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El Unamuno de Rubén Díez

-¡Se acabó! – exclamó el joven.

-¿Cómo dices? – Preguntó Rubén.

– Lo que ha oído, don Rubén. Ya no trabajo más en esa obra. No quiero ser el pobre sin amor, sin familia, que no va tener un final feliz ;  que va vestido harapos y que pasa frío y hambre…

¡He dicho no!

Me quedé mirando por la ventana con cara de sorpresa. mi obra se había parado. El protagonista no quería seguir.

-Tú no entiendes nada. Tú no puedes decidir, estás bajo las órdenes de mi bolígrafo. Solo eres un personaje de ficción que yo me he inventado.

-¡Bueno! – exclamó, entonces yo me pregunto: ¿por qué el relato? ¿por qué no cambia el final? ¿qué le cuesta hacerme un joven feliz?

– ¡Imposible! – le contesté.

Tú no comprendes a un escritor. Cuando la novela está construida en nuestra cabeza nada ni nadie puede cambiarla. Un silencio llenó la habitación, un silencio que duró horas, un silencio que sigue ahí, porque en ese momento, mi bolígrafo se negó a plasmar mis palabras, y mi novela se quedó sin final.

Todavía me pregunto: ¿fue él quien decidió?

La escalada

Un día normal como todos, Erki Valderremeda se decidió a hacer escalada. Una vez llegó al punto de partida se dio cuenta de que se  le había olvidado llevar todo el equipamiento para ello, además iba solo. Pero a Erki no le importaba en absoluto, sin más preámbulos empezó a escalar; como era su primera vez, no se podía hacer de peor forma. Era un triste principiante.

– No tengo por qué escucharle ni una palabra más, no pienso ser ofendido de tal forma, primero me tachas de despistado, solitario y luego de triste principiante. ¡Esto es intolerable!

– La historia la estoy creando yo, no tienes derecho a hacer esas interrupciones tan inesperadas.

– Yo tengo el mismo derecho que cualquiera, nadie es mi dueño. Tráteme con más delicadeza.

– ¡Silencio! ¡No quiero que intervengas de nuevo! Tu dueño soy yo, de no ser por mí no existirías. Te aconsejo que utilices un tono más amable con tu creador, de la misma manera que te he creado te puedo eliminar de la historia.

– ¡No puedes hacerme eso!

De repente Erki desaparece sin razón alguna. Y aparece de la nada un nuevo personaje cuyo nombre es  Pablo, un fuerte hombre de treinta dos años aficionado a la escalada.

– ¿¡Por qué treinta y dos años!? ¡Yo no quiero ser tan mayor! No pienso participar en la historia así. Exijo un cambio inmediato.

– Como desees.

Pablo, de unos 16 años…

-¡No te pases!

Pablo, con 18 años de edad, barbudo, bajo, algo rellenito se dispuso a empezar a escalar…

-Ya está bien de reírse de mí. No falte al respeto con esos adjetivos.

-Hasta aquí hemos llegado. No aguanto más a estos personajes tan revolucionarios que me ordenan lo que tengo que hacer. Esta es mi historia, y aquí la acabo.

Historia a la carta

Érase una vez, en la escuela,…

-“¡Como que en la escuela, Aram!”, dijo el personaje. “Yo quiero estar un lugar tranquilo, con vistas al mar,… ¡Ya lo tengo, al Caribe!”, dijo el niño.
-“Volvamos a empezar entonces”, dije yo.

Érase una vez, en el Caribe, un niño llamado Francisco Javier…

-“No había un nombre más feo, ¿no?, ¿no me podrías haber llamado Marcos o Juan o otro distinto?”

Yo asentí y me dispuse a comenzar la historia pero de repente me dijo:

-“¡Nooooo!, ¿no te importaría dejarme estudiar una media hora antes de comenzar?, es que me han puesto un examen de literatura muy difícil y todavía no he estudiado nada”, dijo el niño.
-“¡No!”, chillé yo.
-“Pues luego le dices tú a Ana que he suspendido porque no me has dejado estudiar”, dijo el niño.
-“Ya modifico yo la historia para que saques un 6,5.”
-“¡Solo!”, exclamo el niño.
-“Qué quieres, si no has estudiado”, dije con una sonrisa perversa en la cara, “¡y déjame en paz que voy a seguir la historia!”

Érase una vez, en el Caribe, un niño llamado Marcos llegó en una patera todo deshidratado y quemado por el Sol. Una caribeña lo recogió y lo llevó al hospital más cercano. Los doctores no daban crédito a lo que veía, había conseguido cruzar el charco en una barca y sin provisiones. Durante su estancia en el hospital, no paraba de repetir una cosa que era:

-“Tengo que estudiar, tengo que estudiar…” decía casi sin fuerzas Marcos.

La cosa no le fue muy bien, tuvieron que operarle porque necesitaba un trasplante de riñón debido a que había quedado gravemente dañado…

-¡Ya has acabado o qué!, replicó Marcos, “¡no hay forma de hacerme la vida más penosa!”
-¡Así no hay quién escriba nada!, ¡tú eres mi creación y tienes que acatar mis órdenes!”, repliqué yo.

Finalmente Marcos murió en medio de la operación porque su creador así lo deseó.

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