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Los remordimientos de La Regenta

¡Santo cielo! Qué sensación más repugnante, sintió que un animal asqueroso y baboso la dio un sutil beso mas sintió que era una horrible tortura. Qué habría hecho ella para merecerse semejante atrocidad. No se lo merecía, aquel engendro del mal la había traumatizado para siempre. Como había sido capaz aquel miserable de horrorizarla estando inconsciente. Más justo era, por el adulterio que había cometido y el peso social que ahora debía sentir su marido. No sabía si sería capaz de olvidar aquella escena traumatizante, pero se lo mereciese o no debía soportar aquel peso para siempre ante la sociedad.

La Regenta

Había creído sentir sobre la boca el vientre viscoso y frío de un sapo. La Regenta cuando se percató de quién la había besado se desmayó del susto, ella estaba tirada en el suelo, pero que se había creído este sinvergüenza, que la podía besar, no tiene pocos problemas como para que venga este sucio y asqueroso y la bese, que si lo hubiera hecho por ejemplo Don Álvaro, un chico apuesto, inteligente, educado, vamos, un chico ideal sí que se hubiera dejado, pero que la bese Celedonio, eso no se lo consiento de ninguna manera, además lo que más la ha sorprendido es que la haya besado a pesar de todo lo ocurrido, ojalá todo aquello solo hubiera sido un sueño, un producto de su imaginación, pero lo dudo ya que si hubiera sido todo aquello un sueño, no hubiera estado Celedonio y, si hubiera estado, en todo caso hubiera sido una pesadilla de la que se hubiera despertado del susto. La Regenta se despertó y se encontró en una cama y al lado se encontraba Celedonio.

 

La Regenta

¡Pero qué se creía este! Menudo aprovechado, ahora que estaba rozando la muerte va y me devuelve a la vida ¡Y de qué manera! Creía que sentía un sapo pegado a su boca, que la daba tanto asco que iba a vomitarlo encima, supo reponerse y salir de allí corriendo. ¡Ella se quería morir! ¡Quería librarse de esta vida llena de adversidades que tenía desde que nació! El pueblo la odiaba, a lo mejor hasta se lo merecía, siempre quiso librarse de algo que en el fondo sabía que la iba a perseguir toda la vida, por eso es que quería morir para librarse de todo para siempre, al poco de salir corriendo fue alcanzada por el “sapo”, este quería que la Regenta le diera una oportunidad, esta no quería decirle que sí, lo que buscaba era marcharse de allí cuanto antes.

LA REGENTA 2.0

Estaba en ese asqueroso edificio que olía a moho y estaba lleno de polvo al cual solo fue para confesarse

y lo que tenía que aguantar en la cola… ¡El edificio estaba lleno de beatas! Parecía que nunca iría a acabar

aquello y que las beatas habían contado sus pecados y todos los de sus familiares hasta que al fin se fue la

última y la más bajita y gorda parecía un botijo. En cuanto llegó al confesionario la entró la sensación

de que iba a pasar algo raro o algún presentimiento malo la entró a través de un escalofrío por todo su

cuerpo que la recorrió durante varios segundos de arriba hacia abajo. La verdad es que lo que la pasó no

se la imaginaría ni de broma. El caso es que se la abalanzó, la cosa más grande que había visto en su vida,

ese hombre parecía un gorila, además de pegar los mejores sustos en el momento oportuno. Aunque se dio

media vuelta y ahí es cuando lo empezó a notar que no estaba en buen estado aunque no le quiso ayudar a entrar

en la capilla porque la podía comer perfectamente a ella y a todas las beatas que habían estado allí y todavía se

quedaría con hambre.

La cosa es que entró Celedonio, el hombre más defectuoso, feo, desgarbado, gordo y enano que podríais ver,

lo peor no es eso, sino que la besó al estar desmayada y prefería que la hubiese besado un perro pulgoso, pero

la tocó y en cuanto recuperó el conocimiento llamó al 112  y le denunció por abuso.

 

 

La Regenta

[…] Ana volvió a la vida rasgando las nieblas de un delirio que le causaba náuseas. Había creído sentir sobre la boca el vientre viscoso y frío de un sapo.

Pero que se ha creído este personaje, que puede hacer lo que le dé la gana, pase que todo el pueblo haya pasado de ella como si fuese un perro, y que su marido haya muerto, pero no por ello iba a estar tan desesperada como para dejarse besar por alguien que parece un “sapo”. Además de todo esto, lo hizo a traición, estaba claro que si se lo propone le arrea un guantazo que se le quita la tontería de por vida. Y espera que no  haya cogido alguna enfermedad, y se ponga peor de lo que ya  está, porque lo mismo no se ha lavado los dientes en su vida, quizás no sepa ni lo que es lavarse los dientes con un cepillo, y el resto del cuerpo más de lo mismo. Y qué piensa hacer ella, está claro que no podría seguir así, con esta ya ha tocado fondo, pero tiene que levantar la cabeza y recuperarse de una vez, o si no le pasaría factura.

Frustración

Una vez cobró el sentido, notó cómo la besaba un frío y asqueroso sapo.

No, no era un sapo, era un hombre muy feo y repulsivo, era Celedonio.

¡Por todos los santos! A punto de desmayarme de nuevo, ¡cómo se atreve Don Celedonio!

Una vez de pie, le propinó una sonora bofetada que le dejó una gran marca roja en la cara. Celedonio, no reaccionó al instante, ¡qué vergüenza! Había abusado de su confianza, y se sentía muy mal consigo mismo.  La miró en silencio implorándola perdón ¡qué desfachatez! Cómo osaba dirigirla la palabra después de lo que la había hecho, ¡qué agraviada!, alrededor no se veía a nadie, podía salir y olvidarlo todo. En el fondo solo había sido un mal día. Sin mirar atrás salió despacio. Pasearía un momento por el parque se sentía algo mejor pero mareada. Ya era hora de regresar a casa, pues ya estaba oscureciendo y no eran horas  para merodear por las calles de Vetusta. Al fin en casa cenando, todo era ya más lejano, todo había sido muy raro pero ya acabó. No recuerda bien lo que pasó, tal vez fue un sueño.

 

 

Consternada y humillada

Ana volvió a la vida rasgando las nieblas de un delirio que le causaba náuseas.

Era humillada por todo el pueblo, no iba a permitir que alguien tan desagradable y repugnante como era Celedonio se aprovechara de esa manera. No obstante, no era el lugar ideal para reprocharle lo sucedido aunque nunca iba haber un lugar idealizado para aquel acontecimiento.

¡Y qué nauseas sentía! Pero él no era consciente de nada e intentaba hacerse el inocente, lo cual no le estaba funcionando ni de lejos ¿Para qué protestarle? Sería inútil. Él seguía arrodillado como si tuviera alguna oportunidad, no pensaba si quiera en lo poco prudente que ha sido su arrebato y el daño moral que ha podido causar. ¿Para qué seguir en aquel sitio? ¿Y a dónde iba a ir sino? No había sitio para ella en aquel pueblo. ¿Podría recuperar la estima? Estaba claro que no. Y qué iba hacer más que lamentarse por su desgraciada vida la pobre Ana. Ya estaba todo perdido para ella, nunca iba poder permitirse quitarse aquella mala fama que había heredado de su familia y que se había sumado a lo sucedido recientemente ¡Pobre de mí!-se repetía varias veces.

 

La Regenta

Ana volvió a la vida rasgando las nieblas de un delirio que le causaba náuseas. Había creído sentir sobre la boca el vientre viscoso y frío de un sapo.
Aquel momento en el que se dio cuenta de que lo que le había sucedido era real no supo ni qué decir, ni qué hacer ¡qué asco le dio haber tocado los labios de ese hombre! Sentía que a causa del terrible suceso que había vivido iba a vomitar en cualquier momento, y el mal cuerpo y la sensación de que todo le daba vueltas que tenía después de desmayarse tampoco la ayudó mucho.
La sensación causada al abrir los ojos y tener ante ella a ese ser, fue más que suficiente para que prefiriese no haber vuelto a la vida si esa era la manera, pues el asco y la rabia que sintió hicieron que se formara en su interior un gran deseo de pegar a Celedonio.
De mientras que la Regenta continuaba tumbada en el suelo, comenzó a pensar en lo que debía hacer y por una parte quería levantarse y revelarse contra ese miserable hombre, pero por otra prefería permanecer tumbada en el suelo, para así no regresar al pueblo en el que ella sabía que no iba a poder cambiar su mala fama.

 

La Regenta

(…) Ana volvió a la vida rasgando las nieblas de un delirio que le causaba náuseas. Había creído sentir sobre la boca el vientre viscoso y frio de un sapo…

Pero de qué va este besándola así como si nada. Ella estaba rehaciendo su vida y dispuesta a todo pero con él no. Pero de qué va este si le olía el aliento a tabaco que tiraba para atrás y encima los labios como vientre de sapo, este beso a Ana parece que no la ha hecho mucha gracia. Qué se pensaba este señor que se iba a convertir en su príncipe para toda la vida, qué cuentos. Ella reaccionó chillándole, pero qué se ha pensado dejándole las babas tan asquerosas en sus labios. Celedonio se fue disgustado porque sus armas de seducción sobre la Regenta no habían salido demasiado bien. Pero qué se ha pensado, qué es el más guapo, ¿qué puede besar a La Regenta como si nada? Pues no. La Regenta lo que quería era un príncipe de cuento pero parece ser que Celedonio no es, estaba enamorada de otro.

De la Regenta y cómo acabó todo

Ana volvió a la vida rasgando las nieblas de un delirio que le causaba náuseas. Había creído sentir sobre la boca el vientre viscoso y frío de un sapo.

Se levantó con esa amarga sensación. ¡Qué asco! Todo lo que había sufrido, sentido y visto y darse tan de bruces con la realidad con tan vomitivo gesto. Y era así. Todo lo que quedaba era seguir, y esa no parecía la mejor salida. El mundo la repudiaba, o al menos su mundo. Pero, ¿qué importaba ya todo? Ahora que se encontraba más sola que nunca, abandonada por los que ni siquiera llegaron a ser los suyos, cargando con el lastre que le suponía su nombre y el añadido por los últimos sucesos. ¡Qué libre se sentía ahora! Ahora que ya no se encontraba sometida a nada, había perdido y había ganado un mundo, un mundo de soledad. Podía desembarazarse de su carga para sí, si bien no para el resto del mundo, pero eso ya era superfluo, puesto que ya no quedaba ningún objetivo, ninguna razón, ni tampoco sentido. ¡Qué libre y qué triste! Caminó hacia las murallas de la ciudad, sometida a las furtivas miradas de aquellas personas, en las cuales veía ahora la realidad. Todas con pecados, falsedades y mentiras, que, como carroñeros, aprovechaban una presa y se desgañitaban con ella, todos a una y cubriéndose las espaldas. ¡Cuánta falsedad y qué pobres figuras! Ahora ella era libre. Subió por la escalinata de la torre hasta la cima y se asomó a la almena. Qué sencillo se presentaba ahora todo. Giró sobre sí misma y posó los ojos en la ciudad. ¿Qué les podría importar a todos esos hipócritas lo que ella hiciera? Esas pobres criaturas, todas pequeños Celedonios, con sus perversiones, continuaban sus malditas vidas. ¿Qué iba a hacer? Sola y repudiada, sólo podía alcanzar la paz donde no existe arriba ni abajo, donde la realidad deja de ser realidad para ser polvo en el viento. El camino era claro. Ya lo vislumbraba y lo sentía cuando se dejó caer hacia el abismo desde la almena, abrazada por sus recuerdos y sus vivencias. ¡Eso es libertad! Y sus penas se desvanecieron, allí donde no hay lugar para la realidad, ni para nada. Ahí encontraría la paz, puesto que nada existe y nada importa.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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