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Cómo Lázaro se asentó con un panadero y de las cosas que con él pasó

Tras largo tiempo habitando en las calles de Ciudad Real, viviendo de las limosnas y los hurtos que eran el pan de cada día, di con la oportunidad que me abrió las puertas a la morada de un panadero, y juro sobre la tumba de mi difunto padre que en paz descanse que nunca vi hombre tan mezquino, mentiroso y arrogante, que me trataba como a las ratas y me maltrataba como si fuera un trapo viejo pero que a pesar de ello no me hacía pasar mucha hambre y nunca que yo recuerde saboreé mejor pan en toda mi desdichada vida.

Yo me presenté en su puerta diciéndole que sería un honor para este joven poder ayudarlo en su noble tarea y así, a cambio de un lugar en el que reposar durante un tiempo, él respondió afirmativamente  pero con una cara de desprecio y odio que no se le borró hasta el último día. Yo entré al servicio de mi nuevo amo, el cual,  se llamaba Rupento Hernández, haciendo pequeños recados entregando pan y otros alimentos que normalmente en el tiempo en el que salía de la panadería y andaba por las callejuelas tan  solo llegaban la mitad, las gentes preguntaban por qué había tan poco y yo respondía mintiendo que los tiempos que llegan no son muy buenos e incluso el más rico panadero tiene que sufrir los perjuicios de la crisis. Con mucha suerte la gente no preguntaba más y yo salía ileso de golpizas que solía darme Rupento, además de los recados solía pasar tiempo cerca del horno el cual calcinaba mi piel al estar tan cerca de él, por la noches solía dormir encima de las bolsas de harina y maíz que, aunque era cómodo, pasaba un poco de frío, las mañanas eran ajetreadas y entre golpes y reprimendas de parte del viejo panadero era capaz de vender pan, al mismo tiempo que sangraba. La vida con él era mala pero a veces me enseñaba como cocinar distintos tipos de alimentos de manera muy sencilla, lo cual me ayudó bastante en un futuro pero lo bueno nunca duraba ya que un día descubrí un alijo en el que el panadero guardaba el dinero que sobraba de los pedidos de harina y maíz, yo cogí la bolsa y la sustituí por una bolsa en cuyo interior había piedras.

Una noche en la que yo dormía profundamente el panadero fue a comprobar su alijo y se llevó una sorpresa al comprobar que en su interior había piedras y no la buena suma de dinero que yo había hurtado, nunca vi a un hombre gritar de tal manera que despertase a toda la villa, tras intuir que yo era el responsable fue hacia el rincón en el que estaba acomodado y se dio cuenta que no había nadie ahí, yo ya me había ido intuyendo lo que pasaría.  Yo corría por los campos con la bolsa llena de dinero que me serviría para sustentarme durante un tiempo.

Y así fue mi historia con Rupento Hernández, un ruin panadero que vio cómo el maltratar a un niño le salió más caro de lo que pensó.

 

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