podría vivir de la mendicidad en una ciudad tan amplia como aquella. ¡Qué equivocado estaba! Si alguna vez vi más de dos monedas, fui realmente afortunado.

Pero un día en el que me preparaba para otra larga jornada con el estómago más vacío que la casa de mi antiguo amo el escudero, sucedió algo que me pilló por sorpresa: un mercader se acercó al lugar donde me encontraba y me examinó de pies a cabeza. Al cabo de unos segundos me preguntó:

-Joven, te veo un poco falto de fuerzas, pero creo que podrías serme útil para transportar mis mercancías. A cambio de que trabajes para mí, te aseguraré un plato en la mesa cada día, que me parece que lo necesitas.

<< Quizá este hombre cumpla con su promesa>>, pensé. Aunque después de los desastres que había tenido por amos no me hice demasiadas ilusiones. Acepté ir con él y es así como empecé a trabajar con aquel viejo mercader.

Al llegar a su casa en un barrio de las afueras de la ciudad, el hombre me explicó cuál sería mi cama y como distribuiría las comida: por las mañanas me daría un panecillo entero, pues era cuando más trabajaba y necesitaba fuerzas para cargar las mercancías; a la hora de comer, me daría un poco de lo que estuvieran comiendo ese día; y a la hora de la cena, media taza de leche.

Si es cierto que el anciano respetó bastante bien lo de las comidas, puesto que por primera vez en mucho tiempo, el hambre no me hizo demasiada compañía. Pero sí omitió un pequeño detalle. Pequeño pero malo con el demonio: su querido nieto de siete años. Este niño hacía todo lo posible para que mi estancia en esa casa fuera los más desagradable posible. El segundo día de dormir en esa casa me puso chinchetas por la cama. Días más tarde, me robó el panecillo de por la mañana, que ya por si solo no era suficiente para cargar energías para transportar las mercancías, así que podéis imaginaros cómo lo pasé esa mañana. Y por supuesto, era el ojito derecho de su abuelo.

Cierto día, en el que yo estaba harto de esa bestia con forma de niño, pensé que debía devolverle la bromita.

Una mañana en la que transportaba en la que estaba trabajando, mi amo me encomendó una entrega, como cualquier otro día.

-Lázaro, necesito que lleves esta caja a la plaza, que allí estará un herrero esperando junto a la estatua -me pidió-. Ah, que ya se me olvidaba. Por este paquete le vas a pedir treinta dinares, ¿de acuerdo?

-Por supuesto, estaré aquí de vuelta en un santiamén -contesté.

Al llegar a la plaza, estaba esperándome el hombre que me mencionó mi amo. Me acerqué hasta donde él estaba con la caja.

-¿Eres tú el chico de los recados del mercader?

-Así es -afirmé-. Le traigo la mercancía que pidió.

-Gracias, chico -dijo-. Por cierto, ¿cuánto te ha dicho el viejo que le tengo que dar?

-Cuarenta dinares, señor.

-¿¡Cómo!? -gritó el herrero-. Juraría que cuando hablamos me mencionó que no serían más de treinta, pero, bueno. Aquí tienes, chaval. Esperemos que esto que me has traído valga esos cuarenta dinares.

-Seguro que lo vale -añadí.

Y después de esto, el hombre se  metió en su taller y yo me dispuse a llevar a cabo mi plan. Me dirigí hacia el mercado y paré en un puesto en el que se vendían ratones. El ratón estaba a un dinar por unidad, así que compré nueve y con el dinar que me sobró de los diez de más que le había cobrado al marinero, compré un panecillo.

Afortunadamente, cuando llegué a la casa, no había nadie, por lo que pude esconder bien los ratones. Al caer la noche y llegar mi amo y su nieto, me dispuse a meter los ratones en el colchón del niño antes de que se acostara. El chico no tardó mucho en darse cuenta de que esa noche estaba compartiendo cama con nueve amiguitos. Los ratones, al notar que un cuerpo se les echó encima, royeron el colchón para salir, pero lo hicieron hacia arriba, por lo que el pequeño diablito se llevó unos bonitos mordiscos de estos ratones. Poco más duró mi estancia en esa casa.

Al día siguiente, el niño no tardó en echarme la culpa de los ratones a mí. Aunque la tenía, intenté hacer creer que los ratones se colaron, pero como ya mencioné, este bicho era el niño de los ojos del abuelo. Por tanto, éste no tardó ni un día en echarme de aquella casa.

Podéis pensar y con razón que fue una tontería hacer aquello sabiendo que probablemente me volvería a quedar en la calle. Ciertamente, este amo ha sido probablemente el mejor que haya tenido, pero ese chico se merecía esos ratones y mucho más.

 

 

Copla a la muerte de las personas

Dónde quedan los momentos,

dónde quedan los amigos,

lo vivido.

 

Y quién nos limitó los tiempos

no sabemos, no hay testigos;

ya se han ido.

 

Pereciendo en el abismo,

el mundo sigue girando.

Él no espera.

 

Sin conocerse uno mismo,

nos vamos de aquí dejando

la vida entera.

 

UN DÍA EN LA PLAYA

Ayer yo haré una fiesta, por el contrario nosotros me divertiremos. En tercer lugar, tú os comes un helado porque ellos nos gusta hacerse fotos. En primer lugar, Eva dijo a ti que mañana quiso un regalo; sin embargo, nosotros os la dimos. Yo tengo un gato, pero vosotros os subes a las atracciones. ¡Qué frío hace! Nosotros llamaremos a Celia antes de ayer y él os lo prestó. Rosa y yo te llama al teléfono. Ayer os lo diremos a ellos porque nosotros tenemos ganas de verte a ella.

El atleta está lesionado así que el elefante no pudo correr mañana. ¿Quieren ustedes que él te sirva té? Yo os invito a cenar solo a ti. Por un lado, Carmen piensa que yo te avisaremos, es decir, que a vosotros no les gusta la pizza. Gabriel te está esperándome en la parada del autobús porque ellos necesitan dárselo a ti. En segundo lugar, a ellos nos gusta la camiseta de Carlos ya que yo te vimos por la televisión. Pasado mañana nosotros fuimos a comprároslos a ti, vamos, que a ella les apeteció comer helado.

A mí se te olvidó daros eso a él, por eso quizá hoy nos gustó a vosotros la música antigua. Por otro lado, tú no lo llevabas puesto, quiero decir que su hermana os llamó a ellos. En cuarto lugar, no me ríe de lo que le pasa a Pedro y Lorena debido a que te gusta las chocolatinas. El fin de semana que viene no compré los que nos hacía falta y no nos apetecía a ella ir.

 

Luis el Valiente

En el sofá de su gran piso, Luis Fernández se hallaba;

con su gato al lado, las noticias en la radio escuchaba.

De pronto y sin previo aviso, la conexión se cortaba.

Oíd lo que dijo el joven, que muy confuso estaba:

“¿Qué le habrá pasado al aparato, que hasta ahora funcionaba?”

Casi al momento, escuchó un grito que de la calle llegaba

Salió Luis apresurado de su hogar, llegando a la calzada;

allí pudo ver un gigante orco, que clavó en él su mirada.

El engendro intentaba atacar a Clara, su amada.

Escuchad bien lo que la muchacha a Luis exclamaba:

“Mata con algo al monstruo, pues si no estoy acabada”.

Por más que buscaba, el chico para matarle nada encontraba.

El orco a la chica, en su grandes brazos, sujetaba,

mientras la joven, muy desesperada le asestaba patadas.

Luis encontró, al fin, unos botes de matarratas;

y con coraje y precisión, hizo que aquel ser los olfateara.

Inmediatamente, el orco cayó y el chico se acercó a Clara;

se abrazaron y juntos marcharon a una cafetería cercana.

MI TEATRO: ¿Y LAS LLAVES?

Era el año 2008. Verano. Una familia se va de vacaciones y tiene que coger un avión a Mallorca.

CARLOS. ( con bastante tranquilidad). Vamos, que llegamos justos de tiempo.

BEA. (histérica). ¡Ya lo sé! Pero no encuentro mis planchas. Seguro que las ha cogido María.

MARÍA. ¡Yo no las he cogido! para eso tengo las mías.

BEA. Las mías son mejores, seguro que las has cogido. Papá, dile algo.

CARLOS. Tranquilizaros, están aquí.

BEA. (aliviada). Buf, menos mal. Pues ya podemos irnos, ¿no?

CARLA. Me temo que no, chicas, no encuentro las llaves del coche.

CARLOS, BEA Y MARÍA. (al unísono). ¡¿Qué?!

CARLA. Lo que oís. Yo dejé las llaves en esa cómoda ayer, pero ya no están. Carlos, ¿no las habrás cogido tú por casualidad?

CARLOS. No, no. Yo cogí los pasaportes.

MARÍA. (muy preocupada). ¿Y qué vamos a hacer?

BEA. Esperad, ¿y Tomás?¿No estaba aquí hace un rato?

CARLA. Desde que sabe gatear… ¡Tomás!

El bebé llega gateando por el salón con las llaves del coche en la mano.

CARLOS, CARLA, BEA Y MARÍA. (al unísono). ¡Las llaves!

CARLA. (acelerada). Bea, coge las llaves, María, tú coge a Tomás.

CARLOS. Venga familia, que todavía tenemos tiempo.

MEMORIA DEL CURSO

Empezamos el 18 de Septiembre de 2014, es decir, hace nueve meses más o menos. Durante dos semanas o así no hicimos mucho, porque estuvimos con las presentaciones y todo eso. Luego ya empezamos con exámenes, trabajos y deberes, pero no era tan difícil como pensaba. El primer trimestre se me pasó bastante rápido, quizá porque este trimestre es el más fácil.

Luego, volvimos a clase después de Navidad, y si que es verdad que el segundo trimestre es el que más pesado se me ha hecho. Aún así, dentro de que se me ha hecho largo y pesado, me lo he pasado muy bien.

El tercer trimestre después de Semana Santa, es el que mejor me lo he pasado con diferencia. Se me ha hecho muy corto y no he notado apenas diferencia de nivel en comparación con los trimestres anteriores.

En resumen, me llevo un buenísimo recuerdo de 1º. de la ESO. Espero que todos los cursos sean así o parecidos.

ADIVINANZA

Africano e indio es,

gris, enorme y listo,

pero no le has de molestar

si quieres volver a ser visto.

Elefante.

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