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El Lazarillo de Tormes: tratado VIII

Tras haber dejado claro a la gente con la que hablaba que mi mujer no me era infiel, estas personas no volvieron a meterse en mis problemas o eso creía. Aunque yo no me creyera del todo lo que el arcipreste me contaba, por mucho que me lo jurase él, no me quedó otra que olvidar todo lo que había sucedido entre nosotros.

A los tres meses todos habían olvidado este problema, cuando llegó a la ciudad un adivino que decía que podía observar tanto lo ocurrido en el pasado como lo que iba a ocurrir en un futuro próximo. Yo no creía esas cosas, me parecía una pérdida de tiempo. Cuando llegué a casa, mi mujer me contó:

-Debe de ser un milagro, pero unas amigas me presentaron al adivino, y pensando que no era cierto lo que se decía de él, le hice tres preguntas.

-Yo no creo en esas cosas.

-Debes probarlo, conmigo funcionó, ¿igual contigo también?

En todos sitios oí hablar del adivino y todos decían que siempre acertaba, pero yo no hice mucho caso. Pasaron cinco dos semanas y el adivino no se había marchado, cuando vi al arcipreste me dijo:

-¿Has ido a ver al adivino?

-No.

-Debes ir. A mí me ha adivinado todo lo que le pregunté.

El arcipreste me dio unas monedas y me ordenó que fuera a verle. Yo acudí a verlo y cuando me presenté me dijo que había tenido una infancia difícil. Me quedé atónito, entonces le hice dos preguntas sobre mi etapa de pequeño y él lo adivinó. Me quedé sorprendido, pero no me quedaba dinero para hacerle más preguntas, así que tuve que ir rápido hasta casa, cogí el dinero suficiente para hacerle unas preguntas y al salir de casa me estaba esperando en la puerta. Me quedé con la boca abierta y me dijo que tenía prisa, así que le pregunté la pregunta que me había fastidiado desde que llegué a Toledo; le pregunté si mi mujer me había sido infiel con el arcipreste. Estuvo un buen rato pensando, me parecía que había transcurrido una vida entera, pero él no se movía. Después de esperar un tiempo, abrió de golpe los ojos y me dijo:

-He visto muchas cosas de ti, y he visto que durante toda tu vida lo has pasado muy mal, pero debo darte otra noticia, por mucho que el arcipreste  te haya jurado y tu mujer también, no debes confiar en ellos.

No me despedí, me fui a mi casa, enfurecido, con rabia, pero a la vez, estaba sorprendido de cómo el arcipreste me había engañado de aquella forma y además no me podía creer que el adivino hubiese podido predecir todo lo que le pregunté. Aquella noche mi mujer no volvió a casa, así, que en plena noche hice la maleta y me fui, sin avisar a nadie. Todo lo que había conseguido poco a poco a base de esfuerzo trabajo y, también, muchos engaños, había desaparecido, solo me llevé mi ropa, algo de comida y el dinero que me quedaba.

Por la mañana me encontré con el adivino, y le pregunté que qué iba a ser de mí. Él me dio un sobre, y me respondió que no lo abriese hasta llegar a otro pueblo y asentarme. Me marché lejos, muy lejos, no quería estar cerca de los que me habían hecho daño. Tras varias semanas llegué a un pueblo cerca de la costa del cantábrico donde la gente era amable y buena. Había muchas vacas, y montes llenos de árboles. Me compré una pequeña casa e hice amigos. No dependía de nadie, y nadie dependía de mí. Estaba contento de todo aquello que me rodeaba. Un día me acordé del sobre que me dio el adivino, lo busqué, estaba arrugado completamente, lo abrí y me di cuenta de que la letra me sonaba; era del arcipreste, me acordé de esa letra por los libros que escribía y con los que me enseñaba a leer. Me asusté al ver aquella letra. Me costó traducirla, pero lo conseguí, y decía:

Yo no he sido un buen amo para ti,

pero aquí no te necesitamos,

es mejor que sea así,

cada uno por su cuenta.                                                                                                            

                                                                         El arcipreste de Toledo  

Cuando me enteré, no pude hacer nada, pero si le hubiese tenido delante estaría condenado a la horca. En este pueblo estoy contento y no me falta de nada. Me contrataron como leñador, y es el mejor oficio que haya tenido. Cuando abrí el sobre me di cuenta de que la vida es dura y no te puedes fiar de la mayoría de gente, porque cualquier persona, lo que intenta es salir ganando sin pensar en los demás. Por lo tanto me dispongo a enviar esta carta al arcipreste de Toledo, para que sepa lo que he vivido. Aunque me queden muchas cosas por vivir. Esto es un adiós.

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