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Cómo Lazaro se asentó con un estafador

Entonces, resentido por mi anterior amo, deambulé durante días por las sucias calles de Toledo, hasta que un hombre me encontró y me dijo que sería mi amo. Ese hombre resulto ser un gran estafador, en todo tipo de cosas, desde póquer hasta no pagar impuestos, durante los primeros días estuve un poco asustado, tenía miedo de él, pero con el tiempo fui ganando confianza y descubrí que era un hombre con un gran carisma. Su nombre era Juan, tenía 36 años y vivía de estafador desde los 16 años, aprendí muchos trucos con él, y le ayudé con cosas como la limpieza de su gran casa, no me faltaba de nada, nunca había estado tan bien.

Los días pasaban rápidamente, él se iba sin decirme adónde y yo me quedaba en casa, había días que realmente me aburría así que solía salir a la calle de vez en cuando, por desgracia en aquella zona no había niños de mi edad con los que jugar, pero, bueno, no me podía quejar, podía vivir sin hacer nada malo, que ya lo hacía mi amo por mí. Aunque vivía una vida tranquila, a veces me preocupaba que mi amo me trajese problemas, él era un hombre no muy hablador, pero cuando lo hacía, me contaba cosas que realmente me interesaban.

Un día salí a la calle como un día normal, pero al volver por la noche, me encontré con que la policía estaba en la casa y se llevaban a Juan, yo decidí no acercarme pues sabía lo que estaba pasando, simplemente salí corriendo y dije adiós a mi corta y tranquila estancia con él.

 

Tratado VIII.

Andaba yo por la calle cuando me encontré con un mendigo. Llevaba unos pantalones verdes oscuros con parches rojos que supongo que fueran para tapar agujeros. Se me acercó y me dijo:

-¿Qué hace un joven como tú por aquí sin un amo al que ayudar?

-Verás, acabo de escapar de mi antiguo amo ya ahora estoy en busca de otro.

-¡Oh! El otro día al pasar al lado de una zapatería oí que necesitaban a alguien joven para que les ayudase con la tienda, creo que podrías ser de gran utilidad.

-Muchas gracias, señor.

-De nada, no tengo otra cosa que hacer. Ven, sígueme.

Me acompañó hasta la zapatería, y cuando entramos explicó a los dueños mi situación y me ‘contrataron’, por decirlo de alguna manera. La mujer era muy simpática, pero el hombre solo lo era con sus clientes. Era muy malo, no logro comprender porque la mujer se casó con un hombre así, me tenía hasta la madrugada arreglando y preparando zapatos y sólo podía dormir 4h. Apenas me alimentaba, aunque yo mendigaba por la calle para no morir de hambre.

Un día, entró un cliente que era amigo del zapatero, y estuvo contándole sus penas, hasta que tocó un tema interesante:

Por lo que yo estuve escuchando, era el dueño de un pequeño hotel, y necesitaba urgentemente la ayuda de un buen pícaro que le ayudara a él y a su familia.

Lo bueno es que mi amo le dijo que yo ya había acabado con mi trabajo en la zapatería y que podía servirle de gran ayuda. Yo, contento, ya que por lo que hablaba era encantador, caminé con mi nuevo amo hasta el hotel, donde, para ser pequeño, había mucha gente.

Su mujer era maravillosa, cocinaba genial, y cuando sobraba comida, me la daba, así que nunca pasé hambre en esa casa.

Y así, Vuestra Merced, viví cambiando sábanas, toallas, etc. hasta que mi amo desgraciadamente murió.

Las mandarias.

Estaba yo sólo sentado en un muro alto de piedra seguido de un largo camino. Yo tan tranquilo comiendo mandarinas de par en par estaba, me las comía como si fueran cacahuetes y no me llenaban. De pronto un mendigo tumbado en el suelo en frente de mí, se acercó. Poco a poco  se acercaba, hasta que se sentó a mi lado. Él me pidió una mandarina y  amablemente se la di, pero como era manco se la tuve que pelar y dársela a la boca. Yo tenía un saco entero de ellas. Una vez que se había acabado la mandarina, él hizo que se iba, y en el momento que cambié la dirección de mis ojos, el muy pícaro me había robado el saco. Intenté buscarle por todo el pueblo, pero no hubo manera de encontrarle. Le busqué en el mercado, les pregunté a las personas más cercanas que tuve y no había rastro de él. Incluso me subí encima de un tejado de una casona, de las más grandes del pueblo, pero nada. Lo único que encontré fue su gorro negro, con un olor a mendigo espeluznante. A la hora de irme a dormir, solo pensaba en una cosa, el lugar donde se encontraría el vagabundo con mi enorme saco lleno de mandarinas. No pegué ojo en toda la noche.

Al día siguiente me levanté sin acordarme de lo que había sucedido y me fui a lavar la cara porque tenía muchas legañas y también tenía ojeras. Después me fui a desayunar, pero no tenía nada, en ese momento me acordé de que me habían robado las mandarinas el día anterior y que las estuve buscando.

Estaba yo muy triste debido a la pérdida de mis mandarinas, pero por un momento se me cambió la cara, porque vi al mendigo de nuevo en el mismo sitio del día anterior comiendo mis mandarinas. Antes de volverme a reencontrarme con él, ideé un plan para vengarme. Una vez ideado este, fui donde el ladrón y le aconsejé saltar el muro, porque le dije que al otro lado del muro había más frutas. El muy avaricioso quiso que le ayudara a saltar, y eso hice. Finalmente se estrelló contra un zarzal del que no pudo salir porque no tenía manos y yo tan alegre cogí mi saco y pude desayunar tranquilamente sin que nadie me molestara.

En resumen, un pícaro cayó en la trampa de otro pícaro sin pararse a pensar.

Tratado VIII

Yo, Lázaro de Tormes, estando mal en la calle, apareció un nuevo amo, diciéndome que le ayudase a vender aspiradoras. Me dijo también que me pagaría 30 euros, el equivalente a 8000 maravedíes, al mes. Era un tal Gonzalo de la Parra. Cuando creía que era un buen señor, me di un día cuenta que era muy muy malo, lo recuerdo como si fuese ayer…

Recuerdo que, en mis tiempos mozos, fui a vender unas aspiradora a mi nuevo vecino. Él era muy grande y fuertote (al que le tenía respeto) e iba con miedo ya que nadie se le había acercado nunca a vender nada. Un día vi por la mirilla que unas niñas de ocho años se acercaron a vender unas papeletas y así recaudar dinero para la Iglesia. Las echó a voces y gritos y amenazándolas. Al recordar esto, me entró un escalofrío por todo el cuerpo pero me armé de valor y me presenté. Aquel señor me miró con cara de desprecio pero al entrar y presentarle la aspiradora Revolution X20, le entró tal alegría ya que necesitaba una aspiradora capaz de limpiar las pulgas del perro.

Al volver a casa, mi amo que era muy muy malo, me preguntó a quien le había vendido la aspiradora y le dije que a su vecino de al lado. Me pegó santa paliza que me quedé sin respiración durante varios minutos. Al parecer, su vecino era vendedor como él y le había vendido una aspiradora al “enemigo”. Por esta razón y por no alimentarme como es debido, decidí dejar a este amo del que no supe más de él.

TRATADO OCTAVO. Como Lázaro se asentó con un político y de lo que le acaeció con él

No crea que fue fácil, su señoría, el político tiene la gran virtud de engatusar a la gente y pregonar sus acciones futuras, vestirse con el hábito de la decencia fingida y armarse con el maletín lleno de billetes de 500 euros. Siempre pensé que los grandes charlatanes se encontraban en el teatro y la venta ambulante, pero qué mejor farsante quien nunca se viste de payaso y finge no serlo.

Le voy a contar mis andanzas con el político: Como sabe su señoría, soy nada más y nada menos que un pobre currante que después de trabajar  de lunes a viernes, solo aspira a tomarse una cerveza en el bar, pasear con el perro y montar en bicicleta el domingo. Mi trabajo apenas me da para comer y aún así no puedo quejarme. Pues,  hete aquí que recibo la llamada de la empresa que me comunica que debo empezar en la casa del señor Diputado, famoso por sus largos mítines moralizantes, sermones y soluciones para los de abajo. Llego a su casa, enorme y suntuosa, grifería de primeras marcas y habitaciones espaciosas. El trabajo encomendado era cambiar un plato de ducha, trabajo sencillo pero latoso, teniendo al político que no es nada amable, muy distinto de ese personaje público simpático y agradable. Termino mi trabajo y voy a la salita, el hombre recostado me mira de forma fría y me pregunta:

– ¿Qué quiere usted?

– Señor, sólo le pediría un vaso de agua y que más tarde me abonara la factura de la reforma.

El señor diputado no era precisamente una persona generosa, pero descubrí que además era rácano y corrupto. Me viene con un billete de 500 euros y me dice que le dé las vueltas, que no necesita factura de ninguna clase. Fíjese su señoría, un político que tiene que dar ejemplo y pagar legalmente, sin embargo se quiere escapar como una anguila. Finalmente me pagó en dinero y así quedó. Me pregunto: ¿De dónde sacó ese billete?¿Por qué no quiere pagar impuestos? La respuesta es muy sencilla, como dice un refrán, haz lo que te diga pero no lo que yo hago.

Enchufo la tele y le veo aparecer en un debate, nos dice a los mortales que se compromete a perseguir el fraude y la economía sumergida, pero él y yo sabemos que miente, a lo mucho que se va a comprometer es a tratar de aumentar su capital. Con un poco de suerte el plato de ducha se atascará pues los tubos tienen la caída contraria, volverá a llamarme y le diré que la garantía solo cubre con la presentación de la factura. Es lo que hay, cada uno trampea en su oficio, unos con los tubos y otros con la política. Soy tan profesional como usted, soy tan decente como su señoría, no espere de mi lo que no puede dar a los demás.

Tratado 1.5: Cómo Lázaro se asentó con un médico, y de lo que le aconteció con él.

Ya olvidada la pésima experiencia con el ciego, me encaminé al pueblo de Almanza, siendo mal recibido por sus gentes y con un hambre que me mataba.

Comenzó a diluviar torrencialmente y refúgieme bajo un cobertizo destartalado. Pasó por allí un individuo que se conmovió al verme.

-¿Qué haces mojado y aterido de frío?

-Yo no tengo donde ir, ni ropas ni alimentos.

-Ven conmigo a casa y compartiremos mi cena.

Le seguí a través de calles embarradas y encharcadas. Me dio ropas secas, un mendrugo de pan, queso y vino. Lo que él comió, yo comí; lo que él bebió, yo bebí.

A la mañana siguiente, desperté y el desayuno ya estaba preparado: pan duro con un poco de leche. Me pidió que si le podía acompañar en sus visitas a sus pacientes, entonces, me percaté de que era doctor. Nos atendían en todas las casas con mucha honra, y vi lo muy querido que era.

Llegamos a casa con cinco maravedís, pues cobraba poco por sus servicios.

Tenía la tripa llena, un lugar donde comer y dormir no podía pedirle más a la vida. Después de tan malas experiencias apareció en mi vida un ángel llamado Félix.

Su familia había fallecido de fiebres no hacía mucho tiempo y no tenía más compañía que la mía. El destino nos unió y recuerdo aquella época con mucha nostalgia.

Los vecinos me aceptaron gracias a Félix y entablé buenas amistades. El inverno era crudo, pero la leña no escaseaba.

Un día de fiesta, cuando regresábamos de una urgencia, varios ladrones nos asaltaron en el camino, nos robaron todo lo que teníamos y me dejaron otra vez solo en el mundo. Mataron a Félix. ¡Qué poco había durado mi suerte!, no he conocido ni conoceré persona más buena.

Cuando curé mis heridas decidí marcharme, nada me ataba ya allí, la pena y la soledad me ahogaban. Esta fue la mejor experiencia de mi vida, había compartido con un desconocido lo que él tenía, pero su muerte me había causado tal dolor que ya nada sería igual.

Escapé del silencio, y de la paz que había tenido. Así como he contado me dejó mi pobre amigo Félix. Busqué nuevas aventuras y emprendí de nuevo mi camino. Atrás quedaron las penas.

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