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Tratado V: El agricultor

Yo, Lázaro, os contaré una de mis historias con otro amo.

Yo iba vagando por las tierras de Castilla y me encontré un agricultor que parecía muy cansado, que no podía más. Entonces yo, como buena persona que soy, fui a ayudarle, aceptó mi ayuda y le ayudé a cortar los tallos de las plantas, un poco más tarde le acompañé a su casa y me preguntó si me quería quedar a comer, yo le respondí que sí y me puso un platado de fabadas y me dijo:

– ¿Te quieres quedar a vivir aquí? Siempre que me hagas el trabajo del campo.

Y yo le dije:

– Por supuesto. Entonces diez días más tarde, me estaba teniendo como un esclavo 12 horas diarias para que luego me diera de comer dos manzanas al día. Dije yo:

– Este el primer día me da mucho para que confíe pero luego me llega el palo.

Y así fue y yo pues no me podía quejar pese a que no me diera nada entonces hubo un día en el que no me dio nada para comer y cogí yo y le robé toda la comida que pude para escapar de esa casa y librarme del tío ese. Y así fue me escapé con la comida y no volví a saber nada más de él.

Ya os contaré la siguiente aventura.

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Tratado VIII: Cómo Lázaro se fue con un marqués

Un día, paseando por las calles hambriento, me encontré con un marqués rico con buenas prendas, muy aseado y buen peinado, el marqués se me acercó y me dio un cacho de pan, me preguntó si me quería ir con él a su casa y yo acepté. Cuando llegamos a esa casa tan grande y lujosa, la cocina estaba repleta de comida y yo hambriento le dije que si podía comer un poco de tarta que había en ella, él me contestó con muy buenas formas que cogiera lo que quisiera y así fue me empache de comida, luego me asigno una habitación, muy luminosa con una alcoba muy cómoda y pasé la noche allí.
A la mañana siguiente mi amo se despertó muy temprano y se acercó a mi habitación y me empezó a mandar tareas para hacer, limpiar la casa, cortar el césped…. una vez terminado todas las cosas que me había mandando mi amo me acerqué a la cocina para comer algo y allí estaba mi amo con su mujer, él estaba enfadado y gritando parecía que estaba discutiendo con su esposa, y yo en la puerta me quedé escuchando. De repente mi amo tan educado y bueno, que parecía empezó a pegar a su esposa y allí es cuando entré en la cocina e intenté relajar el asunto pero el marqués había perdido los papeles y cogió por el cuello a su mujer para intentar ahogarla y ahí es cuando yo cogí una sartén de la mesa y di a mi amo en la cabeza sin pensarlo.
La mujer me lo agradeció y se fue corriendo de la cocina, mi amo se quedó inconsciente en el suelo pero pasó un rato yo preocupado y con un nudo en el estomago porque yo no quería hacerle eso pero no me quedó otra, se levantó del suelo y me echó de su lujosa casa. Yo, apenado y cabizbajo en la calle, arrepentido de lo que le hice, me fui de allí a buscar a otro amo nuevo, porque es mejor estar solo que mal acompañado.

TRATADO VIII: LA MARQUESA DE TORMES

Yo, Lázaro de Tormes, hijo de Tomé Gónzalez y Antoña Pérez, quedé bien joven como todos saben, solo, y tuve que convertirme en pícaro.

Un día de verano, regresando hacía Salamanca, iba caminando con mis viejos zapatos y mi sucia vestimenta, cuando un carruaje paró tras de mí y un hombre bien arreglado, me gritó:

-Mocoso sucio, quítate de nuestro camino.

De ahí bajó la gran marquesa de Tormes, una mujer viuda, que me ofreció a subir. Durante el camino, le conté mi historia y de la tristeza que la di y lo sola que estaba me ofreció a vivir en su casa y a cambio yo iría aprendiendo de mayordomo. Yo no sabía que era, pero me sonó bien, por lo que acepté. Me dijo que cuando ya supiese hacerlo bien, me pagaría.

Pasados cinco meses, yo ya sabía hacer todo lo que ella me decía, denominado mayordomo: limpiar la casa, fregar, hacer la comida, etc. También hice varios amigos, quedaba con ellos todos los días cuando la marquesa se marchaba a dar un paseo, como hacía todos los días, a las 8 de la tarde, para contemplar el atardecer.

Un día, mis amigos me preguntaron qué hacía yo en su casa a cambio de que ella me diera alojamiento y comida. Les dije que hacía de mayordomo y les conté lo que tenía que hacer a lo que uno me dijo:

– Lázaro, esa señora no tiene fortuna, esta aprovechándose de ti y de tu inocencia.

Y en verdad era cierto, en este tiempo no me había dado cuenta, pero había empezado a echar a los empleados, comíamos menos, no encendía apenas la chimenea… En cuanto ella llegó a casa, me puse delante de ella y la dije:

– A partir de ahora, va a tener que buscar otro “mayordomo” del que reírse, porque yo me voy de esta casa.

De ahí aprendí que no hay que fiarse ni de la gente ni de sus apariencias, dado que las apariencias engañan.

Tratado 3

Yo, Lázaro de Tormes, me encontraba viviendo con el clérigo de Maqueda. Mi vida no era fascinante, pues este hombre tan miserable, me alimentaba tan solo con una cebolla cada cuatro días.
Me encontraba en tan malas condiciones, que decidí abandonar y partir a la ciudad vecina. En el largo trayecto, topé con un hombre, de una pinta algo extraña. Lucía cabellos largos y algo despeinados, y su atuendo era bastante extravagante. Parecía hablar consigo mismo en una extraña lengua que no fui capaz de descifrar, pero que de seguro no se trataba de castellano, ni de nada similar. Se paró delante de mí, y con un extraño acento me propuso trabajar como mozo para el. Accedí, pues no creo que fuera a vivir peor que con el clérigo. Evidentemente estaba equivocado.
Este extraño hombre, según decía, se consideraba maestro, y además de eso, artista. Le gustaba pintar cuadros e inspirarse con los objetos más extraños posibles. En más de una ocasión, me mandó ir a por llaves oxidadas y a por zapatos desgastados, según él, le servían como medio de inspiración. Todo marchaba normal, dentro de lo posible, hasta que un día, no me sirvió absolutamente nada para comer. No me preocupé, ya que no era algo tan extraño. Pero los días empezaron a pasar, y las semanas, y no me dio nada. A las dos semanas, me dio un mendrugo de pan y me supo a gloria. Así continuó la situación durante varias semanas. Un tiempo después me mandó a buscar unos ratones para retratarles. Pero cometí un error, antes de salir a llevar a cabo el recado, me detuve y vi que había quedado un pedazo de pan de hace tiempo. Tal fue la tentación, que lo cogí disimuladamente y me fui a hacer el recado. Pero mi amo se dio cuenta de ello. De la que llegué, me dio tal bofetada que caí al suelo, y de la que caí, me pataleó como si de un saco de patatas me tratara. Con el ojo amoratado y la nariz sangrante, cogí dos monedas al artista, y abandoné inmediatamente, en condiciones aún más miserables que cuando marché de la casa del clérigo.

Tratado VIII

Lázaro, después de haber estado con tanta gente, decidió venirse al norte de España, en concreto a Cantabria, a la zona trasmerana, a un pequeño pueblo ganadero y culto llamado Cicero. Empezó a buscar gente que le serviría como amo y no había gente en el pueblo con alguna discapacidad sobre la que Lázaro podría ayudar. Un día paseando con un amigo que se echó en el pueblo llamado José con el cual se puso a hablar, Lázaro le preguntó:

-Oye, José, y tu padre, ¿a qué se dedica?

A la cual José contestó:

-Profesionalmente a nada, pero, bueno, con las ovejas y las vacas que teneos en casa solemos ganar algunos duros para por lo menos llevarnos un cacho de pan a la boca.

A Lázaro le sorprendió, ya que nunca había tratado con ganado, por lo cual le propuso una idea a José.

-José, ¿y si os puedo ayudar a tu padre y a ti con el ganado por unas pocas monedas y cobijo?

-Pues la verdad que es una buena idea, se lo propongo a mi padre y mañana te comento.

Lázaro tenía bastantes ganas de empezar a trabajar con un amigo como es José, al día siguiente Lázaro fue a casa de José a buscarle para pasar la tarde, y nada mas salio de casa José le comento a Lázaro que a su padre le parecía buena idea lo de ayudarles con el ganado. En el momento que se lo dijo Lázaro se puso a trabajar con José y a la hora de ir para casa a cenar José le pidió un favor a Lázaro

-Lázaro, necesito que lleves las vacas de la cuadra al prado.

-¿Qué prado?

José le dio unas pequeñas indicaciones y Lázaro se puso en marcha. Una vez que llevó las vacas al prado regresó a casa de José a cenar. La cena era tranquila cuando de repente se oye por la ventana dos tiros de escopeta, que alarmaron al padre de José, que miró por la ventana haber que sucedía. Al asomarse el padre de José al balcón se escuchó

-¡Quita las vacas de mi prado o las mato a todas, malnacido!

En ese momento Lázaro se dio cuenta de que se había equivocado de prado a la hora de dejar las vacas y  tuvo que bajar a la calle a pedir disculpas al dueño del prado.

Esto no le gustó nada al padre de José que empezó a correr detrás de Lázaro para darle unas buenas collejas, las cuales Lázaro pudo librarse. Tras la mala fama que Lázaro ganó en Cicero decidió irse al pueblo vecino, Gama, sitio en el que también abundaba la ganadería, Lázaro quería seguir ganándose el jornal de la ganadería, ya que era algo que le gustaba, pero esta vez sin equivocaciones.

TRATADO DEL DUEÑO MALTRATADOR

Yo, Lazarillo de Tormes, un pobre mendigo que vaga de dueño en dueño sin ningún rumbo fijo.

Aunque mis dueños me trataron mal, necesito tener trabajo aunque sea tener un amo para poder llevarme alimento a la boca.

Un día como otro cualquiera me topé con un noble guardia del palacio real, me vio y me dijo:

-Que hace un sucio mendigo como tu por este palacio real.

Me lo dijo con gran desprecio y superioridad, yo quería decirle que andaba buscando trabajo pero después de tal mal desprecio tenía miedo de pronunciar palabra, pero me armé de fuerza y le dije:

-Buenos días, estoy buscando trabajo para poder llevarme alimento a la boca.

Y él me respondió con cara de asco y profundo desprecio, que aquí no buscara más que no iba a encontrar nadie. Yo me iba triste cuando de repente el soldado compañero de este noble me dijo sin mucho más aprecio que su compañero:

-Para, yo necesito un siervo que me realice las tareas del hogar.

Me quedé sorprendido y muy contento al mismo tiempo, le agradece y le dije que aceptaba el trabajo. Al anochecer nos fuimos a su casa que estaba a las afueras de la ciudad. Cuando llegamos la casa tenia un muy buen aspecto y cuando entras seguiría siendo y bonita y limosna, me enseño los lugares en los que tendría que realizar mis tareas como la cocina, los baños, los aposentos… También me enseño mi dormitorio pero de repente empeoro mi dormitorio no tenias ni un lujo si no que tenia sabanas rotas y la habitación llena de bichos.

Pasaron los dias y o único que me había llevado a la boca fueron unos pedazos de panes que recibía de la comida que mi señor daba a los pájaros, el no me daba de comer sin embargo no me daba de comer aunque tuviera los mejores manjares reales.

Un día mientras mi amo no estaba en casa del hambre que tenía se me ocurrió coger comida de la despensa cuando fui a abrirla tenía cerradura por surte me puse a buscar y encontré la llave y pude coger algún alimento. Pero cuando mi amo llegó se dio cuenta de que faltaban alimentos en la despensa y de lo furioso que estaba me pegó una paliza yo no pensaba soportar a otro amo maltratados así que me fui.

Lazarillo de Tormes y la maltratadora

Yo, Lazarillo de Tormes, iba por el mercado buscando algo para comer, ya que llevaba días si comer nada. Por fin logré robar algo de pan para llevármelo a la boca. Me di cuenta de que no podía seguir así, mendigando y robando, así que decidí buscar un trabajo.

Al día siguiente en la plaza me encontré con Arenita, que me dijo que había visto mi anuncio en Jobtoday, pidiendo trabajo. Me ofreció uno, donde trabajaría 8 horas al día y cobraría 900€ al mes. Yo estaba encantado ya que por fin haría algo con mi vida. Me marché a mi casa a descansar para prepararme para ir al trabajo. Fui hacia mi trabajo y vi que tenía una casa enorme, yo tendría que hacer la comida y limpiar algunas partes de la casa.

Al principio, Arenita fue muy simpática conmigo, pero unas semanas después empezó a ser muy desagradable, se pasaba el día insultándome o pegándome con el palo de la escoba. Me pegaba todos los días y me decía que no sabía hacer nada. A final de mes me dio la mitad del dinero acordado. Yo no entendía nada de lo que estaba pasando, así que fui a pedirle explicaciones.

Cuando llegué lo único que me dijo fue que no hacía nada bien y no me merecía ese dinero. Yo que estaba muy enfadado la grité que no tenía derecho a hacer todo lo que hacía. Tras unos momentos de silencio volvió a estallar la guerra, cogió una grapadora y me la tiró a la cabeza y por unos momentos estuve inconsciente. Cuando me recuperé, me levanté del suelo, salí de aquella habitación y fui a la policía. Fue arrestrada por agresión y yo, un tiempo después, volví a encontrar un trabajo en el cual me fue muy bien.

Tratado VIII. Un Lázaro diferente.

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Tratado octavo

Pues sepa vuestra Merced, una vez más tenía otro amo, con el que viví historias durante seis años. Mi gran amo se llamaba Don Federico, al que por supuesto tenía mucho respeto. Don Federico se dedicaba a crear muebles para la gente de clase alta, todo tipo de  mesas, sillas, armarios, mesitas, joyeros, etc… El tenía mucho trabajo y se quedaba hasta muy tarde trabajando, ya que era uno de los mejores en su trabajo. A muchos reyes, príncipes y nobles les hacía todo lo que le pedían para sus palacios. Yo siempre le llevaba una taza de café con un poco de pan mientras se quedaba hasta las tantas trabajando. Él fue uno de mis mejores amos, fue el que mejor me trató, me alimentaba bien y se preocupaba por mí, se podría decir que éramos realmente amigos, tan solo que yo le hacía muchas cosas, pero no me importaba. Como él se portaba tan bien conmigo yo intenté portarme lo mejor que pude.

Un día conocí a una mujer, se llamaba María, qué nombre tan precioso. Significa amor, amor era lo que yo sentía por ella, mi querida amada. Me acuerdo aun de cómo la conocí, una mañana de primavera, los pájaros cantaban y el sol brillaba, pero que digo, su sonrisa sí que brillaba. Aquella mañana me levanté temprano para poder ir al mercado y hacer un par de recados para mi amo. Allí estaba ella, como cada mañana, con un par de flores en el pelo para dar a entender que está más feliz que nunca, y sonreía, sonreía con tanta felicidad que todo el mundo se la quedaba mirando, y obviamente por su belleza. Me acerqué a un puesto de verduras, en el que ella estaba comprando. Di los buenos días y ella me respondió con su mejor sonrisa diciéndome “¡Buenos días!”. Empecé a hablar con ella, no me acuerdo ni de qué, la cuestión era hablar con ella. María por desgracia se debía de ir, me dijo adiós y con una sonrisa radiante de las suyas se marchó.

Al volver a casa mi amo se dio cuenta de que yo llegaba muy feliz, me pregunté a qué se debía, y yo no pude evitar sonreír y decirle:

– He conocido a una mujer, la más bella que jamás he visto.

A lo que él me contestó:

– ¿Y le has pedido una cita?

Yo negué con la cabeza, a lo que él se rió. Me cambió de tema, y a continuación él se puso a trabajar y yo a hacer la comida. Pasaron los días y eso fue conviertiéndose en rutina. Mi amo empezó a sentir celos y a sentirse dolido, ya que el creía que hacía más caso a María que a él. Un día me sentó en una de las mesas que él hizo, y me dijo tales palabras que me hicieron mucho daño. Me dio a elegir, a María o a él, me dio hasta la noche para poder pensarlo, y yo no sabía qué hacer, María me daba tanta felicidad, y él había cambiado a mal, celoso perdido. Llegó la noche y después de cenar, se acercó a mí, y me preguntó si había tomado una decisión. Negué con la cabeza, a lo que me respondió:

– Te doy hasta mañana al mediodía, no más.

Estuve toda la noche apenas sin poder dormir, no sabía qué hacer, apenas pude dormir. Aquello me estaba matando, pero tuve que elegir.

Después de comer, llegó la hora y me lo volvió a preguntar, que si había tomado una decisión,  a lo que le respondí un sí. Me preguntó mi respuesta, y mirándole a los ojos le respondí:

– Mirad amo, vos habéis sido el que mejor me ha tratado, te agradezco un montón todo lo que has hecho por mí, de verdad. Pero la felicidad que me da María tan solo con mirarme  a los ojos no tiene ni palabras para describirlo, me quedo con María. Pensé que jamás te habrías convertido en esto, un celoso que porque como a ti no te hace sentir nadie así, no quiere ver a los de su alrededor así. Lo que tiene ella es único, irreemplazable, siento que si la dejo marchar me acabaré arrepintiendo, y no voy a dejar que eso suceda. Muchas gracias por todo lo que has hecho por mi amo, pero debo irme.

Recogí mis cosas, y me fui, por aquel entonces ya tenía suficiente dinero como para poder vivir, de seguido fui a casa de María y le pedí la mano a su padre, a lo que él me respondió que sí. No me lo pude creer, por fin ella era mía, y no iba a dejarla escapar. Con el tiempo conseguí otro trabajo, compramos una casa, nos casamos y me dio tres hijos maravillosos. Dos niños, Gabriel y Mario y una niña, María. Y a día de hoy, no me arrepiento de haber tomado la decisión que tome, ya que María fue lo mejor que me pudo pasar.

 

Lázaro vive con un mercader

Después de pasar temporadas con todos mis desdichados amos, cada cual peor que el anterior, decidí moverme hasta Madrid, donde supuse que podría vivir de la mendicidad en una ciudad tan amplia como aquella. ¡Qué equivocado estaba! Si alguna vez vi más de dos monedas, fui realmente afortunado.

Pero un día en el que me preparaba para otra larga jornada con el estómago más vacío que la casa de mi antiguo amo el escudero, sucedió algo que me pilló por sorpresa: un mercader se acercó al lugar donde me encontraba y me examinó de pies a cabeza. Al cabo de unos segundos me preguntó:

-Joven, te veo un poco falto de fuerzas, pero creo que podrías serme útil para transportar mis mercancías. A cambio de que trabajes para mí, te aseguraré un plato en la mesa cada día, que me parece que lo necesitas.

<< Quizá este hombre cumpla con su promesa>>, pensé. Aunque después de los desastres que había tenido por amos no me hice demasiadas ilusiones. Acepté ir con él y es así como empecé a trabajar con aquel viejo mercader.

Al llegar a su casa en un barrio de las afueras de la ciudad, el hombre me explicó cuál sería mi cama y como distribuiría las comida: por las mañanas me daría un panecillo entero, pues era cuando más trabajaba y necesitaba fuerzas para cargar las mercancías; a la hora de comer, me daría un poco de lo que estuvieran comiendo ese día; y a la hora de la cena, media taza de leche.

Si es cierto que el anciano respetó bastante bien lo de las comidas, puesto que por primera vez en mucho tiempo, el hambre no me hizo demasiada compañía. Pero sí omitió un pequeño detalle. Pequeño pero malo con el demonio: su querido nieto de siete años. Este niño hacía todo lo posible para que mi estancia en esa casa fuera los más desagradable posible. El segundo día de dormir en esa casa me puso chinchetas por la cama. Días más tarde, me robó el panecillo de por la mañana, que ya por si solo no era suficiente para cargar energías para transportar las mercancías, así que podéis imaginaros cómo lo pasé esa mañana. Y por supuesto, era el ojito derecho de su abuelo.

Cierto día, en el que yo estaba harto de esa bestia con forma de niño, pensé que debía devolverle la bromita.

Una mañana en la que transportaba en la que estaba trabajando, mi amo me encomendó una entrega, como cualquier otro día.

-Lázaro, necesito que lleves esta caja a la plaza, que allí estará un herrero esperando junto a la estatua -me pidió-. Ah, que ya se me olvidaba. Por este paquete le vas a pedir treinta dinares, ¿de acuerdo?

-Por supuesto, estaré aquí de vuelta en un santiamén -contesté.

Al llegar a la plaza, estaba esperándome el hombre que me mencionó mi amo. Me acerqué hasta donde él estaba con la caja.

-¿Eres tú el chico de los recados del mercader?

-Así es -afirmé-. Le traigo la mercancía que pidió.

-Gracias, chico -dijo-. Por cierto, ¿cuánto te ha dicho el viejo que le tengo que dar?

-Cuarenta dinares, señor.

-¿¡Cómo!? -gritó el herrero-. Juraría que cuando hablamos me mencionó que no serían más de treinta, pero, bueno. Aquí tienes, chaval. Esperemos que esto que me has traído valga esos cuarenta dinares.

-Seguro que lo vale -añadí.

Y después de esto, el hombre se  metió en su taller y yo me dispuse a llevar a cabo mi plan. Me dirigí hacia el mercado y paré en un puesto en el que se vendían ratones. El ratón estaba a un dinar por unidad, así que compré nueve y con el dinar que me sobró de los diez de más que le había cobrado al marinero, compré un panecillo.

Afortunadamente, cuando llegué a la casa, no había nadie, por lo que pude esconder bien los ratones. Al caer la noche y llegar mi amo y su nieto, me dispuse a meter los ratones en el colchón del niño antes de que se acostara. El chico no tardó mucho en darse cuenta de que esa noche estaba compartiendo cama con nueve amiguitos. Los ratones, al notar que un cuerpo se les echó encima, royeron el colchón para salir, pero lo hicieron hacia arriba, por lo que el pequeño diablito se llevó unos bonitos mordiscos de estos ratones. Poco más duró mi estancia en esa casa.

Al día siguiente, el niño no tardó en echarme la culpa de los ratones a mí. Aunque la tenía, intenté hacer creer que los ratones se colaron, pero como ya mencioné, este bicho era el niño de los ojos del abuelo. Por tanto, éste no tardó ni un día en echarme de aquella casa.

Podéis pensar y con razón que fue una tontería hacer aquello sabiendo que probablemente me volvería a quedar en la calle. Ciertamente, este amo ha sido probablemente el mejor que haya tenido, pero ese chico se merecía esos ratones y mucho más.

 

 

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