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El beso de La Regenta

Aquel beso fue lo más asqueroso que le había pasado en la vida y ya fue mala suerte que quien le besara fuese aquel sucio hombre que no se lavaba y tenía la boca viscosa cual sapo de pantano. Fue una mala experiencia y muy repugnante, ¿cómo se había atrevido aquel desgraciado a darle el beso? Al despertar lo único que se le pasó por la cabeza fue marcharse.

Fue algo que nadie querría que le pasara y por eso ella no se lo deseaba a nadie. La Regenta se marchó del lugar para no volver jamás.

Final de la Regenta

Ana estaba asqueada debido al beso que le dio Celedonio. Qué iba a ser de su pobre honra. Iba a ser el punto de mira de todo el pueblo  y por eso iba a ser insultada, burlada y por ello no poder hacer nada. Qué mal  lo iba a pasar, se había dando cuenta de que todo lo malo ocurrido iba a pagar. No tenía ni fuerzas como para levantarse de aquel lugar frío y tenebroso.

Ana no tenía ningún apoyo y no tenía a personas en las que confiar y se fue para no volver.

 

 

 

LA REGENTA

Era asqueroso aquel beso de Celedonio, cuando todo hubo acabado.
Aquellas naúseas que la había provocado y a la vez la había salvado la vida.
¡Pero qué vida aquella! Si ella no necesitaba seguir viviendo, si era una traidora que ya no tenía perdón que valiese. Vista y juzgada en la sociedad, sin una honra que mantener porque ya la había perdido toda. No se merecía seguir viviendo, por aquella locura, aquel adulterio cometido. Con el cual lo había terminado de perder todo, a su marido y sobre todo el respeto.
¿Para qué iba a seguir con esa vida? Si ella era una pecadora que no tenía perdón, había traicionado y tirado todo lo que poseía hasta el momento, y no se había dado cuenta hasta entonces. Así terminó la triste vida de la Regenta.

La Regenta

Después de aquel beso, sintió unas ganas de volverse a desmayar, por el cual marchó despavorida de aquel recinto poco apropiado.

A la mañana siguiente, despertó con un gran mal sabor de boca, ese beso la dejó traumatizada durante días. ¡Incluso semanas! Por ese motivo decidió buscarse a otro hombre, que le diese placer y amor. Al cabo de unos meses, el sabor de ese beso no se desvanecía y entonces se la ocurrió tomar una especie de jabón que la había recomendado en el pueblo, por el hecho de quitarse de una vez ese asqueroso beso. Se enjuagó durante varios días la boca y con eso debería haber quitado el sabor. Espero varios días y al final, ese beso se quitó y con ello una experiencia que nunca se olvidaría.

 

La sensación dentro de sí misma

Qué sensación más repugnante, era asqueroso hasta llegar a arrancar su mayor sentimiento de desprecio hacia aquel hombre. Sus labios húmedos sobre los de ella, su alma y su cuerpo echando todo su peso encima de su ser, aquel hombre prosiguió con su acto hasta que sintió los llantos de pánico de Ana. Las lágrimas caían por su fino rostro desgarrado por la miseria y desgracia que llevaba consigo por haber cometido adulterio, por haber gozado de los placeres de la vida mientras se encontraba bajo el manto del matrimonio. ¡Qué desdicha la suya! Decidió asumir su desgracia. ¡Cómo una mujer como ella podía seguir viviendo y creer que la aceptarían! ¡Cómo podía pensar que existiría consuelo alguno en el que refugiarse!

El lamento de la Regenta

La Regenta sintió tal asquerosidad tras el beso de Celedonio que lo primero que hace al despertar, es pegarle tal bofetazo que Celedonio no reaccionó, de esta manera, quedándose pasmado sin saber cómo reaccionar ante aquel hecho. A pesar del asco que le dio, fue como si Dios la hubiera mandado una señal en la que Celedonio podría ser su futuro amor. Era culpable de aquello y debía ser castigada por ello y el suicidio era la mejor opción ante aquella atrocidad.

 

 

Las frustraciones de La Regenta

Qué sensación más asquerosa recorrió por todo su cuerpo. Jamás sintió una tan mala sensación, aquella era pasar todos sus límites, era demasiado repugnante. Tras aquel atroz hecho no se  pensó que esto por casualidad había ocurrido, sino que debía ser una señal del destino o una manera en le que Dios la indicaba que volviera a ser la fiel beata que era antaño. Frustrada, agobiada e indecisa no imaginó que el afeminado Celedonio pudiera ser el “príncipe azul” que le  recuperara sus ganas de vivir, pues este sería como un soplo de aire fresco en su vida, un bocanada de ilusión, un clavo al que agarrarse para permanecer respirando. Arrepentida de todo su pasado, quiso dejar de ser aquella mujer sin honra, joven pero con sentimiento viejo y adúltera, y poder ser como un canon ideal de mujer. Feliz con la nueva vida que le había otorgado Dios forma una familia junto a Celedonio.

 

La Regenta y el amor de Celedonio

Abrió los ojos y la estaba besando cuando le  apartó de su lado. La incorporó y se apartó, la pidió perdón y se fue. Se quedó sola y  en lo mala persona que había sido. Salió de la Iglesia y miró a ambos lado de la calle y no le vio. Corrió calle abajo en su busca preguntando a todas las personas del pueblo pero nadie sabía a dónde había ido. Seguía buscando y no le encontraba, hasta que al acercarse al río ya desesperada, y  le vio, sentado al borde del río. Se acercó a él, sin hablar, ningún ruido solo el del agua que bajaba por el río. Lo mal que  se sentía por haber sido tan borde con él. También se disculpó ya que fue muy inapropiado haberla dado un beso . Después de las disculpas decidieron irse cada uno por su lado y hacer como si nada hubiese pasado, aunque decidió renunciar al amor que sentía  ya  que no iba a suceder. Ya no había esperanza en su corazón, destrozado, un corazón apagado sin vida. Le dio una oportunidad ya que había sido infiel, el amor volvió y se fueron de aventura a vivir su amor.

 

EL ASQUEROSO ADIÓS

Qué asco le dio, de su sueño no eterno la despertó, mientras un gran grito de su garganta escapó, a ella de la muerte  salvó, pero la muerte no era más que su mayor deseo, nada a ella la quedaba y  así, mientras de vomitar ganas tenía, se iba, para no volver, más ya no podía, y para ella lugar ya no había. Futuro en sí misma ya no veía, estaba muy oscuro, como su pasado, oscura fue la traición que realizó y dura la decisión que tomó. Al horrendo beso mucha importancia no le tomó, pues nada le podía doler más que su roto y dolido corazón, que presionaba contra su pecho, como si quisiera salir de su infame y ya sin alma cuerpo, sucumbido por la vergüenza y el deshonor . Ya había tomado una decisión, iba a decir adiós, esta vez para siempre, al brillo del sol, a la  espléndida luna y las estrellas que iluminan las noches, al azul y bello cielo, con esas nubes que reflejan los más introvertidos de nuestros pensamientos,al suelo rígido e implacable, al ligero y libre aire , al uso de su ya olvidada razón y con un ya no puedo, y el sorbo de un perjudicial suero, al lento latido de su corazón.

Castigo divino

Despertó con una sensación horrible en los labios, como si algo viscoso y mugriento se hubiese posado sobre ellos. Era tan asqueroso que las náuseas no tardaron en llegar, comenzaron en el estómago y la recorrieron entera, haciéndola estremecer. En cuanto la bilis le rozó la garganta sintió la primera arcada. Apretó los labios con fuerza y se dobló sobre sí misma, tratando de reprimirla. Los ojos vidriosos y una gota de sudor resbalando por su sien, tirada en el suelo frío de una desértica catedral, la imagen debía ser simplemente patética. Luchó un poco más contra su propio cuerpo, la garganta cerrándose en dolorosas contracciones y las manos temblando, apretadas contra su boca. Respiró profundo y se giró para quedar mirando al techo, debatiéndose entre la fortaleza y la debilidad. El honor y el deshonor. ¿Debía levantarse?¿Podría hacerlo?¿Merecía hacerlo? Tal vez la respuesta era simplemente no. Tal vez no era lo suficientemente fuerte, tampoco lo suficientemente digna. Una nueva arcada la atacó, y quizás solo era Dios enseñándola cómo se sentían los demás con respecto a ella. A lo mejor sus labios merecían ser profanados, pues todo pecado conlleva un castigo. Cerró los ojos con fuerza mientras las lágrimas recorrían sus mejillas y simplemente se rindió. Acabó dormida sobre el duro suelo, deseando no despertar.

 

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