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El Lazarillo

Tuve que buscarme otro amo, fue un comerciante, él más vago que conozco. Me obligaba a llevar las cuentas de la tienda, mientras él , él muy vago descansaba y comía… otro amo que me mataba de hambre. Por las mañana me daba una moneda de muy poco valor para que comiese, y con eso poco subsistía todo el día.  Pero de vez en cuando se le olvidaba y eso me mataba. Los días pasaban y eran más días sin comer que días alimentado. Cansado, empecé a pedir limosna. Un día cuando volví de comprar la comida, me encontré al comerciante tirado en el suelo, llamé rápidamente al médico, pero fue demasiado tarde. Lo bueno fue que como el comerciante no tenía ningún hijo su riqueza fue repartida entre su mujer y yo, y con ese poco dinero puede sobrevivir por un tiempo hasta que encontré a otro amo, pero esa es otra historia.

TRATADO IV-bis

Hoy he decidido ir a buscar a mi nuevo amo. Estando solo y perdido por la calle me he topado con un joven que parecía tener dinero suficiente para alimentarnos a los dos. Esta vez esperaba que me tratasen mejor y que no me dejasen sin comer, ya que soy un niño y necesito alimentarme bien. El joven me dijo su nombre tartamudeando, se llamaba José María Fernandez, “un muy bonito nombre señor” le dije yo. “Yo soy Lázaro” le volví a decir.

Decidimos ir a su casa, que se encontraba en un callejón algo siniestro y alejado del centro del pueblo. Al llegar a su casa me di cuenta de que no era tan genial como yo había pensado y solo esperaba que me diese de comer ya que tenía mucha hambre y solo pensaba en comida. José me dijo que podía coger algo de la cocina y yo con toda la ilusión fui con paso ligero, y  cuando llegué a la cocina vi un trozo de pan en la mesa. Él me dijo que había perdido todo su dinero en un casino y que debía todavía aún más dinero. Eso me dejó deprimido ya que se trataba de otro amo que no me iba a poder cuidar bien.

Mi amo que lo había pasado mal estaba desesperado y no tenía con que cuidarme me dijo que podía irme si yo así lo deseaba. Le dije que no me iría hasta ayudarlo, ya que se me había ocurrido una idea para recuperar dinero. Le pregunté por qué no íbamos a un bingo ya que se podían ganar 100000 maravedíes. Él no estaba seguro pero cuando llegase el anochecer iríamos al bingo ya que a esa hora iba poca gente.

Al llegar la noche fuimos al bingo y ese día había más gente que en cualquier otra noche ya que se iba a dar mucho dinero más de los 100000 maravedíes como se esperaba. Decidimos seguir con el plan y cogimos cuatro cartones con nuestos últimos ahorros. Cuando empezamos no salían los números de nuestros cartones, eso nos desesperó ya que lo habíamos apostado todo. Ya cuando dabamos por hecho que no habíamos conseguido nada, empezaron a salir todos los números de uno de nuestros cartones, no nos lo estabamos creyendo ¡habíamos ganado el bingo!

Cuando llegamos a casa mi amo decidió ir a dar el dinero que le debía al casino y cuando entró por la puerta de su casa (mientras yo le esperaba), veo una mujer que decía ser su mujer, ella no quería que yo estuviese allí, ya que parecía una rata callejera y decidió echarme de su casa. Cuando yo ya estaba saliendo del pueblo porque ella no quería que yo estuviese allí , escuché una voz que decía mi nombre, era José, quería que me quedase con una barra de pan y 20 maravedíes para que estuviese bien mientra yo seguía con mi viaje. Jamás iba a olvidar a ese señor.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

TRATADO VIII

Cansado de que nadie me acogiera de una manera más o menos digna, decidí irme a Madrid, la gran ciudad en la que podría conseguir algo más de suerte. Allí encontré a un jefe de circo que buscaba un ayudante, yo me ofrecí y me llevó con él. La verdad es que comía bien pero el trabajo era muy agotador ya que trabajaba 14 horas diarias. La gente que trabajaba allí era amable, educada y graciosa, excepto el domador de leones. Nunca en mi vida me había reído tanto como en aquel lugar.

Un día el domador de leones me dijo que le acompañase y fuí, una vez allí me dijo que nunca tenía que haber venido al circo, que no era apto para el circo y que si en 12 días no me marchaba me iban a ocurrir cosas terribles. Tenía bastante miedo a aquel hombre y no dormía por las noches. Ya habían pasado doce días desde entonces y mi miedo cada vez aumentaba a más. Estaba tan asustado que decidí contárselo al jefe pero este me dijo que no le hiciera caso que solo me estaba poniendo a prueba. Por la noche conseguí dormir dos horas pero al despertarme me encontré uno de los patos del circo muerto en mi almohada y con su sangre ponía “márchate”. Fui corriendo donde el jefe para mostrárselo pero solo se reía, yo no entendía como esa situación podía causarle risa ya que a mí me parecía que el domador iba muy en serio. Desayunando apareció el terrible domador y le pregunté por qué me estaba haciendo esto pero no obtuve respuesta. Los viernes eran los días del gran espectáculo y yo caminaba sobre la cuerda floja y hacía de ayudante del mago. Una vez en la cuerda vi como el domador se acercaba a ella con unas tijeras y en ese momento temí por mi vida. Antes de que la cortara decidí salir rápido de la cuerda pero el jefe me dijo que volviera que tenía que terminar el espectáculo, a lo cual respondí :

-Lo siento, señor, pero no puedo continuar, el domador quiere cortar la cuerda.

-Lázaro, cómo va a querer cortar la cuerda, todos los que estamos aquí queremos el bien del espectáculo así que, si quieres seguir aquí, sube y termina tu número.

La verdad yo no tenía claro si quería seguir allí pero me armé de fuerzas y decidí subir de nuevo. Pude terminar mi número pero seguía teniéndole un gran miedo al domador.

Por fin terminada la noche, el circo recaudó un total de 5000 maravedíes, todos estaban contentos y emocionados pues era una de las noches en las que más dinero habían recaudado. Posteriormente el jefe me dijo que acudiera a su caravana y así lo hice, quería hablarme sobre el tema con el domador. Una vez allí me dijo que no hiciera caso al domador que no estaba bien de la cabeza pero que era inofensivo y nunca había causado ningún daño a nadie y que con cada persona que se unía al circo hacía lo mismo pero aquello no me dejó del todo tranquilo ya que yo seguía teniéndole miedo a aquel hombre. A la madrugada del sábado el domador vino a mi cama y me dijo que le siguiera, yo obedecí ya que negarme no era una buena opción. Me llevó a un lugar bastante extraño sin tránsito en el que únicamente había un pozo. Me dio un latigazo para debilitarme y me cogió para tirarme al pozo, pero afortunadamente un transeunte paralizó la escena.

Este me llevó de vuelta al circo y al domador le llevó al cuartel. El jefe y yo acudimos al cuartel en busca del domador pero a este o le dejaron salir porque un psicólogo que le evaluó le diagnosticó un trastorno psicológico que estaba desarrollando especialmente conmigo. En aquel momento el jefe se preocupó por mi estado pues era el único de mis amos que me tenía cariño. Cuando regresamos al circo me dio una bolsa con 100 maravedíes en forma de perdón por no haberme creído. Me quedé en el circo por el resto de mi vida, pues por fin encontré mi sitio y por fin era feliz.

TRATADO VIII

Estaba yo, como otras tantas veces, muriendo de hambre y frío, tratando de decidir si esta noche mi cama sería la esquina de alguna calle o el soportal de algún antiguo edificio, cuando un hombre alto y musculoso, con una sonrisa llena de agujeros y la nariz grande y redonda se acercó a mí preguntándome que hacía yo, que no era más que un niño, solo, de noche, y sin abrigo ante semejante lluvia. Me dieron ganas de reír ante la idea de tener un abrigo, pero me contuve y puse mi mejor cara de cachorro mientras decía que no tenía a donde ir ni nada que ponerme o echarme a la boca, porque claro, no se deben desaprovechar las oportunidades. Entonces él me cogió en brazos, como a uno de esos niños a los que sus padres cargan cuando es de noche y se están quedando dormidos, y yo, ante la sorpresa, solo me dejé llevar.

Me llevó hasta lo que parecía ser su casa, un piso en un edificio cuadrado que tenía en el centro un patio interior. El lugar apenas tenía decoración y unos cuantos muebles viejos, pero aun así era acogedor. El hombre me recostó en el sofá y me pidió que esperara, poco después regresó y volvió a cargarme para llevarme a otra habitación. Me depositó en el suelo de un baño, me había preparado una bañera con agua caliente y me estaba ayudando a deshacerme de mis harapos mientras los miraba con una mezcla de desagrado y tristeza. Cuando ya estaba totalmente desnudo me dijo que me fuese bañando mientras él buscaba ropa que darme. Al meterme en la bañera sentí estar en el paraíso, nunca había probado una, y ya ni siquiera recordaba mi último baño con agua caliente. Estuve un buen rato disfrutando del agua y probando todos los jabones que el calvo tenía, olían genial y nunca los había probado. Finalmente salí del agua y el calvo me ayudó a secarme y a vestirme con alguna ropa vieja, que según él, ya no utilizaba, y que me quedaba demasiado grande. Después de hacerme una abundante cena y de regalarme un cepillo de dientes, cosa que antes de conocerle ni había tenido en mis manos, me llevó a mi habitación y me mostró mi cama, una de verdad, mullida y con mantas suaves, así debía sentirse tumbarse en las nubes, pensé en ese momento. El calvo me arropó y me dio las buenas noches, y tras quitarle importancia a todos mis múltiples agradecimientos apagó la luz, cerró la puerta y se fue. En ese momento pensé que seguramente así de bien debía de sentirse un niño con padre, o casa, o bañera, o cama, o cepillo de dientes. Y me dormí calentito, con el estómago lleno y sin miedo.

El viejo me explicó que llevaba un trabajo de cuidado de perros en el patio interior, y que cuando mi estado mejorase un poco esperaba que pudiese ayudarle. Yo obviamente acepté, pues el calvo había estado cuidándome de maravilla durante varias semanas, y yo debía agradecérselo de algún modo, aunque no tardé en arrepentirme. Los perros eras como bestias, y siempre acababa lleno de heridas, mordiscos y arañazos. Al principio, él los cuidaba conmigo, y entonces se portaban bastante mejor, pero acabó por dejarme a mi solo a cargo de ellos siempre, y entonces los canes aprovechaban para utilizarme de mordedor, era horrible. Pero eso no era lo peor. No tardé en descubrir que el calvo tenía serios problemas con el alcohol, y a veces llegaba a casa tan borracho que no sabía lo que hacía, o eso quería creer yo. Entraba sin control y se enfadaba por nada, y comenzaba a gritarme y pegarme, a veces me daba verdaderas palizas. Estuve aguantando eso durante casi un año, porque allí, tenía comida, cama y calor, y a veces el calvo era bueno, y yo lo volvía a sentir como mi padre. Pero tuve que acabar yéndome, porque si no me mataban los ataques de los perros lo harían las palizas del viejo borracho, que no habían hecho otra cosa más  que intensificarse. Así que me fuí para salvar la vida, y porque yo no tengo un padre, o una casa, o una bañera, o una cama, o un cepillo de dientes.

LUCIALGA

Era una mañana de verano, brillaba el sol, así que decidí ir a pasear.
Iba caminando por el bosque cuando me encontré con Lucialga. Ella, que estaba al corriente de mi pésima situación económica me ofreció un sitio en su hogar. El trato se basaba en que yo trabajaría para ella, satisfaciendo sus necesidades, y, a cambio, ella me daría un techo bajo el que dormir y comida para alimentarme. Yo pensé que era una idea estupenda, y que por fin había algo de suerte en mi vida, así que sin pensarlo dos veces acepté el trato y la seguí hasta su casa.
Al entrar a su casa me extrañó la escasa decoración que tenía, apenas tenía muebles. En un principio llegué a la conclusión de que quizás no tuviera muebles para evitarse tener que limpiar el polvo que se acumula en estos.
Varias horas después de ordenar mis cosas en mi nueva habitación e instalarme, Lucialga me llamó desde el salón. Cuando llegué estaba sentada en una silla, pero la verdad no me extraña, en aquel lugar solo había sillas viejas y muebles desgastados, cosa que me extraño. Me dijo que tenía unas reglas y que pasase lo que pasase yo debería cumplirlas al pie de la letra. La primera norma era que jamás debía entrar en la cocina, ya que acababa de llegar y no se fiaba de que pudiera robar comida. La segunda norma era que no entrara en su habitación ya que era un sitio íntimo.
Cuando acabó de decirme el reglamento, me dijo que si trabaja bien al final del día me entregaría comida y bebida. Seguidamente me puse a ello, ya que quería mi recompensa.

Cuando acabé de limpiar, fui a reclamar mi recompensa pero ella se negó totalmente, añadiendo así que no había trabajado lo suficiente como para haberme ganado la comida y bebida prometida, que me tendría que esforzar más para obtenerla. A la mañana siguiente trabajé muy duro, dejando así las pocas fuerzas que me quedaban, ya que si no comía no podría resistir mucho tiempo más. Llevaba días sin llevarme bocado a la boca.
Cuando había acabado con toda la suciedad de aquella casa apenas me podía mantener en pie, estaba desfallecida, y no podía levantarme sin marearme. En ese momento estaba desesperada y decidí entrar en la cocina para coger algo de comida, pero cuando entré y abrí la nevera casi me desmayo, pero del susto… ¡No había nada!.
Lo primero que pasó por mi mente fue que Lucialga no confiaba en mí y había decidido esconder la comida en su habitación así que decidí ir.
Cuando abrí aquella puerta entré y para mi sorpresa al encender la luz me di cuenta de que allí no había nada, ni siquiera una cama. Fue entonces cuando entendí que Lucialga me había estado engañando todo este tiempo, que no tenía dinero ni siquiera para sí misma.
No tenía fuerzas para hacer nada nada, así que decidí salir a mendigar algo de comida. Un anciano muy amable me ofreció parte de su comida y bebida. Se lo agradecí y me fui a casa. Cuando llegué recogí todas mis cosas lo más rápido que pude y me marché tan lejos como me fue posible.
Ahí fue cuando entendí que no todo es lo que parece y que no tenemos que confiar en la primera persona que diga ser tu amigo.

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