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TRATADO X : TRABAJANDO PARA UN POSADERO

Yo, Lázaro de Tormes, cansado ya de mi amo decidí buscar otro, así que paseando por las calles de Salamanca, se acercó a mí un hombre bajo y bastante relleno que me dijo  que le siguiera. Yo sin tener nada mejor que hacer y con curiosidad acepté,  entramos a una posada que había por allí cerca , nos sentamos en una mesa y me dijo:

– Soy el amo de todo esto, si trabajas para mí unas ocho horas al día te pagaré 100 maravedíes a la semana.

Yo, encantado de tener un trabajo fijo y con un gran sueldo, le dije que sí sin pensármelo y comencé ese mismo día trabajar. Los primeros días, estuve trabajando las horas acordadas sirviendo a pasajeros sin descanso y el posadero apenas me hablaba, solo me observaba. La segunda semana ya comenzó a hablarme pero solo para mandarme trabajos mucho más duros y ordenarme que lo hiciera más rápido, no me dejaba descansar ni para comer, aparte de que en vez de trabajar lo que habíamos hablado siempre acababa a las tantas de la noche, pero él me seguía pagando lo mismo.

Cansado de estos abusos, decidí hablar con él y para mi sorpresa me contestó que esta semana me pagaría el doble, contento esa semana trabajé sin rechistar pero al llegar el domingo me pagó lo mismo, yo le protesté que eso no era lo acordado y él me respondió:

– Ah, que te lo habías creído, qué inocente y qué confiado, ¿acaso tienes pruebas de que te estaba hablando en serio?

Yo, enfadado y decepcionado, me fuí, pero decidí seguir trabajando pues era lo único que podía hacer si no quería morirme de hambre, pero los abusos por parte de este hombre continuaron y siguieron aumentando hasta que un día me obligó a trabajar las veinticuatro horas del día sin descansar y harto la noche siguiente le robé la comida de las despensas y salí por la ventana sin que me viera en busca de una vida mejor.

 

 

Tratado VIII: De cómo aprendí a latigazos

Yo por aquel entonces, no tenía trabajo, por lo cual pasaba mucha hambre y nadie me daba una limosna. Cuando estaba a punto de perder la esperanza, apareció una chica, era joven, me dijo su nombre, Laura. Me llevó a su casa, me dio de comer y me dio cobijo.

Al día siguiente, hablamos, y me puso a trabajar en el campo, me pagaba las horas que hacía. Todo fue bien hasta que un día, ya después de trabajar, me tomé un descanso, como no estaba, fui a la nevera y cogí una cerveza. Cuando me cayó la última gota, me dieron por la espalda, tal golpe, que me desmayé y quedé aturdido.

Cuando consigo despertarme, vi a Laura sentada sobre una silla, con un látigo. Yo estaba encadenado, no sabía lo que iba a pasar. Laura se levantó con el látigo, me dijo:

– ¡¿Cómo pudiste ir a la nevera y tomar algo?

Según estaba trabajando, incliné la cabeza y le supliqué, pero era ya demasiado tarde cuando recibí el primer latigazo. Estuvo durante media hora dándome, cuando ella paró, me puso algo en la nariz, porque me dormí. Pasó un buen tiempo hasta que me desperté, cuando consigo la calma, noto que no tengo heridas y parecían estar curadas. No sabía dónde me encontraba, pero por aquel instante parecía estar en la calle, nadie se me acercaba. Y cuando miro en mis bolsillos, veo que tenía 10 000 euros. Quedé impresionado, pero llegué a pensar que Laura era una buena mujer y me dio una lección:”no pidas más de lo que te puedan dar”.

Con ese pensamiento marché a buscar una vida nueva y nunca olvidaré a Laura.

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