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Suerte Nula

Un muchacho de pueblo, sin mucha suerte la verdad, andaba con sus vacas después de cenar. Durante esa noche, el muchacho, de nombre Clemente, soñó que le tocaba la lotería pero una desgracia le iba a ocurrir. Cuando fue a comprobar si le había tocado, una alegría se llevó al ver que le había tocado el primer premio del Euromillón. Al recoger el dinero, unos ladrones le atracaron y le robaron todo su dinero. Aquella impertenencia le indignó, por ello se fue a quejar al autor y una discusión conllevó:

-¿Cómo osas hacer que entren unos ladrones y me roben todo? Yo, un hombre desgraciado, sin suerte alguna, haz de nuevo que me toque la lotería señor escritor.

-Lo siento mucho, pero con mi debido respeto, la historia ya ha sido escrita y no puedo volver atrás. Váyase usted a pastar, que todavía tengo trabajo por hacer.

-¡Señor, señor! Tenga algo de piedad sobre mi ser, ¿no le doy pena alguna?

-La verdad que no, señor pastor, por favor salga de aquí

El muchacho, apenado, con un gran descontento, salió ya que la acción ya estaba tomada y no pudo hacer nada. El pobre muchacho siguió trabajando en la ganadería hasta ya temprana edad, hasta que su pobre corazón aguantó y así en paz pudo terminar.

Pobreza injusta

Se encontraba un hombre caminando solo por la calle balbuceando. Llevaba un abrigo viejo y con agujeros, unos zapatos rotos, un gorro sucio y una botella de alcohol en la mano. Se podría decir que no era un  afortunado, ya que era un sin techo.

Gira una esquina y se aproxima a la autora de este relato.

-Ey, tú, si tú, ¿te parece bien esto qué estás haciendo?

– Perdone pero no sé a qué se está refiriendo.

– ¿Cómo que no lo sabe? Por Dios no se haga usted la tonta.

– De verdad, señor, déjeme en paz.

-No, déjame en paz tú. Me has arruinado la vida y ahora actúas como si nada. Sabes que yo era un gran empresario que tenía todas las de triunfar en esta vida, hasta que llegaste tú y decidiste escribir esta estupidez de nivola.

-Yo únicamente me ciño a mi trabajo, que es escribir.

-Pues podría haber escrito sobre otra persona o algo positivo. Pero no, usted prefiere dejar a un joven sin techo, sin dinero, sin comida, sin su familia y por si le parece poco le vuelve alcohólico. ¡Me has arruinado la vida!

– Yo no lo veo de esa manera, nunca sabrás como puede terminar la historia, y yo que tú tendría cuidado con lo que me dices por no sé si te has dado cuenta pero tu futuro está en mis manos.

-¡Y encima me amenaza!-dice muy enfurecido-. ¿Sabes qué?

-Dígame.

– No me preocupa lo que me puedas hacer, total, peor no puedo acabar pero tú sí.

-¿Está usted seguro?-dice completamente segura de sí misma.

El hombre tras un arrebato de rabia se lanza sobre la mujer, y de un botellazo le produce la muerte.

Personaje y autor

A Eustaquia la toca la lotería pero pierde el boleto yendo de camino al banco para cobrar el premio. Eustaquia va donde el autor para quejarse y mantienen una conversación:

Eustaquia: Como me haces esto, es lo único bueno que me ha tocado en la vida.

Autor: Ya lo siento pero es lo que hay.

Eustaquia: Por favor, no me haga eso.

Autor: ¡Aquí el que manda soy yo y si no te gusta te largas!

Eustaquia, muy enfadada, se venga matándolo.

 

¡Dónde se ha visto que el personaje reproche a su autora!

Raul Staier, un jeque del petróleo, está indignado porque su yate se ha averiado justo el día que iba a dar una fiesta con celebridades de la talla de Dakota Johnson, Brad Pitt, Antonio Banderas y Lady Gaga. Era tal la humillación que el soberbio, prepotente y egocéntrico jeque fue a quejarse a su creadora, la premio Nobel de literatura, Julia Blázquez.

Raul entra, enfadado, y se encuentra a su creadora sentada, tratando de concentrarse.

-A ver, ¿qué quieres ahora, Raul?

-Pues que no me parece normal, que tengo una fiesta, como tú bien sabes, y el yate está averiado.

-Bueno, forma parte de la intriga de la historia, si no, no tendría gracia ninguna.

-Pues a ver qué hago…de verdad, si no te cuesta nada, ¡para algo eres la escritora!

-No crees que ya tienes bastante con el casoplón, el Ferrari,la mansión de Ibiza, el avión privado, ¿sigo?

Se lleva las manos a la cabeza, indignado.

-Pero qué sentido tiene una fiesta en un yate…¡sin yate! De verdad, no sé cómo tienes el premio Nobel, no me lo explico…

-Uyyy… no vayas por ahí, que todavía te quedas sin avión. Tu yate está averiado, y punto, es más, la fiesta se suspende.

 Tú lo que quieres es acabar conmigo, eres una caca de escritora, así te lo digo.

-Anda, vete un rato por ahí, que tengo que escribir la segunda parte.

Se pone las gafas, y coge unas hojas para continuar escribiendo.

-Vale, vale, tú sabrás, pero conmigo no cuentes para más…

 

 

El punto y seguido

Tom se despertó. Le dolía todo el cuerpo, se encontraba tumbado en una camilla blanca, al igual que la habitación en la que se encontraba, se levantó como pudo, a duras penas consiguió llegar a la habitación de al lado, quería averiguar donde se encontraba. La habitación era más pequeña que la anterior, al entrar vio un botón y decidió pulsarlo, de repente, empezó a llover a cántaros en aquella habitación, así que salió corriendo mientras gritaba incoherencias. Volvió a la anterior habitación, en la cual no llovía, y se calmó un poco, pero un señor con bata blanca alarmado se empezó a acercar a él y  Tom cayó rendido al suelo, por el gran susto que se había llevado.

Entonces, empezó a recordar.

Tom se despertó por el molesto sonido de su despertador, y pesadamente , se levantó de la cama. Ya listo para ir a su escuela, salió de casa, pero se dio cuenta de que llovía, así que cogió un paraguas. Apenas había andado unos metros , cuando un fuerte viento se llevó a su paraguas, que chocó contra la ventana de su habitación. Entró corriendo a su casa, quería buscar su teléfono para llamar a sus padres, que no se encontraban en casa, pero nada más entrar, se percató del tremendo error que había cometido, cientos de  diminutos cristales, cortaban su piel, ya teñida de rojo, intentó gritar, pero fue en vano, se le había ido la voz, ya no sentía, comenzaba a no oír nada,  lágrimas resbalaban por su cara.

Pudo divisar a lo lejos su paraguas, al que maldijo varias veces, pero de nada le servía. Se fijó en la ventana, cada vez la veía más de cerca, se estaba acercando pero ni siquiera se daba cuenta de lo que hacía,  se asomó por la ventana y sus débiles fuerzas se esfumaron, dejándole caer  varios metros hasta chocar contra el duro suelo, ya no veía, todo era nada, y es que allí estaba, en la nada.

Una aguda voz percibieron sus oídos, no le resultaba conocida, parecía que  provenía de ningún lado, pero que a la vez de todas partes. Se limitó a escucharla:

-Tom -dijo la voz.

Su curiosidad y confusión le ganaron y  decidió conversar con aquella lejana pero muy cercana voz.

-¿Quién eres? -dijo Tom.

-Tu creadora- dijo la voz.

– ¿Mamá?¿Eres tú?-dijo Tom, más confundido aún.

-No, soy Marina, y tú, solo eres producto de mi imaginación-dijo Marina.

-No entiendo-dijo Tom, ya abrumado por la situación.

-Toda tu vida todo lo que te ha pasado, lo bueno y lo malo, yo lo quise así- dijo Marina.

-Bueno, sinceramente, creo que tú eres producto de mi imaginación, porque me acabo de caer de un segundo piso y estoy lleno de cristales, seguramente me haya vuelto loco y…

-Mira este espejo- le interrumpió la voz

-¿Qué espejo? ¿Dónde? – dijo Tom.

Un espejo apareció en frente de él, pudo verse reflejado en él, no tenía ni un rasguño, se acercó al espejo y lo tocó con la mano, esta traspasó el espejo y con ella todo su cuerpo.

Empezó a ver distintos momentos de su vida, aquellos que le marcaron: su nacimiento, su primer palabra, su primer paso, su primer cumpleaños, su primera caída, su primer día de guardería, sus amigos, sus enfados, sus regaños, en milésimas de segundo vio pasar su vida completa antes sus ojos.  Igual estoy muerto, pensaba Tom. Pero volvió a ver la nada, a estar en la nada y a formar parte de la nada, como el nadie que era.

– Tom-dijo Marina-, ya soy mayor, tengo muchos años, apenas pude disfrutar de la vida, por ello, te creé, a través de ti descubrí lo que es ser feliz, y me encantaría poder seguir haciéndolo, pero se me ha acabado el tiempo, y  a ti también. Siento mucho lo de esta mañana, pero tenía que dejarte inconsciente de alguna manera.

Tom se despertó. Estaba en el hospital pero ya no le dolía nada, ya sabía donde estaba.

– Tom, aquí estoy, a tu lado- dijo Marina.

Se giró y vio a una señora mayor y con un aspecto muy cansado.

– Ven aquí- dijo Marina.

Tom se tumbó en la camilla de la anciana.

– Lo siento- dijo Marina, mientras las lágrimas salían sin permiso de sus ojos, por todo, lo siento mucho.

Tom le dedicó una entristecida sonrisa y con lágrimas en sus ojos  le abrazó muy fuerte, rápidamente fue correspondido.

– ¿Este es el punto y final ?-dijo Tom.

– No, este es un punto y seguido, pero no de nuestra historia, de la historia de nuestros queridos lectores-dijo Marina.

– ¿A ellos les quedan muchos capítulos por vivir que tienen que ser escritos, verdad?-dijo Tom.

– Verdad-dijo Marina.

-Hasta nunca, que duermas bien-dijo Tom.

-Nunca digas nunca, hasta siempre- dijo Marina.

Los dos murieron, abrazados, juntos, para siempre jamás.

 

 

 

 

La Cebra

Una señora se está quejando a un editor sobre un asunto personal.

-¿Perdón? ¡¿Cómo que viviré todavía más tiempo así?! ¡No puedo seguir así! ¡IM-PO-SI-BLE! ¡Quiero hablar con la autora!

Atraída por el jaleo, la autora se introduce en la escena.

-¡Señora! Cálmese, está armando un escándalo en el pasillo, pase a mi despacho, si le puedo ayudar en algo…

Las dos mujeres entran en un despacho acogedor, en el que se pueden ver sobre una mesa varios intentos de novelas frustradas, que quedaron en eso.

-Bueno, ahora que estamos aquí estoy dispuesta a escucharle, pero debe saber que hay una condición que debe cumplir siempre que se dirija a mí: Debe hablarme con respeto y tratándome de usted, sepa que aquí la jerarquía está muy definida, yo soy AUTORA y usted, un PERSONAJE.

-De acuerdo, de acuerdo, perdone usted.

-Bien, pues veamos, ¿Qué le sucede?

-Llevo 20 años haciendo de cebra, y estoy aburrida, cansada, atormentada de estar todo el día pastando, y todo porque usted ha dejado la novela en la que me encuentro sin terminar y parece que va a seguir así.

-¿Y a cuál de mis novelas pertenece?

-A “Un domingo en la Sabana”.

-No recordaba que hubiera escrito esa novela, pero ahora que lo dice, algo me suena….

-Sí, mujer, esa en la que amanece un domingo con un sol enorme, naranja, que se eleva lentamente sobre un paisaje árido, en el que los animales de la Sabana empiezan a moverse en busca de comida o vuelven a descansar después de una intensa noche de caza; a lo lejos, el polvo del camino revuelto y en la siguiente escena, la llegada de un jeep con una mujer preciosa al volante cuyo fular ondea al viento. Se acerca a un grupo de cebras que está pastando junto a una charca y… y ahí nos dejó pastando, y allí nos quedamos pastando, pues no podemos hacer otra cosa sin que usted siga escribiendo.

– Tiene razón, hace 20 años empecé una novela sobre la Sabana, sí, recuerdo que me quedé sin inspiración al poco tiempo. Pero ahora que me ha refrescado la memoria, siento que vienen a mí un torrente de ideas. Igual tiene suerte y continúo “Un domingo en la Sabana”

-¿DE VERDAAAAD? ¿¿¿¿QUÉ PASARÁ???? ¡Cuénteme! ¡Cuénteme! ¿A qué viene la chica del jeep a nuestra charca? ¿Por qué está sola? ¿Está enamorada?

-Jajajaja, por ahora no lo sé, pero espero que dentro de poco lo sepa de primera mano.

-¡¡¡¡Muchísimas gracias!!!! Y, y, y… ¿Me puede convertir en jefe de la manada?

-Pronto lo descubrirá. Bueno, y ahora que está el asunto resuelto, regrese a su historia, que aquí quedan novelas por escribir.

-¡Adiós! Y muchas gracias.

La puerta se cierra y la autora empieza a soñar.

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