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Cómo Lazaro se asentó con un estafador

Entonces, resentido por mi anterior amo, deambulé durante días por las sucias calles de Toledo, hasta que un hombre me encontró y me dijo que sería mi amo. Ese hombre resulto ser un gran estafador, en todo tipo de cosas, desde póquer hasta no pagar impuestos, durante los primeros días estuve un poco asustado, tenía miedo de él, pero con el tiempo fui ganando confianza y descubrí que era un hombre con un gran carisma. Su nombre era Juan, tenía 36 años y vivía de estafador desde los 16 años, aprendí muchos trucos con él, y le ayudé con cosas como la limpieza de su gran casa, no me faltaba de nada, nunca había estado tan bien.

Los días pasaban rápidamente, él se iba sin decirme adónde y yo me quedaba en casa, había días que realmente me aburría así que solía salir a la calle de vez en cuando, por desgracia en aquella zona no había niños de mi edad con los que jugar, pero, bueno, no me podía quejar, podía vivir sin hacer nada malo, que ya lo hacía mi amo por mí. Aunque vivía una vida tranquila, a veces me preocupaba que mi amo me trajese problemas, él era un hombre no muy hablador, pero cuando lo hacía, me contaba cosas que realmente me interesaban.

Un día salí a la calle como un día normal, pero al volver por la noche, me encontré con que la policía estaba en la casa y se llevaban a Juan, yo decidí no acercarme pues sabía lo que estaba pasando, simplemente salí corriendo y dije adiós a mi corta y tranquila estancia con él.

 

TRATADO VIII

Cansado de que nadie me acogiera de una manera más o menos digna, decidí irme a Madrid, la gran ciudad en la que podría conseguir algo más de suerte. Allí encontré a un jefe de circo que buscaba un ayudante, yo me ofrecí y me llevó con él. La verdad es que comía bien pero el trabajo era muy agotador ya que trabajaba 14 horas diarias. La gente que trabajaba allí era amable, educada y graciosa, excepto el domador de leones. Nunca en mi vida me había reído tanto como en aquel lugar.

Un día el domador de leones me dijo que le acompañase y fuí, una vez allí me dijo que nunca tenía que haber venido al circo, que no era apto para el circo y que si en 12 días no me marchaba me iban a ocurrir cosas terribles. Tenía bastante miedo a aquel hombre y no dormía por las noches. Ya habían pasado doce días desde entonces y mi miedo cada vez aumentaba a más. Estaba tan asustado que decidí contárselo al jefe pero este me dijo que no le hiciera caso que solo me estaba poniendo a prueba. Por la noche conseguí dormir dos horas pero al despertarme me encontré uno de los patos del circo muerto en mi almohada y con su sangre ponía “márchate”. Fui corriendo donde el jefe para mostrárselo pero solo se reía, yo no entendía como esa situación podía causarle risa ya que a mí me parecía que el domador iba muy en serio. Desayunando apareció el terrible domador y le pregunté por qué me estaba haciendo esto pero no obtuve respuesta. Los viernes eran los días del gran espectáculo y yo caminaba sobre la cuerda floja y hacía de ayudante del mago. Una vez en la cuerda vi como el domador se acercaba a ella con unas tijeras y en ese momento temí por mi vida. Antes de que la cortara decidí salir rápido de la cuerda pero el jefe me dijo que volviera que tenía que terminar el espectáculo, a lo cual respondí :

-Lo siento, señor, pero no puedo continuar, el domador quiere cortar la cuerda.

-Lázaro, cómo va a querer cortar la cuerda, todos los que estamos aquí queremos el bien del espectáculo así que, si quieres seguir aquí, sube y termina tu número.

La verdad yo no tenía claro si quería seguir allí pero me armé de fuerzas y decidí subir de nuevo. Pude terminar mi número pero seguía teniéndole un gran miedo al domador.

Por fin terminada la noche, el circo recaudó un total de 5000 maravedíes, todos estaban contentos y emocionados pues era una de las noches en las que más dinero habían recaudado. Posteriormente el jefe me dijo que acudiera a su caravana y así lo hice, quería hablarme sobre el tema con el domador. Una vez allí me dijo que no hiciera caso al domador que no estaba bien de la cabeza pero que era inofensivo y nunca había causado ningún daño a nadie y que con cada persona que se unía al circo hacía lo mismo pero aquello no me dejó del todo tranquilo ya que yo seguía teniéndole miedo a aquel hombre. A la madrugada del sábado el domador vino a mi cama y me dijo que le siguiera, yo obedecí ya que negarme no era una buena opción. Me llevó a un lugar bastante extraño sin tránsito en el que únicamente había un pozo. Me dio un latigazo para debilitarme y me cogió para tirarme al pozo, pero afortunadamente un transeunte paralizó la escena.

Este me llevó de vuelta al circo y al domador le llevó al cuartel. El jefe y yo acudimos al cuartel en busca del domador pero a este o le dejaron salir porque un psicólogo que le evaluó le diagnosticó un trastorno psicológico que estaba desarrollando especialmente conmigo. En aquel momento el jefe se preocupó por mi estado pues era el único de mis amos que me tenía cariño. Cuando regresamos al circo me dio una bolsa con 100 maravedíes en forma de perdón por no haberme creído. Me quedé en el circo por el resto de mi vida, pues por fin encontré mi sitio y por fin era feliz.

TRATADO VIII

Estaba yo, como otras tantas veces, muriendo de hambre y frío, tratando de decidir si esta noche mi cama sería la esquina de alguna calle o el soportal de algún antiguo edificio, cuando un hombre alto y musculoso, con una sonrisa llena de agujeros y la nariz grande y redonda se acercó a mí preguntándome que hacía yo, que no era más que un niño, solo, de noche, y sin abrigo ante semejante lluvia. Me dieron ganas de reír ante la idea de tener un abrigo, pero me contuve y puse mi mejor cara de cachorro mientras decía que no tenía a donde ir ni nada que ponerme o echarme a la boca, porque claro, no se deben desaprovechar las oportunidades. Entonces él me cogió en brazos, como a uno de esos niños a los que sus padres cargan cuando es de noche y se están quedando dormidos, y yo, ante la sorpresa, solo me dejé llevar.

Me llevó hasta lo que parecía ser su casa, un piso en un edificio cuadrado que tenía en el centro un patio interior. El lugar apenas tenía decoración y unos cuantos muebles viejos, pero aun así era acogedor. El hombre me recostó en el sofá y me pidió que esperara, poco después regresó y volvió a cargarme para llevarme a otra habitación. Me depositó en el suelo de un baño, me había preparado una bañera con agua caliente y me estaba ayudando a deshacerme de mis harapos mientras los miraba con una mezcla de desagrado y tristeza. Cuando ya estaba totalmente desnudo me dijo que me fuese bañando mientras él buscaba ropa que darme. Al meterme en la bañera sentí estar en el paraíso, nunca había probado una, y ya ni siquiera recordaba mi último baño con agua caliente. Estuve un buen rato disfrutando del agua y probando todos los jabones que el calvo tenía, olían genial y nunca los había probado. Finalmente salí del agua y el calvo me ayudó a secarme y a vestirme con alguna ropa vieja, que según él, ya no utilizaba, y que me quedaba demasiado grande. Después de hacerme una abundante cena y de regalarme un cepillo de dientes, cosa que antes de conocerle ni había tenido en mis manos, me llevó a mi habitación y me mostró mi cama, una de verdad, mullida y con mantas suaves, así debía sentirse tumbarse en las nubes, pensé en ese momento. El calvo me arropó y me dio las buenas noches, y tras quitarle importancia a todos mis múltiples agradecimientos apagó la luz, cerró la puerta y se fue. En ese momento pensé que seguramente así de bien debía de sentirse un niño con padre, o casa, o bañera, o cama, o cepillo de dientes. Y me dormí calentito, con el estómago lleno y sin miedo.

El viejo me explicó que llevaba un trabajo de cuidado de perros en el patio interior, y que cuando mi estado mejorase un poco esperaba que pudiese ayudarle. Yo obviamente acepté, pues el calvo había estado cuidándome de maravilla durante varias semanas, y yo debía agradecérselo de algún modo, aunque no tardé en arrepentirme. Los perros eras como bestias, y siempre acababa lleno de heridas, mordiscos y arañazos. Al principio, él los cuidaba conmigo, y entonces se portaban bastante mejor, pero acabó por dejarme a mi solo a cargo de ellos siempre, y entonces los canes aprovechaban para utilizarme de mordedor, era horrible. Pero eso no era lo peor. No tardé en descubrir que el calvo tenía serios problemas con el alcohol, y a veces llegaba a casa tan borracho que no sabía lo que hacía, o eso quería creer yo. Entraba sin control y se enfadaba por nada, y comenzaba a gritarme y pegarme, a veces me daba verdaderas palizas. Estuve aguantando eso durante casi un año, porque allí, tenía comida, cama y calor, y a veces el calvo era bueno, y yo lo volvía a sentir como mi padre. Pero tuve que acabar yéndome, porque si no me mataban los ataques de los perros lo harían las palizas del viejo borracho, que no habían hecho otra cosa más  que intensificarse. Así que me fuí para salvar la vida, y porque yo no tengo un padre, o una casa, o una bañera, o una cama, o un cepillo de dientes.

TRATADO OCTAVO. Como Lázaro se asentó con un político y de lo que le acaeció con él

No crea que fue fácil, su señoría, el político tiene la gran virtud de engatusar a la gente y pregonar sus acciones futuras, vestirse con el hábito de la decencia fingida y armarse con el maletín lleno de billetes de 500 euros. Siempre pensé que los grandes charlatanes se encontraban en el teatro y la venta ambulante, pero qué mejor farsante quien nunca se viste de payaso y finge no serlo.

Le voy a contar mis andanzas con el político: Como sabe su señoría, soy nada más y nada menos que un pobre currante que después de trabajar  de lunes a viernes, solo aspira a tomarse una cerveza en el bar, pasear con el perro y montar en bicicleta el domingo. Mi trabajo apenas me da para comer y aún así no puedo quejarme. Pues,  hete aquí que recibo la llamada de la empresa que me comunica que debo empezar en la casa del señor Diputado, famoso por sus largos mítines moralizantes, sermones y soluciones para los de abajo. Llego a su casa, enorme y suntuosa, grifería de primeras marcas y habitaciones espaciosas. El trabajo encomendado era cambiar un plato de ducha, trabajo sencillo pero latoso, teniendo al político que no es nada amable, muy distinto de ese personaje público simpático y agradable. Termino mi trabajo y voy a la salita, el hombre recostado me mira de forma fría y me pregunta:

– ¿Qué quiere usted?

– Señor, sólo le pediría un vaso de agua y que más tarde me abonara la factura de la reforma.

El señor diputado no era precisamente una persona generosa, pero descubrí que además era rácano y corrupto. Me viene con un billete de 500 euros y me dice que le dé las vueltas, que no necesita factura de ninguna clase. Fíjese su señoría, un político que tiene que dar ejemplo y pagar legalmente, sin embargo se quiere escapar como una anguila. Finalmente me pagó en dinero y así quedó. Me pregunto: ¿De dónde sacó ese billete?¿Por qué no quiere pagar impuestos? La respuesta es muy sencilla, como dice un refrán, haz lo que te diga pero no lo que yo hago.

Enchufo la tele y le veo aparecer en un debate, nos dice a los mortales que se compromete a perseguir el fraude y la economía sumergida, pero él y yo sabemos que miente, a lo mucho que se va a comprometer es a tratar de aumentar su capital. Con un poco de suerte el plato de ducha se atascará pues los tubos tienen la caída contraria, volverá a llamarme y le diré que la garantía solo cubre con la presentación de la factura. Es lo que hay, cada uno trampea en su oficio, unos con los tubos y otros con la política. Soy tan profesional como usted, soy tan decente como su señoría, no espere de mi lo que no puede dar a los demás.

Nuevo tratado

Antes de servir a un maestro de pintar panderos, hube de estar al servicio de un pobre artesano, que daba más pena que artesanías. Era un buen hombre aunque, como con el pobre hidalgo, yo lo mantuve con vida con lo que pude. Su primer encargo fue el de hacerme con maderos para fabricar barriles, pues había un artesano que le robaba la clientela, y le dejaba sin monedas para poder comprar si quiera comida.

Viendo yo a aquel artesano, tan dichoso y triunfante, me decidí a tomar prestados unos maderos de su propiedad, con los que sus aprendices trabajaban en las mañanas y dejaban sin vigilancia en las noches. Encontré cuatro barriles tomando forma, mas me decidí por tomar dos maderos de cada uno, para que los despistados aprendices no lo apreciaran. Cuando acabé con esto, se los llevé al artesano y le dije que no era menester que me dijera de dónde los había sacado, y él entendió que era mejor no saberlo. Repetí esta acción varias noches, y los hombres que habían encargado barriles al artesano triunfante retiraron el pedido cansados por las espera y encontraron en mi amo, el único artesano de la zona sin contar al otro, por descarte, el artesano que requerían. Mi amo, que había fabricado los barriles estos días, tenía suficientes para satisfacer la demanda de aquel momento, mas el artesano, ahora no triunfal sino desgraciado, no era tonto como sus aprendices y, sospechando de algún hurto, había empezado a marcar sus maderos.

No lo reconocí, pero andaba pululando un encapuchado por la zona con el poco dinero que le quedaba y en algún momento se decidió a comprar un barril. A la mañana siguiente, la guardia se presentó en la casa, junto al artesano, acusando a mi amo de ladrón. El maldito y avispado artesano, que ahora era un desgraciado, enseñó las pruebas y prendieron a mi amo por los brazos. En cuanto vi yo la situación, salté por la ventana de la casa con lo puesto y salí corriendo. Un tiempo después, volví a aquel lugar, y me presenté en la tienda del artesano desgraciado, que había vuelto a dichoso, aunque algo desgarbado. Pregunté por el la tienda cercana, que estaba en ruinas, la antigua morada de mi amo, y este me respondió que lo habían ejecutado por traidor mientras gritaba que el ladrón era un niño. En esas, me di la vuelta y volví al trabajo que en ese momento ejecutaba.

“Tratado octavo”. Cómo Lázaro se asentó con un carnicero, y de lo que le aconteció con él

Yo sintiéndome engañado, huí por la noche sin que mi mujer se enterase, mas era difícil que se enterara, porque no se encontraba en casa.

Ya lejos de allí, me dediqué a buscar a mi nuevo amo, el cual fue un carnicero. Él necesitaba a un hombre hábil, y como yo le había contado todas mis hazañas, me creyó el más indicado para la tarea.

Esa misma noche, el carnicero, que no era como mis otros amos, me colmó de manjares y de una habitación para mí solo, con un buen escritorio, una mesita con llave y una cama mullida. Cuando ya nos vimos sin fuerzas, ambos nos fuimos a nuestros respectivos cuartos para descansar, porque íbamos a necesitar todas nuestras fuerzas para los próximos días.

A la mañana siguiente, nos dio pereza levantarnos de la cama tan cómoda, pero el desayuno que nos esperaba parecía de reyes. Cuando ya teníamos todo preparado, ambos nos pusimos rumbo a la carnicería. Cuando estuvimos delante, ya había una cola de vértigo, a la cual yo tenía un poco de miedo.

Cuando abrimos me dijo que a todos los pedidos que me hicieran les sumase 50 g de más, y así lo hice. Cuando me decían: “Dame 150 g de chorizo”, yo cogía y les ponía 200 g, así en vez de ganar una blanca y una media blanca, ganábamos dos blancas, mas este truco no duró mucho. Un día, un inspector se presentó allí haciéndose pasar por un cliente normal, el cual pidió 200 g de carne y 150 g de chorizo. En ese momento el carnicero me dijo: “Añádele 100 g de más a cada pedido, que se le ve con cara de poco espabilado”, y eso fue lo que hice.

Cuando lo puse en el peso, añadí los 100 g a cada uno de los pedidos, y en ese instante el inspector me dijo: “¿Qué haces?”, a lo que conteste: “Te estoy poniendo el pedido”, “Sí, pero solo te he pedido 350 g, en total, y tú me pones 550 g, no lo entiendo”, me dijo él, y a lo cual tuvo que responder mi amo: “Tú lo que intentas es que te descontemos dos blancas del precio final, para llevártelo por la cara”. En ese momento el inspector sacó su placa y se la mostró al carnicero, al cual más tarde le puso una multa, que el carnicero se negó a pagar, mas como había que saldar la deuda, le quitaron la casa, la carnicería y toda la riqueza que había acumulado, y a consecuencia de ello, me vi en la calle volviendo a buscar otro amo al que servir y que me mantuviera.

Tratado 1.5: Cómo Lázaro se asentó con un médico, y de lo que le aconteció con él.

Ya olvidada la pésima experiencia con el ciego, me encaminé al pueblo de Almanza, siendo mal recibido por sus gentes y con un hambre que me mataba.

Comenzó a diluviar torrencialmente y refúgieme bajo un cobertizo destartalado. Pasó por allí un individuo que se conmovió al verme.

-¿Qué haces mojado y aterido de frío?

-Yo no tengo donde ir, ni ropas ni alimentos.

-Ven conmigo a casa y compartiremos mi cena.

Le seguí a través de calles embarradas y encharcadas. Me dio ropas secas, un mendrugo de pan, queso y vino. Lo que él comió, yo comí; lo que él bebió, yo bebí.

A la mañana siguiente, desperté y el desayuno ya estaba preparado: pan duro con un poco de leche. Me pidió que si le podía acompañar en sus visitas a sus pacientes, entonces, me percaté de que era doctor. Nos atendían en todas las casas con mucha honra, y vi lo muy querido que era.

Llegamos a casa con cinco maravedís, pues cobraba poco por sus servicios.

Tenía la tripa llena, un lugar donde comer y dormir no podía pedirle más a la vida. Después de tan malas experiencias apareció en mi vida un ángel llamado Félix.

Su familia había fallecido de fiebres no hacía mucho tiempo y no tenía más compañía que la mía. El destino nos unió y recuerdo aquella época con mucha nostalgia.

Los vecinos me aceptaron gracias a Félix y entablé buenas amistades. El inverno era crudo, pero la leña no escaseaba.

Un día de fiesta, cuando regresábamos de una urgencia, varios ladrones nos asaltaron en el camino, nos robaron todo lo que teníamos y me dejaron otra vez solo en el mundo. Mataron a Félix. ¡Qué poco había durado mi suerte!, no he conocido ni conoceré persona más buena.

Cuando curé mis heridas decidí marcharme, nada me ataba ya allí, la pena y la soledad me ahogaban. Esta fue la mejor experiencia de mi vida, había compartido con un desconocido lo que él tenía, pero su muerte me había causado tal dolor que ya nada sería igual.

Escapé del silencio, y de la paz que había tenido. Así como he contado me dejó mi pobre amigo Félix. Busqué nuevas aventuras y emprendí de nuevo mi camino. Atrás quedaron las penas.

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