Archivo del Autor: rubendiez59

Mi poema futurista

La televisión

Sencillas pero modernas

inspirando sensaciones,

llamando a las emociones,

que nos abren las eternas

vidas y casas ajenas.

Acompañando los días,

acompañando las noches,

sonido y luz que

a veces dan sentido

a por qué vivimos.

 

España mía

Dónde está mi España inquieta

aquella que brillaba y sonreía

aquella que sufrió día a día

una quema de hermanos que veía

morir a sus jóvenes cada día.

pero que supo salir a la vida,

que consiguió encontrar la salida

que tras cuarenta años de rodillas

volvió a disfrutar de las orillas

de la libertad y la ilusión.

Y ahora, otra vez sufro por ella

parece que nos abandona nuestra estrella,

ladrones y corruptos  están llenando

las silla del congreso y del senado,

las sillas de bancos y cajas llevando

aquello que nuestros padres ahorraron trabajando.

¿Dónde están? ¡España mía!

Levántate y anda,

en las urnas demuestra tu valía

que no se puede esta panda

con nuestro esfuerzo de cada día.

El Unamuno de Rubén Díez

-¡Se acabó! – exclamó el joven.

-¿Cómo dices? – Preguntó Rubén.

– Lo que ha oído, don Rubén. Ya no trabajo más en esa obra. No quiero ser el pobre sin amor, sin familia, que no va tener un final feliz ;  que va vestido harapos y que pasa frío y hambre…

¡He dicho no!

Me quedé mirando por la ventana con cara de sorpresa. mi obra se había parado. El protagonista no quería seguir.

-Tú no entiendes nada. Tú no puedes decidir, estás bajo las órdenes de mi bolígrafo. Solo eres un personaje de ficción que yo me he inventado.

-¡Bueno! – exclamó, entonces yo me pregunto: ¿por qué el relato? ¿por qué no cambia el final? ¿qué le cuesta hacerme un joven feliz?

– ¡Imposible! – le contesté.

Tú no comprendes a un escritor. Cuando la novela está construida en nuestra cabeza nada ni nadie puede cambiarla. Un silencio llenó la habitación, un silencio que duró horas, un silencio que sigue ahí, porque en ese momento, mi bolígrafo se negó a plasmar mis palabras, y mi novela se quedó sin final.

Todavía me pregunto: ¿fue él quien decidió?

Rimas de amor y Lengua

Eres la narradora de mis historias de amor.

Eres el sintagma de mi predicado.

Eres el verbo de mi frase de amor.

 

RIMA NUMERO 16\XLII DE G.A BÉCQUER

Esta es la rima 16\XLII de Gustavo Adolfo Bécquer, uno de los poetas más reconocidos en el Romanticismo. 

¿Un rey debe saber las cuatro lenguas de España?

Un rey digno  de España solo es digno si se sabe las cuatro lenguas del país, porque para decir un discurso importante que tiene que ver con situación geográfica por ejemplo, en Cataluña, en esa situación el rey deberá de hablar en catalán, lo mismo pasaría en Galicia y País Vasco.

Veo bien que un representante nuestro sepa hablar inglés como el nuevo representante Felipe VI, francés o cualquier otro idioma de relevancia internacional. El rey también debe saber lenguas internacionales como el inglés que sirve para casi todos los países.

A esto se le debe de añadir lo siguiente:  para ser un buen rey sería necesario que hablara con los ciudadanos, y se interesara de vez en cuando por la opinión de los ciudadanos, para que de esta forma nosotros percibamos que nuestra opinión y sugerencias son escuchadas, de modo que se comunique con los ciudadanos del país en el que reina.

La conclusión de esto es que el rey hable las lenguas del país, escuche al pueblo y los ciudadanos para poder mejorar el país también tiene que conocer las lenguas extranjeras para representarnos bien a nivel internacional.

 

 

 

 

Robo en el avión

El 13 de diciembre de 2013, me dirigía al aeropuerto de Santoña, en el que va salir el vuelo 747 hacia Laredo, el viaje era largo unas 3 horas de avión.

Ya estábamos en el aire, en el avión no había demasiada gente pero un hombre me llamaba la atención, vestía un traje negro con corbata, unas gafas de sol que parecían caras y un maletín negro.

A  la hora y media de despegar el avión, el hombre trajeado se levantó de su asiento con su maletín y se dirigió hacia la cabina de mandos, donde estaban los pilotos del avión. Me pareció oír que desviasen el vuelo hacia Santander, que quería 200.000 euros y un paracaídas o que sino hacía explotar la bomba del maletín. Yo me asusté mucho cuando dijo eso así que para no empeorar las cosas, no hice nada. Los pilotos se asustaron y llamaron a la torre de control para informar de la situación. A continuación los pilotos le hicieron caso, y le dieron todo los que quería. Cuando lo tuvo se puso el paracaídas, cogió el maletín, abrió la puerta de carga y descarga del avión y ¡se tiró del avión!

El avión aterrizo en Santander, según se paró el avión en el aeropuerto estábamos rodeados de coches policiales, nos preguntaron a todos los pasajeros y a los pilotos una serie de preguntas que respondimos, y la policía dedujo que el ladrón de aviones era Tom Satin.

Nunca se supo nada de él desde entonces. No se sabe si murió en el descenso o sobrevivió.

El pescador de la bahía de Santoña

Enfrente de la plaza de toros de Santoña está la machina de Santoña en la que está el pescador de la bahía  “el sulero”. Hace un día bueno, se ven las montañas del fondo, con una puesta de sol espléndido, el agua está tranquila y el sol crea una raya dorada muy bonita reflejada en el agua.

Se le ve fuerte, con una tez pálida, pasando frío, luchando contra las lluvias que caen en invierno, pero él sigue ahí siempre firme ante las tempestades.

Los peces se pescan con un aro que tiene una red de pescar muy grande que mete en el agua, cuando las sulas están por encima del aro, este se sube con las sulas.

EN EL MONTE

Un día quedamos tres amigos y yo para ir al monte. Queríamos ir a un faro que nos quedaba lejos. Tendríamos que caminar unas 6 horas; ya estábamos preparados para marchar. A las tres horas paramos para comer algo, beber un poco de agua. Teníamos unas 3 horas por delante. Más tarde, cuando ya estábamos casi en el faro, para llegar hasta el faro había que bajar unas setecientas escaleras, casi todas estaban rotas y empinadas; solo había un cable de acero que parecía resistente para agarrarte y no caerte. Luego cuando estábamos abajo, me temblaban las piernas. Me senté. Estaba muy cansado. Eran ya las ocho de tarde y nos quedaba poca luz. Armamos la tienda de campaña; la noche parecía buena, muy estrellada y bonita.

Al día siguiente nos despertamos, nos cambiamos y subimos las escaleras, que eran muy duras de subir. Arriba me volvieron a temblar las piernas. Luego empezamos a caminar y a medio camino volvimos a parar a comer algo como desayuno. Volvimos a empezar el camino y por fin llegamos a casa. ¡Qué día más duro!

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